Luces y sombras de Adamuz

Cambiar el mundo

Sin Autor

Lo que ha pasado estos días en Adamuz nos ha dejado a todos tocados. Igual que con la DANA, el pueblo —y mucha gente buena de fuera— se volcó sin pensárselo dos veces para ayudar a las víctimas del accidente del tren. Médicos, enfermeros, conductores de ambulancias, bomberos, policías, guardias civiles… un montón de profesionales que se dejaron la piel para salvar vidas. Y junto a ellos, la gente sencilla, la de siempre.

Nuestra gente es increíble cuando toca arrimar el hombro. Allí estaban la Cruz Roja; vecinos como Julio y su amigo; Gonzalo con su quad; Antonio, que no cerró su bar en toda la noche; Rafael, el párroco, poniendo Cáritas a disposición de todos; familias que llevaron mantas, que abrieron sus casas, que acompañaron a los heridos… Fue una lección de humanidad.

El lunes, después de comer, me llamaron unos jóvenes que querían rezar por las víctimas. Miramos opciones y decidieron unirse a la misa de las ocho en San Nicolás y luego rezar el rosario. Me impresionó su capacidad de mover a otros: allí había decenas de chicos y chicas rezando juntos, acompañando desde el corazón a quienes estaban sufriendo. Como dice el Salmo 56, Dios recoge nuestras lágrimas. Y a veces esas lágrimas, aunque duelan, limpian, curan y hacen crecer.

Pero también hay sombras. Duele ver cómo algunos aprovechan las desgracias para sacar rédito político, para dividir, para manipular. No se trata de anarquía ni de rebelión, pero sí de plantarse ante la mentira, ante lo que deshumaniza, ante lo que nos enfrenta. ¡Qué bonito sería que fuéramos, como en Fuenteovejuna, todos a una!

San Pablo nos recuerda este domingo: “Poneos de acuerdo y no andéis divididos”. Isaías anuncia que “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”. Esa luz es Cristo, que viene a romper yugos, a levantar al que está hundido, a traer alegría donde solo había dolor.

Jesús sigue diciendo hoy: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”. Y también nos repite lo que dijo a Simón y Andrés: “Venid y seguidme”. Es una invitación personal, directa, valiente.

Estos días varios jóvenes me han preguntado cómo supe que Dios me llamaba al sacerdocio. Es curioso que sea la pregunta que más me hacen. ¿Será curiosidad? ¿Será que sienten algo parecido? ¿Será que buscan un camino distinto al que el mundo les ofrece? Lo importante es que Dios cuenta con cada uno para iluminar, para mejorar, para hacer más justo y amable este mundo.

El Evangelio dice que los primeros discípulos “dejaron las redes y lo siguieron”. Hoy celebramos el Domingo de la Palabra de Dios, y se nos invita a tomar la Biblia como guía, como manual de vida. Sus palabras no son antiguas: siguen siendo para nosotros, aquí y ahora.

Esa escena —la llamada de Jesús— puede repetirse en cada uno. No hace falta oír una voz del cielo. A veces es una inquietud, un deseo de cambiar, de hacer algo grande, de salir de la rutina, de ser rebeldes de verdad. Una oportunidad de servir, como hicieron los de Adamuz o los de Valencia.

“Si hoy escuchas la voz de Dios, no endurezcas tu corazón”. Es el momento de ser luz, de ir contracorriente, de ser valientes, de ser santos.

Juan Luis Selma