Se nos ha estado presentando la película Hamnet como una visión romántica acerca de la vida de la esposa de William Shakespeare. Partiendo de esta idea, a mí personalmente, no me atraía ver otra alegoría anglosajona relacionada con la vida del célebre autor inglés.
Durante este pasado fin de semana he ido a verla, sin saber más sobre la película, ahora sí, partiendo de unas buenas críticas que había leído sobre ella. Hamnet es una película diferente, no es cine convencional. Desde los primeros minutos ya se siente como ahí va a pasar algo que no vemos con frecuencia.
De momento, la importancia del escritor inglés es casi irrelevante para lo que se quiere contar, que es el amor incondicional de una madre por sus hijos. Tan incondicional es, que resulta doloroso y desgarrador. La escena en la que Agnes Shakespeare da a luz mellizos, es un grito salvaje a la crudeza de la vida, es casi animal, más que humano; es en realidad un alarde a la maternidad. Rodado con extremo realismo y hasta aspereza, pero que en su conjunto conforma una muy bella escena, rodeada de vitalidad gracias a la forma de rodarla con cámara en mano y a la extraordinaria interpretación de Jessie Buckley.
Independientemente de la veracidad de los hechos, sí es verdad que Shakespeare perdió un hijo con 11 años, la película muestra como una madre en un estado crítico de soledad, debe tomar decisiones trascendentales para preservar la salud de sus hijos. Es una película en la que no hacen falta las palabras, conmociona por sí misma. La elocuencia sobresale con las imágenes, sobre todo en los momentos en los que se encuentra en el interior de esa casa de campo, maravillosamente recreada. Los momentos de quietud sobrevienen a los de dureza emocional y, en esos momentos, con la cámara quieta, estática, estatuaria se retratan imágenes costumbristas preciosas, propias de una pinacoteca.
Los cambios de “tempo”, se hacen con simples fundidos en negro que bastan para hacer cambiar de ambiente, no hace falta nada más, sobran las palabras de nuevo. La película tiene momentos desconcertantes como ese punto de esoterismo que envuelve a la madre, pero que inmediatamente te colocan en la realidad sensible, dura y frágil a la vez.
La película es un drama muy íntimo, bajo mi punto de vista es una creación artística. No pasará a la historia como una obra maestra incontestable, pero no le hace falta. La directora Chloé Zhao consigue lo que pretendió: conmover con crudeza, e incluso aspereza, para demostrar el amor que una madre siente por sus hijos, en una época muy difícil, con unas medidas de higiene y unos medios, que nada tienen que ver con los nuestros.
La película es técnicamente impecable, con soberbios encuadres, y primeros planos desgarradores, solo cuando hacen falta, y eso que a mí el hiperrealismo no me gusta, pero entiendo que en muchas de las situaciones de la película hacían falta. La banda sonora es sobria y se utiliza cuando es exclusivamente necesaria, otro de los aciertos, los exteriores son muy apropiados y los interiores son los que tienen que ser.
Si queréis ver una película distinta, que muestra una realidad cruda y muy bella, bellísima -no hay más que mirar a la cara de Agnes- podéis ir a ver Hamnet.
José Carlos Sacristán







