A veces, basta una pequeña chispa para que, en el silencio, recordemos que la vida es un milagro que late incluso antes de ser visto. Con la fe católica descubrimos que cada vida viene acompañada de un propósito, sostenido por el amor de Dios desde el primer instante pues ‘en su mano está el alma de todo ser viviente y el hálito de todo el género humano’ (Job 12:10).
Rezar por la vida no es un gesto de confrontación, sino un acto profundo de misericordia. Vivimos en un mundo que avanza con prisa y que, con demasiada frecuencia, deja solas a mujeres que atraviesan la confusión y el temor de un embarazo inesperado.
A menudo, lo único que se les presenta es una salida rápida, reduciendo una vida a lo que de forma injusta y despectiva se califica como un “problema”. En lugar de apoyo, comprensión y esperanza, muchas encuentran miedo, abandono y juicios silenciosos en los momentos en los que más necesitan ser sostenidas.
En este punto es donde entra nuestra labor como cristianos. Estamos llamados a sostener, no a condenar; a ser palabra que consuela y abrazo que acompaña. Por eso nuestro apoyo es indispensable en este asunto. Acercarnos a ellas y mostrarlas que el camino fácil no siempre es el mejor, que existen más opciones. Acompañarlas durante todo el proceso del embarazo y ofrecerles la luz de la esperanza de Cristo.
La maternidad es una vocación sagrada, pero también es exigente; por eso es una buena práctica tomar como modelo a la Virgen María, madre siempre disponible y confiada en el plan de Dios incluso en las situaciones más difíciles.
En María, la Iglesia reconoce a la madre que acoge la vida aun en medio de la incertumbre, el dolor y el sacrificio. Es su humilde y valiente ‘sí’ el que nos muestra que cada vida es una llamada, no un error; que la maternidad es una misión de amor que custodia y hace crecer la esperanza.
Al final, todo camino que conduce a la vida es un camino que conduce también hacia Dios. Él nos invita a ser instrumentos de su ternura en un mundo que tantas veces olvida el valor del milagro de la vida, protegiendo lo más pequeño y débil.
Al recordar el Salmo 139:13–16 —«Tú formaste mis entrañas, me tejiste en el vientre de mi madre… Tus ojos vieron mi embrión»— estamos contemplando la grandeza del don de la vida a la luz de la fe. Antes de ser reconocidos por el mundo, ya éramos conocidos, amados y cuidados por Dios.
Natalia García







