Forza Felipon

    Son las 8 de la tarde. Me subo a mi viejo Ibiza color verde. He pasado toda la tarde, junto a mi mujer, con unos amigos; no son unos amigos cualquiera, son de esos que siempre han estado ahí, de los que, aunque no los veas todas las semanas, siempre están presentes. Ahora, sin embargo, nos vemos con cierta frecuencia. Hace un tiempo algo cambió radicalmente sus vidas: su hijo mayor, de 15 años entonces, sufrió un síncope de muerte súbita que le mantuvo durante tres angustiosos meses en un Hospital de Madrid, debatiéndose entre la vida y la muerte. Como consecuencia de aquello, el niño quedó en estado de coma permanente y, aunque los órganos responden perfectamente, es incapaz de valerse por sí mismo y exige de cuidados las 24 horas del día. Ahora, y ya en casa, son sus padres, mis amigos, los que con una entereza y una fuerza fuera de lo común, tiran de su hijo día a día, con la misma pasión del primer instante. Probablemente, en algún momento, llegaron a pensar que lo mejor para su hijo sería marcharse, o no. Lo que a día de hoy veo, es que darían todo lo que tienen por estar un minuto más disfrutando de su hijo, aún en su actual estado.

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    Pongo la radio y enseguida me sobresalta la terrible noticia que abre el boletín de informativo de una emisora: Andrea, la niña gallega que luchaba por su vida, ha muerto. Algo golpea mi interior, como un mazazo que te deja aturdido por un instante. Llevábamos unos días rezando por ella, y en nuestro interior algo nos decía que jamás dejarían que muriera. Es muy complicado ponerse en la piel de esos padres, muy difícil poder evaluar si las decisiones que han tomado con respecto a su hija, lo han hecho desde el profundo convencimiento de que estaban  haciendo lo correcto, o si lo hicieron desde la extenuación. No somos nosotros a quien corresponde juzgar tal comportamiento. Tampoco podemos entrar a valorar si la actuación médica (avalada por un juez), se antoja como la más adecuada. La Organización Médica Colegial –único órgano que representa a todos los médicos de España- editó en 2011 el Código de Deontología Médica, que incluye un capítulo entero a la atención al final de la vida pero es que no todo es blanco o negro.

    Después de rechazar el encarnizamiento terapéutico, el artículo 3 de este manual de buena praxis médica, dice: “El médico nunca provocará intencionadamente la muerte de ningún paciente, ni siquiera en caso de petición expresa por parte de éste”. Únicamente el equipo médico que la trató sabrá, en conciencia, de la oportunidad o no de sus actuaciones.

    Lo que sí podemos plantear es qué es lo que lleva a unos padres, a solicitar ante un juez la retirada del alimento que mantiene viva a su hija. ¿Qué ha fallado? ¿Han recibido esos padres el aliento y la ayuda de todos los que les rodeaban? ¿Y las oraciones necesarias para poder sobrellevar ese trozo de Cruz que Dios les ha enviado? Me planteo todo esto, desde el profundo convencimiento de que yo mismo pude hacer algo más por Andrea. Pude rezar más por ella, pude hacer que otros rezaran más por ella, pude empujar a otros, sobre todo, a rezar mucho más por sus padres. Si, sus padres necesitaron durante muchos años la oración y la ayuda de los que estaban a su lado, pero también de quienes ni siquiera les conocíamos.

    Llevamos mucho tiempo empujando para que Felipón, el hijo de mis amigos, salga de la terrible situación que está viviendo. Somos conscientes que sólo un milagro podría sacarlo de su estado de coma. Hoy mismo, su abuelo Jose Félix, un hombre que ha sufrido especialmente el golpe de ver así a su ojito derecho, me susurraba entre sollozos esto es muy duro. Si, es muy duro. Intuir que el futuro de ese nieto estará ligado de por vida a una silla de ruedas y a una inconsciencia que parece absoluta, es un trago muy difícil de apurar en esta copa de la vida. Es muy duro, ver como mis amigos Felipe y María se entierran en vida por su hijo, se gastan día a día por aquel que les ha cambiado la existencia. También para bien. Porque si, también les ha cambiado la vida para bien. Por muy inexplicable que esto sea, lo que le ha ocurrido a Felipón, nos ha transformado a muchos. Si no, ¿cómo es posible que haya tanta gente rezando por él, gente, gran parte de ellos que hacía mucho habían abandonado la fe? ¿Cómo es posible que cada vez que alguien se entere de la historia de Felipón se ponga manos a la obra a ayudar en lo que puede? ¿Cómo se entiende que familias enteras se unan en un momento del día a rezar un rosario por un niño que ni conocen pero que les ha cambiado la vida? ¿O es explicable que un niño, totalmente anónimo tenga más de 800 seguidores en twitter?

    Nada de esto es normal y mientras arranco el motor de mi viejo coche, miro a mi mujer con cierto brillo en unos ojos humedecidos. Y ella me devuelve la profunda mirada, cargada de amor. “¡Qué suerte tenemos!”. Si, que suerte tenemos de poder palpar todo ese torrente de amor y de oración que presenciamos en primera persona y que hace que Felipe y María nos despidan con una agotadora sonrisa en su rostro. Cansados, si, pero felices de poder disfrutar de su hijo el tiempo que Dios quiera, aunque sea en estas circunstancias, rodeados de tanto cariño y de tanta oración. Quizá los padres de Andrea necesitaron de esa medicina. La medicina del amor y de la oración de los demás.

    Andrés Sánchez Agusti