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«Cuarenta años en el Círculo Polar». Segundo Llorente

Las crónicas del P. Llorente (León, 1906) pertenecen a lo que en su día se consideraron los tiempos heroicos de la misión jesuita en Alaska. Hoy los términos misión y misionero -enviado- ya no se utilizan. Una vez constituida la jerarquía ordinaria -episcopal- en un territorio, no cabe hablar propiamente de misión sino de Diócesis. El autor utiliza dichos términos, pero también los de sacerdote e incluso párroco. En el libro podemos distinguir tres cuestiones principales: a) Las aventuras misioneras. b) La evangelización del pueblo esquimal. c) La espiritualidad del sacerdote.

Cuando el jesuita llegó a Alaska en 1935 los desplazamientos se hacían con trineos arrastrados por perros y, en el corto verano boreal, por los ríos en kayak de pieles de foca o en pequeños barcos a motor. El autor transmite la angustia de algunas de esas excursiones. Llorente tuvo a su cargo distintos centros misioneros, pero cuando estuvo en Alakanuk cuenta como dependían de él siete mil kilómetros cuadrados, con cuatro iglesias e innumerables aldeas de cuatro o cinco chozas cada una. A todas ellas tenía que acudir el sacerdote para bautizar a los recién nacidos, impartir la extremaunción a los moribundos o hacerse cargo de los huérfanos que enviaba a las escuelas que regentaban los jesuitas o las M.M.Ursulinas.

Impresiona leer cómo los católicos acudían a la llamada del sacerdote cuando éste visitaba su zona, pero más impresiona leer que todos se confesaban y comulgaban, asistían a la catequesis de niños y adultos, cantaban la Misa en latín, rezaban el Rosario, escuchaban sermones durante horas -hasta que el sacerdote se cansaba de hablar- y vivían con alegría las festividades del año litúrgico como la Navidad. Esa era la práctica en aquellos años, no solo en Alaska sino en todo el orbe católico, aunque hoy cueste creerlo: «Cada bautismo -escribe Llorente- deja en el alma del sacerdote su dosis de júbilo interior. Primeras comuniones, comuniones numerosas, comuniones a enfermos y viáticos son música para el alma del buen sacerdote. Confesiones bien hechas, vocaciones al sacerdocio o a la vida religiosa, la presencia en la parroquia de familias unidas y cristianas hacen sentir al párroco que su labor vale la pena».

Gran parte de la evangelización de Alaska la realizaron las M.M.Ursulinas desde su colegio-internado para huérfanas. Las muchachas que salían del mismo eran un ejemplo en sus localidades. Marisa era una madre de siete hijos, más bien ingenua, que había había estudiado en Holy Cross; un día exclamó delante del sacerdote: «Si no fuera por el agua bendita no sé qué sería de nosotros. Cuando los chicos se pelean en la cocina les echo agua bendita y con eso se apaciguan» (pág.328). Con jóvenes educadas en el internado, el jesuita P. Fox había fundado una congregación religiosa, las Hermanas de la Nieve. Estas colaboraban con las Ursulinas como maestras y catequistas en la lengua esquimal. De éllas escribe el sacerdote: «Las hermanas hacen mucho bien con su sola presencia».

La entrega del misionero hace posible la acción de Dios sobre las almas. Escribe: «Nosotros predicamos; el fruto lo cultiva y lo recoge Dios» (pág.258). «No está la cosa en hacer mucho, sino en hacer con mucho amor lo que se hace» (pág.283), y pide al lector el compromiso de «no negar nada a Dios» como medio para sanar la irreligiosidad del mundo (pág.398). Cualquiera puede leer este libro y sentirse arrastrado por el ejemplo de su autor, pero el que reflexiona sobre la vida de los santos debe saber trasladar su ejemplo a nuestros días y a su propia situación personal.

Reseña de Juan Ignacio Encabo para Club del lector

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