¿Cómo surgió mi vocación sacerdotal?

Testimonios

Sin Autor

¿Cómo surgió mi vocación sacerdotal? Podría decir, con sencillez y con verdad, que desde mi adolescencia siempre tuve claro, en lo más profundo de mi corazón, que Dios me llamaba a ser sacerdote. Es cierto que de niño había sido acólito, monaguillo con apenas ocho años, y que aquella cercanía inicial con la Iglesia dejó una huella silenciosa en mi alma. Sin embargo, al llegar a los primeros años de la adolescencia, declararme creyente me daba casi vergüenza. Exteriormente me mostraba distante, incluso apartado, pero en el foro interno siempre fui un muchacho de oración, un joven que, aun en silencio, buscaba a Dios.

En aquel tiempo, mi único contacto real con la Iglesia era el sacerdote que, además, era mi profesor de religión. Su testimonio me llamaba poderosamente la atención. No era tanto lo que decía, sino lo que era: su forma de estar, de vivir, de entregarse. Yo estaba apartado, pero esa presencia sacerdotal se convirtió en una referencia constante que despertaba en mí preguntas profundas.

Creo, sin embargo, que el momento decisivo de mi vocación tuvo lugar un Viernes Santo. Acompañaba la imagen del Sepulcro de mi parroquia natal, en Cantoria, en Almería, y recuerdo con total claridad lo que pasaba por mi mente: pensaba que aquello no dejaba de ser un trozo de madera y que, en cierto modo, resultaba ridículo que tantas personas camináramos detrás de una imagen. Pero, en ese preciso instante, algo cambió dentro de mí. Fue un sentimiento tan fuerte, tan hondo, que me inundó por completo. Comprendí que no se trataba solo de una imagen, sino de que Dios estaba vivo, presente y real en la historia; que había muerto y había resucitado por mí.

Entonces vino a mi interior una frase que está escrita en el altar de la iglesia de mi pueblo: “Nos amó y se entregó por nosotros” (cf. Gál 2,20). Aquella palabra de san Pablo dejó de ser una inscripción y se convirtió en una experiencia viva. Desde ese momento entendí que la vida solo tenía sentido en Dios.

A partir de ahí comencé a ir a la Eucaristía. Lo hacía con vergüenza, casi a escondidas, asistiendo a la misa más temprana de los domingos para que no me viera mucha gente. Pero aquel primer encuentro con el Señor fue creciendo poco a poco y se fue convirtiendo en algo cada vez más testimonial y profundo. Empecé a mirar al sacerdote de mi parroquia y, sin saber explicarlo del todo, entendía interiormente que Dios quería que aquello —su vida, su entrega, su ministerio— fuese también mi propia vida.

El impacto de esa llamada fue tan fuerte que no podía quitarme la idea de la cabeza. Llegué incluso a esconder las imágenes del Corazón de Jesús o de la Virgen que había en mi casa, porque cada vez que las veía, aquella llamada volvía con una fuerza renovada. Era como si el Señor me buscara en lo cotidiano, en lo sencillo, en lo que yo intentaba evitar, y me recordara, una y otra vez, que me llamaba.

Hasta que llegó un momento en el que ya no pude desechar ese pensamiento. Comprendí que no era una idea pasajera, sino una llamada constante. Así, con 15 y 16 años, estando en cuarto de la ESO, pedí permiso a mis padres para comenzar mi andadura en el seminario menor. Fue un año maravilloso. Tanto los años del seminario menor como el tiempo del seminario mayor estuvieron llenos de gracia, pero también de dificultades, de momentos de lucha, de oscuridad y de etapas en las que no todo se veía con claridad.

Sin embargo, el Señor fue guiando mi camino. Con 23 años fui ordenado diácono y, con los 24 recién cumplidos, poco más, fui ordenado sacerdote el 18 de diciembre del año 2010 en la catedral de Almería. Desde entonces, mi vida ha sido una auténtica aventura: llena de momentos de felicidad, de entrega, de servicio, pero también de dificultades, luchas, problemas y noches oscuras. Y, aun así, cada día me siento más agradecido al Señor por el don de la vocación.

Cuando me planteo la pregunta “sacerdote para siempre”, mi respuesta es sencilla y muy realista: hoy quiero ser sacerdote. Solo hoy. Y le pido a Dios la fuerza para que cada día de mi vida pueda volver a decir lo mismo. Porque he comprendido que la vocación no es un mérito, sino un regalo inmerecido.

Si alguien ha recibido algo a lo largo de estos años, no han sido tanto las parroquias o las personas de mí, pues quizá poco o nada he podido hacer por ellas; en realidad, el que ha recibido muchísimo he sido yo. Cada día sigo aprendiendo a ser sacerdote. Cada día descubro que el Señor actúa más allá de mis fuerzas, de mis capacidades y de mis límites.

Y con el paso del tiempo, también ha madurado en mí una convicción profunda: ya no quiero hacer cosas por el Señor ni quiero “hacer” nada para Él en un sentido activista. Lo que deseo es dejarle a Él hacer. Dejar que Dios sea Dios. Y yo, simplemente, ser un pequeño espectador de la obra maravillosa que Él realiza en nuestra vida, en la Iglesia, en nuestras parroquias, en mi comunidad y en este ministerio inmerecido que he recibido. Porque, al final, todo ha sido gracia desde aquel Viernes Santo hasta hoy, y todo sigue siendo gracia cada día de mi vida sacerdotal.

Carlos María Fortes García.