¿No os pasa que van pasando los días y sentís que vais corriendo a todas partes? ¿O qué estáis hasta arriba de cosas?
Llevo varias semanas así. Dándome cuenta de que necesito parar. Pero parar de verdad, no un rato.
Como todos, tengo mil cosas entre semana y los findes de semana también. Me pasa que salgo del trabajo y me voy a dar clases particulares, luego llego a casa, leo (¡que importante es la lectura!), hago algo de deporte, ceno, veo un poco a mi familia y nos contamos el día y… a dormir, “mañana será otro día”. Y al día siguiente, algo parecido.
Siento que no paro. Entre tanta cosa no me acuerdo ni de mi nombre casi.
Y por si fuera poco, llega el fin de semana (deseado fin de semana, para poder “descansar”) y ¡sorpresa! también lo tengo lleno (porque claro, es el momento de hacer planes, cuidar a los amigos, comidas familiares…). Por lo que descansar, lo que se dice descansar, no descanso.
-¡Que caos! Pero… ¡bendito caos que me hace buscarte, Señor!-
A diario, mi único momento de parar es en el trabajo, cuando en mi hora de comer me escapo a la capilla un rato. Y no sabéis que paz. Silencio absoluto. ¡Qué poco valoro esta suerte que tengo de tenerle a Él tan cerca!
Algunas veces ni siquiera me concentro en la oración porque tengo mil cosas en la cabeza o porque estoy realmente agotada -yo me duermo y tú me miras, Señor-. Y claro, le pido ayuda para que sea capaz de dejar todo a un lado y descansar en Él. No es tarea fácil, no os lo voy a negar. A mi me cuesta. Pero… a Él también le enternece, ¡qué gusto poder dejarnos mirar así!
Como solía recordarme mi madre cuando me empeñaba en quedarme hasta las tantas de la noche terminando algún trabajo “con lo que tienes, hasta donde llegues”. No pasa nada por no llegar a todo. A veces es cuestión de organizarse mejor el tiempo y otras veces, es que realmente no damos para más. Y ya está. No hay que angustiarse.
La verdad es que me doy cuenta de que para mí ese ratito con Él es un oasis en el caos y en el ruido, es lo que me mantiene en pie, queriendo dar lo mejor de mí día tras día. Un rato que realmente necesito. Porque la vida es ajetreada y ¡es tan necesario parar!
Nos llenamos la vida de “cosas que hacer”: actividades, planes, compromisos… se nos olvida que nuestro corazón también hay que alimentarlo y cuidarlo, porque también tiene que descansar.

Te animo a buscar ese oasis. No una vez al mes, no cuando estés a puntito de explotar… no, cada día. Porque es necesario y verás que todo cambia.
Tú también puedes buscar un ratito para estar con Él. Ya sea antes de ir a trabajar o después. Yo entiendo que todos tenemos mil cosas que hacer, pero te lo recomiendo, lo vas a agradecer. Si puedes ir a verle a su casa (sagrario) pues mejor que mejor y si no, puedes recogerte en un lugar tranquilo, hacer silencio y hablar con Él; ponerte en su presencia, contarle, escucharle…
Entrégale todo tu día, tu familia, tus preocupaciones, tu cansancio, tu dolor, tu alegría, tu trabajo, tus amistades, tus “cosas que hacer”, tus ilusiones, tus sueños, tus anhelos, tus errores, aquellas personas que te cuestan más… todo. Ya verás que el peso es mucho más ligero si lo lleva Él contigo y las alegrías serán más grandes y más plenas.
También me gusta pedirle a la Virgen que me ayude a tener esa sensibilidad de madre que le caracteriza, para así poder darme cuenta de los detalles pequeños, esos que no todo el mundo ve. Le pido esa sensibilidad de percibir si alguien necesita ayuda, de poder ver al que lo está pasando mal, de mirar más allá de lo que veo, de no juzgar, de amar con un corazón como el suyo, entregado.
Necesitamos silencio en este mundo de ruido y de caos. Necesitamos paz en este mundo intranquilo, necesitamos frenar en este mundo en el que nos invade la inmediatez, necesitamos mirar al otro en este mundo que nos dice lo contrario, necesitamos amar y dejarnos amar. Necesitamos escuchar en medio de todo el ruido. No solo hablo del ruido exterior, si no también del ruido interior, que a veces es incluso más fuerte, solo que no lo escuchamos porque para ello es necesario hacer silencio.
-Y es que sin el silencio, es muy difícil escucharte Señor.-
Termino ya contándoos que el pasado fin de semana tuve la suerte de ir al Valle de los Caídos de convivencia. Además de ser un fin de semana de desconexión total del ruido exterior, también pude hacer silencio, pararme a pensar, escuchar a un sacerdote hablar de temas súper interesantes que entremezclaban la educación, la fe y la cultura, pude dejarme guiar por lo que tocaba en cada momento sin planificar demasiado, reflexionar sobre algunas cosas interesantes como esa frase del Principito que nos recuerda que “lo esencial es invisible a los ojos”… y sobre todo pude descansar.
Tampoco os creáis que dormí demasiadas horas… pero ya sabéis a qué tipo de descanso me refiero.
Descanso en Él.
Nata Caño







