Jesús: ¿el rey fracasado?

Te intentarán comer la oreja los pesimistas. La Iglesia está en decadencia, las encuestas manifiestan que cada día hay menos católicos, los párrocos se quedan sin feligreses… y en parte tienen razón. Sin embargo, la propia Iglesia, este domingo, ¡se atreve a celebrar que Cristo es Rey del universo!

Si nos fijamos, Jesús hizo esta afirmación en un contexto parecido. Llegó ante Pilato en un estado lamentable, con todo el pueblo en contra, insultándole y despreciándole. Pero al ser interrogado contestó: “Tú lo dices: yo soy Rey”. Pilato no debió entender nada, y menos aún después, cuando fue crucificado… A nosotros también nos cuesta creer que Jesús sea Rey en el siglo veintiuno.

Está claro, Jesús reina de un modo distinto al que estamos acostumbrados. Se lo dice Él mismo a Pilato: “Mi reino no es de este mundo”. Y es precisamente la cruz, el abajamiento hasta el extremo, la puerta de su reino. Porque se trata de un reino de la Verdad y del Amor; de una Verdad que es ultrajada por la mentira de los fariseos y de un Amor que no se revela, que no se impone. Este Reino acaba venciendo en la resurrección, y Jesús, vivo, reina en la paz.

Se trata principalmente de un reino espiritual, que empieza primero en el corazón de cada persona, en tu corazón. En la medida en que acogemos a Cristo, su Amor y su Verdad, en nuestra vida, obtenemos la Paz que Él nos deja, que Él nos da. De este modo, si le dejamos, empieza a reinar en nosotros. Como vemos, Jesús reina desde el amor, sin imponerse.

Ahora bien, cuando en un alma hay paz, esta se empieza a expandir. Por ello, es lógico que este reino se acabe reflejando en la familia y más adelante en la sociedad y la cultura. No se debe obviar que esta fiesta fue instituida por Pío XI en 1925, periodo de entre guerras. Fue una llamada a instaurar el Reino de Cristo en una sociedad que estaba perdiendo la fe, y también la paz.

Hoy el mundo también necesita que Reine Cristo. Pero no debemos alarmarnos, ni tomar medidas drásticas. Jesús no lo hizo ni en el momento más duro, confió en el Padre, se ofreció a Él, le obedeció hasta el final; así seguía reinando desde el amor. Ahora también lo hace, y nos invita a reinar en nosotros. ¿Le dejas?