Yo me confieso sólo con Dios

Ante la propuesta de “Y…, ¿por qué no te confiesas?”, la respuesta es reincidente: “yo a un cura no le cuento mis problemas, ¡yo me confieso con Dios directamente!

Para ponernos en situación, creo que lo primero es empezar explicando qué es el pecado y después, qué es la confesión.

El amor de Dios, que es Nuestro Padre, es tan grande que cuando nos hacemos daño por el pecado es Él quien sufre por nosotros. El pecado es ofensa a Dios porque nos dañamos a nosotros mismos, porque nos volvemos más orgullosos, más egoístas, más vanidosos… y un largo etcétera. Dios Padre nos quiere de tal manera que sufre cuando nos perjudicamos y, es por ello, que debemos pedirle perdón por ese “mal rato” que se lleva.

En cuanto a la confesión, efectivamente, tú te confiesas con Dios porque es Dios quien te perdona; pero Dios quiso instituir la confesión como un Sacramento a través del cual, por medio de un sacerdote, nos perdona los pecados cometidos y nos da la Gracia. La Confesión es el Sacramento de la Reconciliación instituido por Jesucristo en el momento en que a los apóstoles les dice: “A quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos” (Jn 20, 23). De esta manera, concede a los apóstoles la potestad de perdonar los pecados en Su nombre.

La Confesión no es algo instituido por un grupo de curas en un tiempo remoto que nadie conoce, sino que es Dios mismo quien así lo ha querido. Debemos llevar a cabo un gran acto de humildad, buscar a un Sacerdote, contarle nuestros pecados y recibir la absolución. Como ya he dicho, es Dios quien nos perdona, pero quiere hacerlo a través de un Ministro suyo, que en el momento de la absolución es el mismo Cristo. Es decir, Dios actúa en la persona del Sacerdote para perdonarnos nuestros pecados.

confesion

De igual manera que un pintor se sirve de los pinceles para lograr una espectacular obra de arte, y sin ellos no haría nada, Dios (pintor) emplea a sus sacerdotes (pinceles) para hacer de sus hijos (porque es lo que somos: ¡hijos de Dios!) grandes obras de arte, ¡grandes obras de Dios!