Hace poco releí El baile tras la tormenta, un libro de José Miguel Cejas que cuenta historias reales de los países bálticos durante las ocupaciones rusa y nazi. Son relatos fuertes, llenos de gente que se jugó la vida por la verdad.
Hoy, en cambio, estamos rodeados de “relatos”: versiones maquilladas de la realidad que se usan para manipular, justificar o distraer. Son medias verdades que suenan bien, pero que nos adormecen y nos hacen tragar cosas incoherentes.
Pasa en política, en redes, en debates públicos. A veces se lanzan acusaciones que no van a ninguna parte, o se intenta silenciar a quien piensa distinto. Otras veces se esconden los problemas detrás de palabras bonitas para que nadie se enfade.
En el libro aparece el samizdat, una especie de literatura clandestina que circulaba en la URSS para esquivar la censura. Solzhenitsyn decía algo muy simple y muy valiente:
“La mentira lo puede abarcar todo… menos si tú decides no colaborar con ella.”
Cuando la gente deja de repetir mentiras, estas se mueren solas.
La Biblia habla del “resto de Israel”: un grupo pequeño que se mantiene fiel cuando todos los demás se dejan llevar. Ese “resto” no miente, no engaña, no juega a las apariencias.
Hoy también hace falta un pequeño resto así: personas que amen la verdad, que llamen a las cosas por su nombre, que no se escondan detrás de historias que suenan bien pero no son reales. La verdad a veces duele, pero siempre libera. Engañarse solo retrasa el golpe.
Las mentiras no se quedan flotando en el aire: se te meten dentro y te van vaciando. Por eso es tan importante no acostumbrarse a ellas. La verdad es simplemente esto: que lo que dices coincida con lo que es. Lo demás son cuentos.
En un mundo de filtros, postureo y discursos bonitos, ser auténtico puede incomodar, pero vale muchísimo la pena. La gente agradece la sinceridad, y tú vives más ligero.
Podemos empezar por cosas pequeñas: dejar de usar “mentiras piadosas”, no disfrazar lo que pasa, no repetir lo que sabemos que no es cierto. Como decía Benedicto XVI:
“El compromiso por la verdad es el alma de la justicia.”
Y la caridad, si no es verdadera, no es caridad.
Juan Luis Selma







