Catequesis

¿Soberbia yo?

San Gregorio define la soberbia como: “La reina de los vicios, que conquista el corazón del hombre y lo entrega a los Pecados Capitales”. La soberbia es la puerta, es la entrada.

Trabaja juntamente con los otros pecados e influye enormemente en cómo actuamos, cómo oramos, cómo amamos y cómo no amamos. En realidad, la soberbia es un engaño espiritual a uno mismo. Al deformar la imagen real de lo que somos, inflándola, tapamos nuestras necesidades.

Si no vemos lo que necesitamos no lo pediremos, y por eso no creceremos espiritualmente y no alcanzaremos nunca la plenitud que nos hace felices. La soberbia es una trampa. Es una caja cerrada sin ventanas donde estás atrapado en ti mismo y no te permites salir.

Es un ambiente un poco asfixiante, no? La soberbia se expresa en la autosuficiencia. Por eso no salimos de ella si no pedimos ayuda. Estamos solos porque así lo hemos decidido. Los teólogos dividen la soberbia en unas cuantas categorías que nos ayudan a ponerle cara.

1. Soberbia de la mente. Es el apego a nuestros propios juicios, opiniones y pensamientos. El soberbio mental no reconoce la autoridad porque su «conocimiento» (razonamiento) siempre es superior.

La autoridad no la da el propio razonamiento. «No tendrías poder sobre mi, si mi Padre no te la hubiera dado» En realidad es bastante imprudente confiar en nuestra razón “Confía en el Señor con todo tu corazón, no te apoyes en tu inteligencia” (Prov 3,5).

La razón puede desarrollar argumentos en un sentido y en lo contrario. Por sí sola no es una brújula moral. La soberbia de la mente ataca la fe. Porque si lo sabes todo, si lo entiendes todo ¿dónde dejas lugar para el misterio? ¿Dónde eres probado en tu fe?

El soberbio de mente no puede atravesar la noche oscura que sólo se supera en el abandono más absoluto donde no hay certezas. El soberbio quiere escalar las alturas inmediatamente pero, sin purificación no puede llegar a la unión con Dios. Y la purificación sólo es posible si admites tu soberbia no sólo con la mente, sino con el corazón.

2. Soberbia de Presunción. Es creer que mereces que Dios haga todo lo que deseas por tu condición.

«Soy hijo de Dios. Él me ama y por tanto hará lo que quiero para demostrarlo».

Es una de las tentaciones del desierto: «Si eres hijo de Dios tírate desde aquí». Es peligroso caminar un paso por delante del Señor, pensar: “Ciertamente Dios querrá que haga esto”. Creer que conocemos lo que Dios tiene en mente, y por eso no detenerse a preguntárselo. Simplemente hacerlo y luego extrañarse de que todo salga mal.

3. Soberbia de superioridad. El que la posee tiende siempre a manejar la vida de los demás. Decide por ellos. Podría perfectamente reservarles a otros una habitación de hotel, sin consultarles si les gusta o les parece cómodo o si quieren que lo haga. El soberbio superior cree que todo lo hace mejor que los demás. Por eso es muy criticón. Él nunca haría las cosas así. Por eso aunque los otros lo hagan con perfección, encontrará algo para criticar, incluso que los demás lo hacen «para presumir», no como él.

La superioridad no acepta sugerencias, ni consejos, ni siquiera del Espíritu Santo: “¿Es que no se dejarán corregir, ni obedecerán mis palabras?» (Jer 35,13).

4. Soberbia de ambición. Es la que busca colocarse en el primer lugar.

Se puede manifestar sirviéndose la comida siempre en primer lugar y en no dejar hablar a los otros. Es autorreferencial. Su discurso es «a mí me pasó eso, yo hice esto, yo siempre digo lo otro, yo, yo..»

El ambicioso tiene demasiada confianza en sí mismo y en su propia habilidad, por eso cuando no le escogen piensa que no se han dado cuenta de «sus dones», creyendo que tiene todos los necesarios para todo. Que es el mejor candidato.

5. Soberbia de sensibilidad. Es ofenderse fácilmente. Ver ataques donde no los hay o quizás donde solo hay torpeza, no mala intención Este tipo de soberbia llena de resentimiento, juicios y victimismo. Estar demasiado pendiente de la opinión de los demás que no nos debe importar.

No perdona, porque siente satisfacción al negar la palabra a otros, hasta por largo tiempo. Se alimenta con la falsa alegría que la persona siente por sentirse mal. Quiere cargar con esos malos sentimientos de lástima: “¡Pobre de mí!! Puede tratar de ocultarse detrás de la lástima de sí mismo, hace sentir que nadie nos quiere ni nos necesita, o que todos están en contra nuestra.

6. Soberbia de timidez. Es el miedo a hablar o actuar por si nos equivocamos y se dan cuenta los demás. Todos nos equivocamos.

No tomarse las equivocaciones como algo natural sino como algo que nos hace quedar mal, es soberbia. Por supuesto que hay que hacer las cosas bien, pero no hundirse por no ser perfecto. Esta soberbia es paralizante y nos hace vacilar y nunca tomar decisiones.

7. Soberbia de escrupulosidad. Se fija en lo que no debería fijarse y así no tiene tiempo en considerar lo importante. Ej: lo importante es confesarse bien, de acuerdo, pero no pasa nada si se te ha olvidado decir el yo pecador.

Es fijarse en lo externo más que lo interno. Pueden hacerlo todo perfecto en Misa, pero estar tan pendientes de eso que en realidad no la han vivido. Ser perfeccionista es soberbia y es esclavitud. Nunca te relajas. No te permites fallar para que todos piensen bien de ti.

8. Soberbia de complacencia. Es sentirse bien al compararse con otros. Lleva a la tibieza. «Estoy mejor que ese, así que no necesito esforzarme más». San Pablo decía que aún no había alcanzado la meta, porque la única persona a la que podemos compararnos es a Jesús.

Eso te pone en tu sitio. Es una soberbia de legalismo «no robo, ni mato». Hay gente que siente complacencia en «sentirse humilde», llamar la atención por ponerse en el último lugar. «no, no, tú primero.», «no, no, yo no valgo para eso» «que lo haga otro». Y arman alboroto para que quede claro que son más humildes que todos los demás. Un humilde diría: gracias, si le escogen y espero que Dios me ayude cuando le encarguen algo.

Una manera de descubrir la soberbia espiritual es pedir que nos den su testimonio de fe. Si hablan más de Dios que de ellos, son humildes. El principal recurso para sanar la soberbia es el cinturón de la VERDAD, mantenerlo puesto a todas horas. La humildad es caminar en verdad.

También pedir insistentemente el don de Consejo. Por el conocemos la verdad de Dios, lo que opina, lo que siente, lo que realmente quiere. Debemos pedirlo para nosotros, pero también para las personas con las que nos relacionamos. No toda verdad tiene que salir de nosotros mismos. De hecho, la mayoría de las veces nos llega a través de otros.

Y por último usar una de las palabras de Jesús en la Cruz «Padre ¿por qué me has abandonado?» La palabra clave aquí es ¿por qué? «Dios mío ¿Por qué? Muéstrame; enséñame; ayúdame. No me abandones a mí mismo».

Dios es misterio. No pretendamos saberlo todo. Preguntemos siempre, y especialmente en la oscuridad ¿por qué? Con la humildad del que sabe que no sabe y el abandono del que aún así, sigue teniendo fe.

Lasamaritana (@Damihibebere)

 

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