Hacer planes, disfrutar de todo

Somos universitarios. Tenemos tiempo para vivir, hacer planes, involucrarnos cualquier grupo que nos atraiga, pasar tiempo con los amigos… Los que ya están trabajando dicen que la vida universitaria es la mejor. Algunos incluso con pena por no haber sabido aprovecharla…

Aprovecharla… lo primero que se nos viene a la cabeza es hacer mil cosas. Es típico – y muy de peli – escribir una lista de “todas las cosas que quiero hacer a lo largo de mi vida”. Es brutal plasmar nuestras ilusiones en un papel con la esperanza de que se hagan realidad. Ahora bien, a la hora de realizarlas en la vida real todo se complica…

No me refiero a que haya planes irrealizables, eso depende de la ingenuidad de cada uno, yo en mi lista pondría cosas que realmente pueda hacer (esto también implica combinar con la carrera, equipo de fútbol, etc.). Hablo más bien de cuando aquel plan que habíamos trazado no sale según lo previsto, o que esperábamos sentir algo especial y no lo sentimos…

Lo normal es que en estas ocasiones nos fijemos en factores externos. Atribuimos nuestra decepción a la mala suerte, al amigo que se añadió en el último momento o a la condición que nos impusieron nuestros padres. Eso sí, normalmente cuesta más mirarse a uno mismo, y la verdad es que siempre tenemos algo que ver con nuestros éxitos o fracasos, aunque sea solo en parte…

Por eso, en mi opinión, la clave está en cómo afrontamos todo lo que hacemos. Así, aparte de “hacer mil cosas”, se añadirá un plus: disfrutaremos haciéndolas. Además, podremos extender esta forma de vivir a otros ámbitos de nuestra vida más aburridos, o que de primeras nos apetezcan menos.

Esta actitud, este querer exigirnos, nos irá desvelando poco a poco lo que hay en nuestro interior; saldrán a la luz nuestras virtudes y defectos más reales, pues son los que se activan al afrontar nuestra realidad. Quizá nos da miedo descubrir cómo somos, ahora bien, como cristianos tenemos la certeza de que Dios – que nos conoce a fondo – nos quiere con locura y quiere hacernos santos únicamente a partir de lo que somos de verdad.