¿Por qué sólo los hombres pueden ser sacerdotes?

Uno de los temas más polémicos actualmente es la imposibilidad de la mujer de acceder al ministerio sacerdotal.

La principal acusación que se suele hacer a la Iglesia católica por esta cuestión es la de discriminación. Supongamos que un director de cine busca un candidato para el papel de Obama, el presidente de los EE.UU. Al casting se presenta un chico de piel clara que reúne todas las cualidades necesarias. Sin embargo, el director lo rechaza “por ser blanco” ¿Podríamos hablar aquí de discriminación? Sin duda alguna, pero es una discriminación justificada y razonable, y por tanto moralmente válida.

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Veamos si esto mismo ocurre en el caso de una supuesta discriminación de la Iglesia a la mujer por no dejarla acceder al ministerio sacerdotal. El primer obstáculo a la ordenación de una mujer se encuentra en el mismo Código de derecho canónico: “Sólo el varón bautizado recibe válidamente la sagrada ordenación”. Veamos el origen y la naturaleza de esta norma. Según el catecismo, Jesucristo eligió como apóstoles solamente hombres, lo cual produce normatividad para toda la Iglesia desde que los mismos apóstoles también adoptaran esta tradición imponiendo las manos solo a varones aunque las circunstancias de los lugares que visitaban no hubieran producido escándalo por la ordenación femenina. De esta manera la Iglesia, cuyo fin es actualizar en todo momento y lugar el Colegio de los Doce, no puede ordenar válidamente a mujeres pues no está autorizada.

La naturaleza de esta problemática también tiene contenido clericalista. La supuesta discriminación tiene su origen en una concepción eclesiástica en la que la santidad de las personas depende de su grado de consagración. De esta manera el sacerdote estaría por encima del fiel laico y por tanto, la mujer nunca podría acceder a mayores rangos de santidad por su imposibilidad de ordenarse sacerdote y se acusaría a la Iglesia de machista. Esta confusión se resuelve con la llamada a la santidad universal de todos los fieles promulgada en el Concilio Vaticano II. Por otro lado, es de especial importancia también tener presente que el sacramento del Orden es un don recibido y no un derecho para el cual nunca nadie tendrá la dignidad suficiente para solicitarlo y recibirlo.

Miguel Conejero