La lucha grande —la de verdad— es la interna: la que libras en la verdad más profunda de tu corazón, en la pureza de tus intenciones, donde nadie más puede ver, donde solo uno más que tú, puede juzgar, y donde decides si vives desde la verdad o en el engaño de la excusa, desde la confianza o desde el miedo, desde Dios o desde ti misma. En el fondo, es ahí donde reside tu verdad, donde solo tú puedes entrar y decidir quedarte en ti mismo, o ver fuera de ti.
Hoy, mientras pensaba en voz alta con una amiga, intentando ordenar el ruido del silencio de mi corazón, experimenté de nuevo esa misma sensación de vacío a la que me ha conducido, en ocasiones anteriores, el hecho de depositar todas mis fuerzas en algo que no es lo verdaderamente importante, dándome cuenta de que había vuelto a caer en la misma mentira. Otra vez.
Esta mentira -disfrazada de cumplir con “aquello que se te pide”- me estaba dejando por dentro sin sentido y cansada. Y lo peor es que por fuera parecía estar “cumpliendo”. Pero por dentro, fría y vacía.
No comparto esto porque hoy esté especialmente sensible; sino porque, en mayor o menor medida, todos hemos vivido atrapados en esta batalla, que muchas veces cuesta identificar.
Vivimos anestesiados. Cumpliendo por cumplir, haciendo “lo que toca” y esperando a que pase la racha. Pero eso es un engaño. Mata el alma. No quiero seguir así. Hoy y siempre quiero vivir desde Él y para Él. Porque si no, nada tiene sentido.
No vivir en Verdad es tener el corazón disociado. Esperar con pretensión y desorden, poniendo expectativas en las cosas, en las personas y en el mundo. Entras en una dinámica disfrazada de satisfacción, de falsa dulzura, que «logra» una evasión de la realidad, de la misión a la que se nos ha llamado.
Un hermetismo egocéntrico que agriamente te va dejando vacío, te va dejando solo. Y donde esperabas encontrar consuelo solo se te ha ofrecido desolación. Claro está que por ahí no es.
En ese valle, en ese pozo amargo, el corazón está jugando el partido entre un conformismo por supervivencia y el grito de la conciencia por la libertad de la Vivencia. Cristo murió, pero resucitó. Cristo bajó al valle para sacarnos de la amargura, para que junto a Él y en Él vivamos. Vivamos en la Verdad.
Y no hay otro camino, por muy autosuficientes que nos consideremos, por muy sabios que nos autopercibamos. Jesús vino y viene a salvarnos cada día, en cada momento. ¿Estamos dispuestos a dejarnos recoger de ese pozo que nosotros mismos hemos cavado?
De cabeza sí, pero de corazón… esto habla del engaño de la autosuficiencia. Porque no hay mayor Verdad que la de que sin Dios nada podemos hacer bien. Si nos amoldamos a este mundo con sus afanes, soberbia, orgullos y placeres, caemos débilmente en ese pozo, en ese valle sin salida, haciendo más honda la herida, más amarga esa soledad.
Cuánto nos cuesta sabernos pequeños e indefensos. Vulnerables hijos en brazos de un Padre bondadoso, fiel y omnipotente. En el Único que nos capacita para ser fuertes en el Amor.
Qué paradójico: cualquier niño sabría qué camino elegir. En muchas ocasiones partimos del querer controlar la situación, de no aceptar la necesidad de dejarse ayudar, de hacerse mendigo.
Porque «yo puedo solo» «no puedo permitírmelo ahora mismo, tengo que estar a lo que me toca” o «yo no estoy tan mal como… La vida es dura, y muchas veces incomprensible. Como ese recuerdo bonito de alguien a quien vas olvidando poco a poco. O ese trabajo, tantas veces despreciado, en el que pusiste esfuerzo e ilusión.
Así como tampoco entenderé adónde va todo ese cariño que un día te dio alguien que ya no reconoces. Pero me da igual, no quiero que eso sea lo que me mueva. Ayúdame a perder el miedo a amar, y que dé igual lo perdido, porque su partida no disminuye el valor de lo vivido.
