Ahora estarás pensando: Pues no, bonita, ¡Dios no nos contesta con desprecios! ¡¡Si es Dios!! ¿En qué tienda le han dado a esta el carné de cristiana? Keep calm! El otro día rezaba con esa pregunta porque me parecía increíble lo que me acababa de pasar. Una tiene el corazón esponjado y siente que Dios le pide ir a hablar con esa persona con quien hace mucho que no hablas y el rencor ha hecho un tabique entre los dos.

Hasta ahí todo bien, ¿mi sorpresa? Acercarme a hablar con esa persona y recibir malas contestaciones. Señor, ¿pero tú…? Me pides una cosa, me como el orgullo, me esfuerzo, la hago y… ¡zas, desprecio! Increíble, pero cierto. Después de esto llegaba a dos conclusiones:

  • La libertad del hombre llega hasta límites insospechados y es capaz de hacer un daño terrorífico si no se la regalamos a Dios (así que piénsatelo bien antes de dar un hachazo a alguien, puede doler).
  • Dios rompe todos nuestros esquemas. Yo fui calculando si Dios me pide el bien y lo hago… ¡recibiré bien! Pero no, mi esquema no había servido para nada. Dios me pidió una cosa, yo la hice (y qué a gusto se queda una cuando dice «hágase» a lo que Dios le pide), pero la otra persona, con su libertad, decidió no responder con bien. ¿Y ahora qué? -le decía al Señor-.

Y es que no podemos olvidar algo esencial, somos personas, somos limitados y en nuestra lógica no puede entrar Dios, porque si entrara… ¡dejaría de ser Dios! Claro que hay cosas que no entendemos en la vida, y la que nos quedan sin entender, pero hay está la clave del éxito: la fe. Esa fe que te hace confiar, que te hace esperar con alegría, que te hace amar la cruz del sufrimiento.

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