La sociedad nos ha hecho creer que solo existe una opción correcta para una mujer.
O eres la que se queda en casa cuidando de su familia,
o eres la que, en solitario, construye una carrera de éxito.
Y según la opción que consideres válida, etiquetas a una y desprecias a la otra.
Sin ideologías políticas de por medio.
Simplemente bandos.
Si eliges formar una familia y quedarte en casa cuidando de tus hijos, te defines como lo lógico, lo tradicional.
«Me realizo para lo que he sido creada.»
Buena madre.
Buena esposa.
Sencilla.
Humilde.
Y miras a la otra como una pobre desgraciada que ha caído en el nuevo modelo de mujer:
sola, con carácter agrio, egoísta, superficial, obsesionada con aparentar.
Pero si eliges el otro camino, entonces tú eres la mujer empoderada, independiente, autosuficiente, revolucionaria, la que rompe estereotipos arcaicos.
Y la otra pasa a ser poco menos que un animal de cría, sometida, anulada, sin crecer, sin realizarse.
Sin, sin y sin.
Qué pena que pensemos que solo hay una opción válida.
Y que para defender la nuestra tengamos que menospreciar la del otro.
Hoy escuchaba a un psicólogo contar cómo durante años defendió con firmeza el modelo de la mujer fuerte, independiente, la que no necesita a nadie, la que lucha sola y vence.
Y explicaba que, después de muchos años acompañando a mujeres, se dio cuenta de algo incómodo:
Muchas sí eran felices y se sentían realizadas.
Pero muchas otras se sentían engañadas.
Tras años de esfuerzo, de trabajo, de soledad, de dejar de lado el deseo de pareja o familia para seguir escalando, descubrieron que aquello que les prometieron como «realización» las había dejado vacías.
Y ahora, con 50 o 60 años, algunas no podrían ser madres, otras no encontraban a alguien con quien simplemente compartir la vida como iguales, en una dependencia sana, mutua, humana.
Esa idea había ayudado a unas… pero había roto a muchas otras.
Y eso es culpa del mundo.
De obligarnos a elegir bandos.
Pero me pregunto cuántas mujeres habrá también en el otro extremo.
Cuántas eligieron ser madres porque era «lo correcto», dejando a un lado una vocación profesional, un sueño, una inquietud.
Cuántas viven frustradas, limitadas, sintiendo que la vida que llevan no es del todo suya.
Radicalizarse siempre hace daño.
No estamos diseñados para ser moldes idénticos.
No estamos hechos para cumplir un checklist, ni de un lado ni del otro.
Estamos hechos para amar.
Y para vivir amando locamente aquello que hacemos.
Ser imagen de Dios en nuestra vocación.
Cuidando una familia o buscando la gloria de Dios en el mundo.
En la entrega.
En lo sencillo.
En aquello que nos llena el corazón.
No salgamos de un cajón para meternos en otro.
Seamos quienes Dios soñó, sin moldes, sin bandos.
Porque cuando entendemos por quién y para qué estamos en este mundo, lo demás deja de pesar.
¿Y sabes por qué?
Porque las cuentas las llevas tú con Dios.
Y nadie más
Andrea Santolaya
@andrea.santolaya







