Cuando se da una concatenación de desgracias, como la ocurrida estos días atrás con los accidentes ferroviarios de Andalucía, Cataluña y Cartagena, surge en algunas personas el temor de una confabulación mundial, o de la cercanía del fin del mundo. No va en broma: en plena epidemia de covid, me llamó una señora preguntándome formalmente si se estaba acercando el fin del mundo. Le contesté que por supuesto, que el fin del mundo estaba cada día más cerca, pero que no parecía inminente, que no se preocupara.
Ante planteamientos de estos, no hay más remedio que reírse un poco. Pero hay otros que duelen más: son aquellas personas que, enfadadas, preguntan: “¿Cómo es posible que Dios haya permitido esto?”. A estas personas es a quienes quisiera responder con estas consideraciones.
Y la respuesta no es muy complicada: Dios no permite el mal, lo prohíbe tajantemente. Está prohibido matar, robar, hacer daño, tanto por acción como por omisión. Y lo que está prohibido, no está permitido. Me resulta increíble pensar que los cristianos sigamos diciendo que Dios permite el mal. No. Dios lo prohíbe absoluta, totalmente.
En el caso que nos ocupa, espero que los técnicos y los jueces sean capaces de determinar lo sucedido y señalar a los responsables. En un trabajo humano, como el necesario para el establecimiento y mantenimiento de los ferrocarriles, los responsables somos los hombres, no Dios. Esto es evidente. Pero cuando algo sale mal… siempre hay personas que le echan la culpa a Dios. No, lo siento. Dios no es el responsable del mantenimiento del tendido ferroviario, ni del despiste del operario de Cartagena que puso una grúa en el camino del tren que pasaba.
Sin adelantar conclusiones, parece probable que algunas personas han estado más preocupadas por los votos o por ganar dinero, que por hacer su trabajo bien hecho. Y eso, como cualquier acción humana, tiene consecuencias. Nos gustaría poder hacer lo que quisiéramos, y que no hubiera consecuencias negativas nunca, pero no funciona así este mundo. Lo que hacemos tiene consecuencias siempre, para bien o para mal, para nosotros mismos o para unos inocentes pasajeros que únicamente deseaban llegar a su hogar.
San Josemaría Escrivá predicó incansablemente sobre la santificación del trabajo. Esta es una ocasión para darnos cuenta más cumplidamente de que la santificación del trabajo no es una mera frase bonita para poner en un cuadro, sino una exigencia de tremenda responsabilidad. Dios ha dejado este mundo en nuestras manos, y lo vamos configurando con nuestro trabajo. Pero podemos trabajar bien… o mal. Y la calidad de nuestra tarea tendrá consecuencias siempre, más o menos importante según el trabajo que sea. Santificar el trabajo no es rezar un poco antes o después de trabajar, sino empeñarnos en realizar nuestra tarea con el empeño y el amor con que lo haría Jesús si estuviera en nuestro lugar. Y Jesús, seguro, no haría chapuzas, ni trabajaría de tal modo que pudiera causar daños a otras personas.
Y, por último, quisiera recordar que Dios es el primero que sufre ante los daños que nos hacemos los hombres unos a otros. Me contaron, hace un tiempo, de un profesor de religión que estaba explicando algo sobre el mal y el dolor a unos adolescentes. Una de las alumnas, cuya madre había muerto de un accidente hacía unos pocos días, se lo recordó al profesor y le preguntó: “¿Dónde estaba Dios en ese momento?”. La respuesta, aunque pueda parecer sencilla, es de una gran profundidad: “Dios estaba a tu lado, llorando contigo por la pérdida de tu madre”.
Dios no es insensible al dolor humano. Lo comparte y lo sufre más que nosotros mismos. Pero nos ama tanto y respeta tanto nuestra libertad, que ha dejado este mundo en nuestras manos. Con su gracia nos inspirará muchas veces las acciones necesarias, pero las decisiones últimas de nuestra vida las tomamos nosotros.
Jorge Ordeig







