«¡Padre!»

Cambiar el mundo

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Con motivo del día del Seminario, vamos a ir compartiendo una reflexión Teológica elaborada por D. Manuel Palma Ramírez para la Conferencia Episcopal Española:

«¡Padre!»

Al cristianismo se le concedió la visión de la verdadera razón, por la que todo fue creado y que, en la encarnación, se reveló como la bondad misma, hasta el punto de manifestar con su muerte y su resurrección la sensibilidad divina con la debilidad y el sufrimiento humano. El Verbo hecho hombre ha asumido el dolor universal: «Uno de la Trinidad ha padecido en carne». De este modo, el Hijo, al sufrir en este mundo, ha podido transmitir al Padre, sin dejar de ser Él mismo, toda la carga de la muerte que afecta a la humanidad. La distancia aparentemente insalvable entre los seres humanos, que haría pensar en un rebaño sin pastor para el que la compasión es imposible, fue franqueada definitivamente por Jesucristo, el Buen Pastor, que da la vida por las ovejas. Él, al tiempo que pasa «por los hombres» la vía sufrimiento, pasa al Padre la realidad del sufrimiento de los hombres.

De esta manera, al dolor «carnal» que el Hijo del hombre ha padecido se han asociado todos los sufrimientos del ser humano, que el Redentor ha hecho suyos, pues «Cristo sigue en agonía hasta el final de los tiempos»(1). Lo que el Hijo ha sufrido en soledad: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46), los hijos lo viven en su misericordia, com-pasiva. La misericordia por excelencia, la del corazón divino, se hace patente no solo porque el Padre espere al hijo pródigo y lo abrace a su vuelta cubriéndolo de dignidad y organizando para él una fiesta, sino, sobre todo, porque el Hijo de Dios ha participado del destino humano, desde su nacimiento hasta la muerte. Su ser misericordioso implica, por tanto, la capacidad de dar la vida, lo cual revela una magnitud que desborda lo imaginable. Esta entrega desemboca en el perdón, que el Misericordioso otorga como un don perfecto, como el regalo por excelencia. No se trata únicamente de que la mirada del Hijo haya percibido, antes que ellos mismos, la culpa en quienes lo condenaron y lo llevaron a la muerte —«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34)—, sino que además trae consigo la posibilidad de que el culpable se convierta, cambiando así la orientación de sus vidas y de este modo permite la vida, «yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud» (Jn 10,10). En el Gólgota, el Hijo de Dios aparece como el Redentor que otorga el perdón perfecto y sienta las bases de la santidad, propiciando el cambio de la orientación de la mirada, como el soldado al pie de la cruz: «Verdaderamente este era Hijo de Dios» (Mt 27,54). La misericordia, dado que su realidad es relacional, ejerce entonces una fuerza salvadora, capaz de restablecer las relaciones entre los seres humanos y de fundar la esperanza. El ego cogito — núcleo incomunicable de una sustancia pensante, absolutamente unida en sí misma— ha sido desbordado por la misericordia que, en el acto de comunicación de las libertades, expone al otro la propia intimidad ética.

El dolor de Cristo no solo abraza con empatía todos los sufrimientos humanos. Como Hijo de Dios, Cristo ha hecho pasado su
sufrimiento a aquel de quien procedía, que en la pasión de Jesús no ha permanecido indiferente, según la conocida fórmula de Orígenes. La crucifixión deja ver que el Hijo, hasta en su muerte (especialmente en ella), no deja de invocar al Padre: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46).

De este modo, se revela que la muerte de Cristo no es únicamente suya: él es el pastor de sus ovejas a quien nadie puede arrebatarle la vida, pero que él da (cf. Jn 10,28), adentrándose en su propio sacrificio en un consentimiento total al Padre, por el que también los hombres de todos los tiempos, en calidad de hijos adoptivos, pueden gritar: «Abbá». La invocación del crucificado, con el que consuma su «paso», es el ejemplo de la oración cristiana, que permite entender en toda su profundidad la invocación con la que se abre la oración dominical. Por esta entrega del Espíritu, los hombres pueden dirigirse a Dios Padre: «Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “Abbá, Padre”» (Gal 4,4-6). Situando esa palabra, Padre, «delante de cada oración como las manos del que suplica van por delante de su cara…», el Hijo ha confesado «el secreto del juicio».

El poeta Charles Peguy pone en boca de Dios Padre la fuerza del poder de esa palabra que desvela su identidad más profunda: «El que es padre es sobre todo padre»; «El que ha sido padre una vez no puede ser ya más que padre»; «Mi hijo lo supo hacer muy bien para atar los brazos de mi justicia y desatar los brazos de mi misericordia […]. Y ahora tengo que juzgarlos como un padre […]. Ya se sabe cómo juzgó el padre al hijo que se había
ido y volvió. Y todavía era el padre el que más lloraba»(2)


(1) B. Pascal, Pensamientos, 553 (ed. L. Brunschvicg).
(2) Ch. Peguy, El misterio de los santos inocentes (Encuentro, Madrid), 28-34.

Imagen Cristo de Raúl Berzosa