A despreciar el recuerdo del camino que ya he recorrido, mirándolo con cariño porque es lo que hoy dirige la carrera. Tampoco quiero vivir con miedo a no alcanzar expectativas, o a no conseguir aquello que aparentemente el mundo me pide. Recuérdame siempre de donde vengo para no perder nunca la meta. Vivir agradecida para disfrutar lo que vivo. Sea lo que sea.
No quiero conformarme con ir tirando y dejar que me pasen por alto aquellas situaciones que me superan, me descolocan o me humillan. Justamente ahí donde está mi lucha por la santidad. Ahí se juega la vida, donde Dios trabaja, me pule y me sostiene.
Yo sé que sola soy capaz de lo peor, que soy muy débil y limitada y enseguida me pierdo. Pero con Él… puedo. He comprendido algo muy simple y muy grande a la vez: El sentido no lo da lo que hago, ni lo determina la validación de ello. El sentido lo da Aquel que me sostiene.
Si hago las cosas solo desde mis fuerzas, aunque parezca que voy cumpliendo, por dentro queda vacío. Me da igual el resultado, se vea o no; lo que importa es el corazón desde el que lo vivo.
Mi deseo es enorme, y en lo pequeño —ya sean exámenes, relaciones, miedos, cansancio, dudas— tengo que elegir con qué mirada lo vivo. No busco lo perfecto, solo cuidar ese deseo que me mueve a estar realmente en lo que hago.
Hacer “lo que toca” no me garantiza vivir en verdad, y eso es mucho peor que no hacer nada. Hay algo mucho más grande preparado para ti, pero se entra por el hoy, por el aquí y ahora.
No dejes pasar las oportunidades por las que un día serás juzgado. No vivas para cumplir objetivos, ni para escapar de las situaciones más costosas o pretendiendo justificar lo que no entiendes.
¿Para quién vivo? ¿Para qué vivo? Porque si solo vivo para huir, me estaría perdiendo la vida. Si vivo para mi, me estaría alejando de mi llamado. Y si espero a que esto acabe, nunca dejaré que lo grande empiece. No des por sentado la meta a la que estás llamada si en lo más pequeño no reconoces aquello que de verdad se te pide.
El sentido no está a tu alcance, ni en tus objetivos, ni en tu mirada hacia ti mismo, por mucho que trates de buscarlo ahí. Te lo da Aquel en quien confías, que te ha puesto aquí y está contigo hoy y siempre.
El sentido de tu vida, está en Aquel que ya la ha dado por ti. Que te ama y te perdona, y se entrega cada día, desde mucho antes de que tú lo hagas, y así promeTe hacerlo toda la eternidad.
¿Qué estás dispuesto a hacer por Él? No se trata de que tú le des sentido a lo que vives, porque muchas veces es tan pequeño e indiferente que se te escapa. El sentido es Él. El motor de tu vida es Él.
Si no haces las cosas desde Él y para Él, todo se vuelve efímero y conduce a un bucle de insatisfacción y sufrimiento por tratar de cumplir con estándares o expectativas que te llevan a perder toda esperanza.
Esa fachada sobre la que cuelgan tus logros superficiales, tu falsa humildad, y en la que también apoyas tus excusas o pretensiones, es insostenible. Así como tus deseos de vivir bajo los ojos y deseos del mundo…
Nada de esto importa para alguien que conoce cada rincón de tu corazón y te quiere tal y como estás. No te conformes, no reduzcas tu vida a un escaparate. Cuando vives en verdad, todas tus obras nacen de Aquel para Quien vives, y apuntan a lo Que estás llamado.
Tu vida tiene un propósito. Y para ello no tienes que controlar ni entender nada, sino disfrutar de la cotidianidad, en la sencillez, en tu poquedad, porque es ahí donde ocurre la vida. Procura esto, despójate de todo aquello que no es importante, y deja que sea Él quien custodie tu vida.
No midas tu vida y su valía desde la fachada, sino desde la belleza del amor y el deseo tan profundo que tienes en tu corazón, por y para el cual has sido creado. Al final, todo esto se resume en una búsqueda constante de vivir en verdad. Porque eso, solo eso, satisface el corazón y da plenitud a la vida.
Begoña Balbuena Pareja







