No se imita a quien no se conoce

No me canso de escuchar, entre ellos y entre ellas, quien es el ídolo de turno. Seguro que tú también tienes uno, ese personaje mediático que está de moda y cumple con los estereotipos del momento: simpatía, buen cuerpo, glamour… y hace algo especialmente bien: canta, juega al fútbol, luce modelitos en las mejores pasarelas, compra grandes empresas…

Todos ellos brillan en un aspecto de la vida pública, pero pocos lo hacen -o al menos nos enteramos- fuera de esa vida de fama, en lo que podríamos decir es la vida cotidiana del día a día. De ninguno de nuestros ídolos conocemos que brille por ser buena madre y administradora del hogar, buen padre desprendido de su tiempo y dinero por amor a su familia o, como decíamos ayer, solidario con los más necesitados de continuo y no sólo por la foto esporádica, en Navidad, y para llevar juguetes al hospital.

Esto quizá ocurra porque damos poca importancia a nuestra vida ordinaria, a nuestro día a día donde realmente nos la jugamos. Nuestros modelos dicen mucho de nosotros, porque en cierta medida añoramos de ellos eso que nos gustaría ser. Pero, ¿quién sino podría ser nuestro modelo? ¿Quién ha pasado por la Historia haciendo todo bien? Creo que sin buscar demasiado, los cristianos sabemos de quien hablo.

Es verdad que Jesús no fue un gran catedrático de la universidad judía, un actor importante de su época, un sumo sacerdote, un centurión del ejército… pero sí que brilló por su cercanía, por su amor a los más necesitados: cojos, leprosos, prostitutas, endemoniados. Estoy seguro de que vivió la caridad en grado extremo, con detalles concretos de servicio a sus padres, de disponibilidad con sus amigos, llevando la alegría a su barrio… y, como también sabemos, hasta muriendo amando a esos que se mofaban de Él. Además, estoy también seguro de que era bueno en su trabajo, no porque hiciera mucho sino porque lo haría bien. Jesús a buen seguro no estudiaba muchas horas, pero se sabía la lección. Y todo esto -quizá salvo morir en una cruz-, podemos vivirlo también cada uno de nosotros. ¿Habría persona más feliz en su tiempo que Jesús?

Me podéis poner dos objeciones: hacer estas cosas no mola, son difíciles y, además, Él era Dios. La primera tiene fácil respuesta: todo lo que merece la pena cuesta trabajo. Si lo haces con rectitud de intención y no por ponerte la medalla, si no buscas el aplauso sino la Gloria de Dios… problema resuelto. La segunda también es cierta, no menos que Jesús también era hombre y, como hombre, tenía las mismas debilidades que nosotros: se cansaba tras una dura jornada de trabajo y se dormía en la barca, lloraba ante la muerte de un amigo, se divertía en las bodas… Si Él podía, tú puedes.

Hemos descubierto así a un gran modelo, que a diferencia de los de la tele, cuesta más trabajo conocer y descubrir. Pero a los amigos, al menos es mi experiencia, se les descubre con el trato. Y en el caso de Jesús, el conocer su vida viene del Evangelio y el tratarlo de la oración. 

En nuestros días, cuando queremos descubrir a alguien, solemos acudir a las Redes Sociales. Si me permitís decíroslo, hace 2000 años también era así. Jesús también tiene Facebook y a Jesús sus amigos también lo etiquetaron en las fotos de su época. Por ello, al acudir al Evangelio descubrimos quienes eran esos amigos, en que aldeas se hacía sus selfies, cuales eran sus planes y hasta donde hacía sus barbacoas con panes y peces…

Jesús tiene un Facebook muy particular, pero lo tiene. Sólo hace falta que tú le envíes la invitación de que quieres ser su amigo. ¿Y si desde hoy nos tomamos todo esto en serio?