La verdad detrás de una cámara.

Muchas veces una aparente verdad puede esconder una gran mentira.

Hace unos años, en una entrevista concedida al diario el Mundo el fotógrafo francés, Nicolas Guérin, confesaba sobre una exposición en la bienal parisina:

“Esta serie, refiriéndose a las 50 fotografías, es el resultado de una carencia”,  la mujer que amo se fue a vivir al otro lado del mundo la primavera pasada y su ausencia se me hacía insoportable. En vez de buscarme otra pareja, decidí proponer a distintas mujeres que vinieran de noche a disfrutar del sexo a mi estudio de Montreuil (afueras de París), solas o acompañadas, mientras yo las fotografiaba. Era mi manera de no olvidar a mi amada ausente, de acercarme a ella”.

No es el único testimonio de que la mujer, en el mundo de la publicidad y de la imagen, se puede convertir en un objeto. Las declaraciones de Kate Moss en 2012 fueron toda una revelación de lo que ocurre en el mundo de la moda:

Tuve una crisis nerviosa cuando tenía 17 o 18 años, cuando tenía que ir y trabajar con Marky Mark y Herb Ritts [modelo y fotógrafo de la campaña de Calvin Klein que la encumbró]. No me sentía yo misma. Me sentía realmente mal por sentarme a horcajadas sobre aquel tipo. No me gustaba”, relata a la revista.

“No me moví de la cama en dos semanas y de verdad pensaba que me iba a morir. Me obligaron a ir al médico y este me recetó Valium para superar la depresión. Menos mal que mi amiga Francesca Sorrenti [fotógrafa y editora] me cogió de la mano y dijo: ‘No te voy a dejar que tomes eso’. Gracias a Dios, porque ese tipo de medicamentos son adictivos y muy peligrosos. Además, no lo necesitaba. Solo sufría ansiedad, un estado mental que yo misma debía afrontar. Tenía que liberarme de la enorme presión mental que suponía un trabajo como el mío”, explicó.

La supermodelo británica se convirtió en una de las figuras más reconocibles de la cultura popular en la década de los 90 con aquel anuncio. Diseñadores y casas de moda ya se la rifaban con súlo 18 años.

Moss también relata la dureza de su primera portada de revista, la fotografía tomada por Corinne Day para The Face en 1990: “Veo a una chica de 16 años ahora y pedirle que se quite toda su ropa sería realmente raro. Pero ellos eran como: si no lo haces, no vamos a llamarte de nuevo. Así que me encerré en el baño y lloré y luego salí y lo hice. Nunca me sentí muy cómoda. Y odiaba mis pechos porque era plana”.

“Nadie cuida de tu estado psicológico. Hay una presión masiva para que hagas lo que tienes que hacer. Era realmente raro. Tenía que trabajar con [el fotógrafo] Steven Meisel: una limusina venía a recogerme para trabajar. No me gustaba. Pero era trabajo y tenía que hacerlo“, resume.