Crisis de la Iglesia y vocaciones

Cambiar el mundo

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Dice San John Henry Newman en su obra “La Iglesia de los Padres”: “Este es un mundo de conflicto y de vicisitudes en medio del conflicto. La Iglesia es siempre militante; algunas veces gana, a veces pierde; y más a menudo gana y pierde a la vez en diferentes partes de su territorio. ¿Qué es la historia eclesiástica sino un registro de la siempre dudosa fortuna de la batalla, aunque su resultado no es dudoso? Apenas cantamos el Te Deum cuando tenemos que volvernos a nuestros Misereres; apenas estamos en paz cuando nos encontramos en persecución; apenas obtenemos un triunfo cuando nos viene un escándalo. En verdad, progresamos por medio de contramarchas; nuestras aflicciones son nuestras consolaciones; perdemos a Esteban para ganar a Pablo, y Matías reemplaza al traidor Judas. Es así en cada época; es así en el siglo XIX; fue así en el siglo IV”.

Y otro padre de la Iglesia de nuestros días, Ratzinger, afirma en su “Teoría de los principios teológicos”: «¿Es cierto que el cristianismo no añade nada a lo universal, que tan solo lo eleva al ámbito de lo consciente? (…) ¿No es la palanca de la fe, en los dos Testamentos, que el hombre sólo camina rectamente cuando se convierte, es decir, cuando deja de ser lo que es? ¿No pierde el cristianismo toda su importancia si se le reduce a lo general, precisamente cuando nosotros esperamos de él lo nuevo, lo otro, el cambio salvador? (…) Un cristianismo que solo es lo universal reflexionado puede no ser escandaloso, pero ¿no es también superfluo? Y, en fin, sencillamente no responde a los hechos reales la afirmación de que los cristianos no dicen nada que esté contra lo otro, sino sólo lo general. Los cristianos dicen cosas muy peculiares. De otra forma, mal podrían ser “señal de contradicción” (Lc 2,34)».

Y ya como Papa, Benedicto XVI nos señaló tres “recetas” para promover las vocaciones: La primera, cada sacerdote “debería hacer lo posible para vivir su propio sacerdocio de tal manera que resultase convincente”. “Creo que ninguno de nosotros habría llegado a ser sacerdote si no hubiese conocido sacerdotes convincentes en los que ardía el fuego del amor de Cristo”.

La segunda, la oración, y la tercera, “tener el valor de hablar con los jóvenes si pueden pensar que Dios les llama, porque a menudo una palabra humana es necesaria para abrir la escucha de la vocación divina”. “El mundo de hoy es tal que casi parece excluida la maduración de una vocación sacerdotal; los jóvenes necesitan ambientes en los que se viva la fe, en los que aparezca la belleza de la fe, en los que aparezca que éste es un modelo de vida”.

Y esto vale para el sacerdocio y para todas las vocaciones en la Iglesia. Quizá más padres y madres de familia cristianos deberían proponer con fe en Dios y desde la adolescencia la vocación al celibato a sus hijos que pueden reunir condiciones para aceptarla.

SANTIAGO LEYRA-CURIÁ