Tu y yo podemos ser santos

La santidad de la vida ordinaria de cada uno no es algo inalcanzable y no nos debería sonar a algo imposible. Nosotros como jóvenes católicos, no estamos exentos de la llamada a la santidad universal que ya anunció San Pablo:  «Porque ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (4,3).

Nuestra santidad no está necesariamente relacionada con retirarnos al desierto o recluirnos en un monasterio, más bien, está relacionada con ser testigos vivos y coherentes del Evangelio y la fe católica en medio de esta sociedad cambiante y convulsa.

Hay un refrán que dice: «Mares tranquilos nunca hicieron buenos marineros». Efectivamente, este refrán es aplicable a la vida del cristiano. En la prosperidad, la relación con el Señor y nuestra vida de fe marcha viento en popa, pero es en la adversidad donde debemos demostrar nuestro arraigo en Cristo.

Nuestra fe es un don y un regalo que debemos valorar, conservar y agradecer. Los problemas diarios de mayor o menor gravedad, los cristianos los debemos afrontar  también con visión sobrenatural, no quedarnos en la superficie. Estos problemas que todos tenemos, son nuestras pequeñas cruces diarias. Pero no son cruces con un significado peyorativo como el que comúnmente se le da, no… Nosotros sabemos que esas cruces que vivimos cada día son oportunidades de acercarnos más al Señor y hacernos más santos llevándolas con alegría, optimismo y esperanza.

Jesús dijo: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.”  (Mateo 11:27). Ya lo veis, para profundizar en nuestro amor por Dios Padre debemos estar mucho más enraizados en Dios Hijo, y a Él le encontraremos en la cruz, crucificado por amor para darnos la vida.

El Señor nos invita a tomar nuestras cruces de cada día y a seguirle, nos da la oportunidad de identificarnos más con él, de purificarnos y de ser más humildes. Contamos también con la ayuda de Nuestra Madre la Virgen María, Ella nos acompaña en nuestro recorrido y nos lleva hasta su hijo. Si somos caritativos, no pasaremos de largo ante las cruces ajenas, la santidad también consiste en ser particulares cirineos de los que están a nuestro al rededor, ofrecerles ayuda, arrimar el hombro y mitigar el dolor ajeno dando esperanza.

En definitiva, La Cruz santifica puesto que nos ayuda a identificarnos más con Jesucristo y recibimos su gracia para convertir esas cruces humanas que tanto nos pesan en cruces santas que llevemos con alegría y de forma sobrenatural, de esta forma, estaremos santificándonos y adquiriendo una vida cristiana honda y enraizada en la Santísima Trinidad y la Virgen María.