Me ha emocionado la ilustración de la arquitecta cordobesa, Marta García Escribano, sobre el accidente ferroviario en Adamuz (Córdoba). Cuenta cómo le vino la inspiración del dibujo cuando estaba abrazando en la cama a su hija. A la vez pensaba qué sería de Cristina Zamorano, la niña de 6 años que perdió a su padre, su madre, su hermano y su primo en el accidente desde Madrid a Huelva.
No dejaba de darle vueltas a la cabeza hasta que encontró la inspiración: aquella niña no estaba sola. Contaba con la ayuda de quien mejor podía protegerla, en aquella noche fría, de este pequeño pueblo del Alto Guadalquivir. Es el dibujo colorido y emotivo que plasmó al día siguiente la artista en papel. La niña Cristina tenía los mejores cuidadores: a la izquierda un guardia civil le cogía su mano, y a la derecha la Virgen del Sol le dispensaba su tierno cariño maternal. Y así, los tres se dirigían entre las vías del ferrocarril hacia el tren descarrilado. En lo alto del firmamento brillaban como luceros cuarenta y cinco estrellas: los fallecidos desde el cielo, que les iluminaban.
Cristina desde luego no estaba sola, ni en lo sucesivo lo estará, porque cuenta con sus abuelos y tíos. También con la solidaridad y el cariño del colegio privado en Huelva, Tierrallana-Entrepinos; la dirección del centro ha promovido recaudar fondos económicos para que Cristina curse todos los estudios hasta llegar a la Universidad. Aunque Cristina haya perdido a su madre, cuenta con la seguridad de que la Virgen nunca la dejará al hacer el camino.
Ante estos accidentes o catástrofes existe la tentación recurrente de preguntarse: ¿Dónde estaba Dios la tarde del 18 de enero pasado en Adamuz? ¿Cómo permite la muerte de estas 45 personas? ¿Por qué una niña de 6 años quedará privada del amor de sus padres y de su hermano? Aunque no lo parezca, Dios estaba allí con Cristina y los 45 hijos muy amados, como refleja con una profunda teología la pintora; pero no interfiere en la libertad de los hombres, ni en las posibles negligencias humanas.
Esos aspectos se tendrán que ventilar en los juzgados de Montoro, para depurar, si las hubiere, posibles responsabilidades penales, civiles y políticas. Entre otras cosas, porque resulta imposible la reparación del daño causado a las familias de los fallecidos, por elevadas que sean las indemnizaciones.
Dios es el único que puede aquietar completamente este mal, para aquellos que tienen fe. Por eso, aquellas personas que experimentan este consuelo son unos privilegiados. Este dolor solo se comprende con la aceptación alegre a la Cruz de Cristo. Para quienes no tengan una visión cristiana esta situación se volverá desesperante.
La Iglesia, consciente de la misión confiada, se ha puesto a disposición de los familiares de las víctimas para celebrar un funeral católico. Los obispos de las ciudades de Huelva, Córdoba y Madrid presidirán la Eucaristía y los funerales.
El Gobierno de la Nación, también ha convocado lo que denominan un funeral laico u homenaje a las víctimas, amparándose en el estado aconfesional. Esto ha suscitado las críticas de muchos católicos que aducen que, en la tierra de María Santísima, de la Virgen del Rocío y de la Virgen del Sol, esas celebraciones laicas suenan a tenidas masónicas. Critican que esos “funerales” laicos convocados por el Gobierno central, al que se ha unido la Junta de Andalucía, pudieran pretender un eventual blanqueo de sus responsabilidades políticas.
Curiosa imagen de la vicepresidenta del Gobierno forcejeando para salir en la foto. A los familiares de los fallecidos y no al Gobierno de turno les compete esta elección. Viene a cuento el argumento del Gobierno de que no hay que politizar la tragedia ferroviaria, por respeto a las víctimas. Aunque ninguna confesión tiene carácter estatal (aconfesionalidad del estado), según la Constitución española, los poderes públicos han de tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española, en su mayoría católica, sin restringir el derecho a la libertad religiosa.
Ni los obispos se han de meter a hacer política, ni los políticos a organizar funerales, entierros y exequias, porque excede de sus competencias. De ahí que el adiós (“a Dios”) para esos difuntos que esperan en la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro, solo sea posible en un funeral católico.







