La vocación al matrimonio

Dios me llama a ser santo en el estado que Él pensó para mi desde toda la eternidad, y que me va a llevar a la felicidad. Y a muchos nos llama por el camino del Matrimonio. El matrimonio es una institución creada por Dios desde el principio, el Génesis nos dice que el hombre estaba solo en el paraíso y hasta que Dios le presentó a la mujer; el hombre emocionado dice “este sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne“, es decir hasta que se encontró con la mujer, el paraíso fue para él realmente paraíso. Ese encuentro, ese descubrimiento del otro, es el enamoramiento que nos cambia la vida, al madurar y convertirse en amor verdadero se concretará en la unión, en un matrimonio, que es un compromiso de vida para siempre. Es exclusivo, fiel e indisoluble y con el Sacramento del Matrimonio, estamos comprometiéndonos con nuestra entrega mutua y con la gracia de Dios y diciendo en forma pública a todos, que esa es nuestra decisión, libre y comprometida, sin términos de hoy día como mi pareja o como mi compañero o compañera, que no es de ninguna manera lo mismo. Dios llama a los esposos a que ganen el Cielo santificándose en su matrimonio y en su vida familiar. Saber que el matrimonio es una vocación divina ayuda a defenderlo y a valorarlo adecuadamente respondiendo con generosidad a la voluntad de Dios.

“En el Antiguo Testamento, Dios se reveló de modo parcial y gradual, como hacemos
todos en nuestras relaciones personales. Se necesitó tiempo para que el pueblo elegido
profundizase en su relación con Dios .La Alianza con Israel fue como un tiempo de hacer
la corte, un largo noviazgo. Luego llegó el momento definitivo, el momento del
matrimonio, la realización de una nueva y eterna alianza. En ese momento María, ante el
Señor, representaba a toda la humanidad. En el mensaje del ángel, era Dios el que
brindaba una propuesta de matrimonio con la humanidad. Y en nombre nuestro, María
dijo sí.” (Benedicto XVI , 20 de julio 2008 XXIII Jornada Mundial de la Juventud)

El matrimonio fue bendecido por Jesucristo con su presencia en las bodas de Caná,
aunque no había llegado su hora, como le dijo a su Santísima Madre, vino a extender
la fiesta, a extender la felicidad, que en esos momentos terminaba con el vino que se
agotaba. Todo ello como un símbolo de que Él estará siempre pendiente, de, que si
nosotros se lo pedimos, ya sea directamente o por la intercesión de su madre la Santísima Virgen María como en Caná, intervendrá para que la unión, el amor y la felicidad no se agoten. Sin embargo, aún con esta ayuda que recibimos no debemos perder de vista en nuestra vida cotidiana el alimentar nuestro amor mutuo en pareja con cuidado y esmero. Todos necesitamos de palabras reconfortantes, de agradecimiento y también de reconocimiento, no olvidemos que, aunque nos unimos en una sola carne, seguimos siendo dos personas, que se aman pero que no dejan de ser necesarias las demostraciones de amor, comprensión, respeto y solidaridad.

El don de Jesucristo no se agota en la celebración del sacramento del matrimonio, sino
que acompaña a los cónyuges a lo largo de toda su existencia. Lo recuerda explícitamente el Concilio Vaticano II cuando dice que Jesucristo«permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella… Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a sumu tua santificación, y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios» Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 22 de noviembre de 1981. San Juan Pablo II.

El matrimonio no es una institución provisional, no es para probar, si nos va bien seguimos, como se acostumbra en la actualidad. Por ello requiere del convencimiento y de la madurez de los contrayentes; que, a partir de ese momento, la prioridad de su vida cambia radicalmente. Quizás haya que sacrificar vida profesional o incluso en ocasiones no tengamos el mismo tiempo de dedicar a las amistades cuando lleguen los hijos, sino que tendremos que ir adaptándonos a los cambios que vendrán poco a poco en nuestra vida, ya que formar una nueva familia no será fácil y por eso en necesario estar consciente que la felicidad no es el momento solo en el altar, sino que la construimos día a día. La prioridad ya no es cada persona y ni siquiera son los esposos. Ahora es la unión matrimonial y la familia que se está formando.

Algunas parejas que se guardan fidelidad y no se encuentran bajo el Sacramento del matrimonio temen que, si lo reciben, el cónyuge va a sentirse seguro de poseer al otro y que eso puede ser el comienzo de problemas en su matrimonio. Sin embargo, deben saber que ese temor es infundado cuando hay verdadero amor, ya que el Sacramento del matrimonio bendice el amor ya existente entre los esposos, les da fuerzas para vivirlo, y reciben la ayuda divina y la bendición de Dios para santificarse en su vida matrimonial.

“Me gusta pensar que dos cristianos que se casan han reconocido en su historia de amor la llamada del Señor, la vocación a formar de dos, hombre y mujer, una sola carne, una sola vida. Y el Sacramento del matrimonio envuelve este amor con la gracia de Dios, lo enraíza en Dios mismo. Con este don, con la certeza de esta llamada, se puede partir seguros, no se tiene miedo de nada, se puede afrontar todo, ¡juntos!... vale la pena apostar por la familia y que en ella encontrarán los mejores estímulos para madurar y las más bellas alegrías para compartir. No dejen que les roben el amor en serio. No dejen que los engañen esos que les proponen una vida de desenfreno individualista que finalmente lleva al aislamiento y a la peor soledad es necesario prepararse para el matrimonio, y esto requiere educarse a sí mismo, desarrollar las mejores virtudes, sobre todo el amor, la paciencia, la capacidad de diálogo y de servicio. También implica educar la propia sexualidad, para que sea cada vez menos un instrumento para usar a los demás y cada vez más una capacidad de entregarse plenamente a una persona, de manera exclusiva y generosa” Papa Francisco Exhortación Apostólica Postsinodal Christus vivit.

Ruth BG