Hay sitios que impresionan por lo grandes que son. Fátima impresiona por lo verdadera que es. No te abruma, no te empuja, no te exige. Te espera.
He tenido la suerte de comenzar este 2026 peregrinando a Fátima en sus primeros días de enero. Y cuando llegas —especialmente en el silencio de un año que empieza—, aunque no sepas muy bien qué buscas, algo dentro de ti empieza a acomodarse. Como si el alma encontrara un lugar donde sentarse un rato y respirar.
En Fátima se vive eso que cuesta explicar pero se reconoce enseguida: un poco de cielo en la tierra.
El lugar donde la fe no es teoría
Fátima no es un museo ni un recuerdo bonito del pasado. Es un lugar vivo. Siempre hay peregrinos. Con sol, con lluvia, con frío o con viento. Y no vienen a mirar: vienen a rezar. Aquí el rosario no es un “extra”: es el idioma del lugar.
Para un joven acostumbrado al ruido, al móvil y a la prisa, Fátima es el «modo avión» del alma: te enseña algo casi olvidado y es que no hace falta correr para llegar a lo importante.

Personas de rodillas, todo el día
Hay una imagen que no se te borra: personas caminando de rodillas por la explanada. No es espectáculo, es fe vivida con el cuerpo. Son promesas, agradecimientos, súplicas. Y sin darte cuenta, esa imagen te atraviesa y te lanza una pregunta muy seria: ¿en qué creo yo de verdad?
Dios eligió a tres niños
Fátima es el lugar donde Dios confió un mensaje inmenso a tres niños: Lucía (10), Francisco (9) y Jacinta (7). Eran pastores, sencillos, niños de aldea. Y, sin embargo, Dios habló con ellos.
• Francisco, silencioso y contemplativo, quería “consolar a Dios”.
• Jacinta, frágil y fuerte a la vez, amaba con radicalidad.
• Lucía, la mayor, cargó con la misión de custodiar el mensaje toda su vida.
Al visitar sus casas, ves habitaciones pequeñas y suelos gastados. Pero allí se respira verdad. Te coloca frente a una evidencia fuerte: la santidad puede nacer en una vida ordinaria. No hicieron cosas grandes; vivieron con un amor grande.
Padres normales… padres de santos
Visitar la parroquia donde fueron bautizados y rezar ante la tumba de sus padres toca el corazón. Eran campesinos sencillos, sin fama. Pero eran padres coherentes que rezaban en casa. ¿Cuántas veces pensamos que nuestra familia es demasiado «normal» o imperfecta para que Dios haga algo grande? Ellos no sabían que estaban educando santos; solo intentaban ser fieles cada día. Fátima nos recuerda que la santidad se cocina en lo cotidiano.
Un lugar de todos: «Todos, todos, todos»
Fátima es universal. Aquí se escuchan todos los idiomas y todos miran a la misma Madre. El Papa Francisco, en la JMJ de 2023, lo resumió en una frase que en Fátima se palpa: “Todos, todos, todos”. Aquí nadie sobra, todos tienen sitio y todos pueden volver a empezar.
Una capilla sin puertas
La Capilla de las Apariciones es el corazón de todo. No tiene puertas. La luz nunca se apaga y siempre hay alguien rezando. Ese detalle dice más que cualquier discurso: Dios nunca se cierra.
¿Por qué ir a Fátima siendo joven?
Porque Fátima no es para cuando ya lo tienes todo claro. Es para cuando estás en camino, cuando dudas o cuando estás cansado. Fátima no te promete una vida sin problemas, te promete algo más hondo: no caminar solo.
María no grita, no empuja, no juzga. Te mira y te lleva de la mano hasta su Hijo. Si puedes en este 2026, peregrina. No como turista, sino como buscador. Apaga el móvil, camina despacio y quédate en silencio aunque, a veces, incomode.
Tal vez no vuelvas con todas las respuestas, pero volverás con el corazón más ligero. Y cuando un joven vuelve con el corazón cambiado, cambia también su manera de vivir.
Por eso Fátima no se explica. Se peregrina.
P. Juan Lisandro Scarabino, Fasta
Y tú, ¿has sentido alguna vez ese «cielo en la tierra» en algún lugar? ¿Qué sitio te ha ayudado a ti a encontrar paz?







