Los educadores «católicos» deben anunciar que Cristo Vive. Presidente de Educatio Servanda

La escuela (católica) necesita una urgente autocrítica si vemos los resultados que deja la pastoral de muchas de ellas, una pastoral concentrada en la instrucción religiosa que a menudo es incapaz de provocar experiencias de fe perdurables”.

Son palabras del Papa Franciso extraídas de la recién publicada exhortación apostólica Cristus Vivit, en la que se dirige “a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios” después del histórico sínodo sobre los jóvenes.

Son términos duros. Casi podemos intuir el rosto serio del Papa escribiéndolas. La carta de Francisco a los jóvenes es una luminosa referencia para ellos y también para aquellos que les acompañamos en su crecimiento.

Como iniciador y responsable de una institución educativa católica que contempla con  humildad y admiración a las centenarias congregaciones alumbradas por grandes santos de la Iglesia, los puntos de la carta del Papa referidos a “La pastoral de las instituciones educativas”, (números 221, 222 y 223) donde figura el texto referido del Papa, son de interpelación directa.

El Papa Francisco parece especialmente interesado en hacer reflexionar a la escuela católica sobre su identidad. En el discurso inaugural de la Fundación “Gravissimun Educationis”[1] en Junio del año pasado decía a sus representantes: “Para que el trabajo que tienen por delante sosteniendo proyectos educativos originales, sea eficaz, debe obedecer ante todo a la identidad”.

Cuáles son entonces las claves que aseguran esa identidad. Quizá cada uno tiene sus respuestas, pero si tuviera que escoger tres de esas claves me inclinaría por estas.

1.- La escuela católica debe ser radical. Radical en el sentido etimológico del término, que nada tiene que ver con extremista. Radical viene de radix, de raíz. La raíz del cristianismo es un Quien, es una persona viva, ¡Christus Vivit!. Por eso, en palabras de San Juan Pablo II “la educación católica consiste sobre todo, en comunicar a Cristo, en ayudar a que se forme Cristo en la vida de los demás”. “Sí, se trata ante todo de comunicar a Cristo, y ayudar a que su Evangelio ennoblecedor eche raíces en el corazón de los alumnos. Por ello, sed fuertes al perseguir estos objetivos, la causa de la educación católica es la causa de Jesucristo y de su evangelio al servicio del hombre[2].

Si comunicar a Cristo es la raíz identitaria de la escuela católica, debemos colocarle en el centro de nuestra acción.

2.- La escuela católica debe ser apostólica. Comunicar a Cristo implica predicarle, darle a conocer, ser apóstol. Una escuela católica no comunica a Cristo si no es apostólica y para ello es necesario que sus maestros sean apóstoles porque nadie puede transmitir lo que no vive. En el siglo XXI, la escuela católica está llamada a configurarse en clave de primer anuncio. Para ello es preciso que los docentes católicos sientan la llamada a comunicar a Cristo a través de la educación, a través de la enseñanza.

Ningún centro católico de enseñanza puede ser eficiente sin profesores católicos  entregados y convencidos del gran ideal de la educación católica. La Iglesia necesita hombres y mujeres que se propongan enseñar de palabra y con el ejemplo, que se propongan imbuir todo el ambiente educativo del Espíritu de Cristo. Es ésta una gran vocación y el mismo Señor recompensará a los que la siguen como educadores en la causa de la Palabra de Dios.”[3]

3.- La escuela católica debe ser testimonial. La palabra testimonial lleva implícita la palabra pública. Se da testimonio ante otro, se es testigo ante otros y “comunicar” a Jesús, requiere de apóstoles que sean testigos.

Tuve ocasión de participar en una de las reuniones preparatorias de los trabajos para el Sínodo de los jóvenes. Allí nos dijeron con claridad: “Muchos de nosotros  tenemos un gran deseo de conocer a Jesús, por ello recalcamos que queremos testigos auténticos, hombres y mujeres que expresen con su pasión y su fe su relación con Jesús y, al mismo tiempo, que animen a otros a acercarse, encontrarse y enamorarse de Él,”

Una “renovación y relanzamiento de las escuelas y universidades en salida misionera”, como nos pide el Papa en su exhortación apostólica, supone un acompañamiento testimonial, como hizo Jesús con los que caminaban hacia Emaús, alejándose de Jerusalén. Les acompañaba en su salida, mientras les interpretaba las escrituras hasta que le reconocieron y decidieron volver corriendo a Jerusalén. Cuántos de los niños y jóvenes que hay en nuestras aulas, no conocen a Jesús o habiéndole conocido están ya camino de Emaús.

Comunicar a Cristo, ser apostólica y testimonial son a mi juicio tres eslabones  consecutivos en la construcción de la identidad de la escuela católica pero son aspectos completamente contraculturales en el contexto actual. Por eso es fundamental no tener miedo a posibles consecuencias de nuestro testimonio como escuela católica. De lo contrario comenzaríamos la deconstrucción de nuestra identidad, dejaríamos de ser testigos, para dejar de ser apóstoles y olvidarnos luego de lo esencial: comunicar a Cristo. Caeríamos en lo que el propio Papa critica de algunas de nuestras escuelas: “hay algunos colegios católicos que parecen estar organizados sólo para la preservación”. ¿Es esta nuestra Misión?

El Papa Francisco, abre con esta exhortación un camino de esperanza para los jóvenes y sus educadores en este discurso que decía antes con el que  empezaba dice lo siguiente: “La otra expectativa a la que la educación está llamada a responder y que indiqué en la Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium” es no nos dejemos robar la esperanza.” Y termina diciendo: “Solo si se cambia la educación se puede cambiar el mundo”. Tenemos esperanza, vamos a cambiar el mundo.

Juan Carlos Corvera

Presidente de la Fundación Educatio Servanda

@jccovera

 

[1] Gravissimum Educationis, también conocido como Declaración sobre la educación cristiana es la declaración del Concilio Vaticano II respecto a la educación. Fue aprobada por 2290 votos favorables frente a 35 en contra y promulgada por el papa Pablo VI el 28 de octubre de 1965.

[2] Juan Pablo II, Discurso a la Asociación Nacional de Educadores Católicos de Estados Unidos, El Vaticano, 16 de Abrilde 1979

[3] ibid