Soy muy feliz siendo sacerdote

Testimonios

Sin Autor

Soy sacerdote rural en la diócesis de Cuenca y actualmente acompaño cuatro parroquias rurales. Cada día aprendo algo nuevo y, sinceramente, soy muy feliz. En cada historia, en cada persona y en cada hogar descubro constantemente el rostro de Cristo vivo que sale a mi encuentro.

Nací en una familia cristiana. Mis primeros recuerdos de fe están unidos a la mano de mi madre, que me llevaba a misa cada domingo. Crecí como cualquier joven de mi pueblo: estudié con mis amigos, fui al instituto y, tras terminar el bachillerato, decidí estudiar Magisterio de Primaria, porque siempre me ha apasionado la enseñanza y el acompañamiento de las personas.

Durante el segundo año de carrera ocurrió algo que marcó profundamente mi vida: el sacerdote de mi parroquia falleció de manera repentina. Aquello fue un verdadero shock para mí. Empezaron a surgir preguntas que no me dejaban en paz:

¿Quién iba a administrar los sacramentos?

¿Qué pasaría en mi pueblo sin sacerdote?

Ese mismo verano llegó un nuevo sacerdote a la parroquia. Yo colaboraba activamente y, un día, de manera sencilla y directa, me lanzó una pregunta que lo cambió todo:

“¿Por qué no vas al seminario?”

Mi respuesta inmediata fue un no rotundo. Pero aquella pregunta ya se había sembrado dentro de mí. Desde entonces empecé a interrogar mi vida con más profundidad. Poco a poco, esa pregunta fue creciendo en mi interior y, al mismo tiempo, comencé a descubrir con más claridad la presencia de Dios en cada acontecimiento cotidiano.

Empecé a conocer el seminario, a los seminaristas y a cuidar más mi vida de oración. Terminé la carrera dos años después, pero la pregunta seguía ahí, cada vez más fuerte:

“¿Por qué no ser sacerdote?”

Sin embargo, también aparecieron los miedos: miedo al qué dirán, miedo a equivocarme, miedo a no estar verdaderamente llamado. Como una vía de escape, decidí comenzar una doble titulación en Magisterio de Infantil. Pensaba que así podría acallar la voz de Dios… pero el Señor no se cansa y no te deja. Su llamada seguía latiendo dentro de mí.

Al terminar la doble titulación me encontré ante la gran decisión:

¿Qué hago ahora? ¿Me voy al seminario?

Ese verano, durante una exposición al Santísimo, todo se hizo claro. Allí comprendí, sin dudas, que el Señor me estaba llamando. Fue una certeza profunda, serena y llena de paz. Salí de allí sabiendo que tenía que dar el paso.

Se lo comuniqué a mi familia y a mis amigos, y todos se alegraron. Siempre me he sentido profundamente apoyado: por mi familia, mis amigos, mi parroquia y la comunidad de Carmelitas Descalzas de mi pueblo. Sin duda, el Señor siempre sorprende para bien.

En 2021, ese sueño se hizo realidad: ser sacerdote de Cristo para siempre. Hoy puedo decir que estoy viviendo el sueño de Dios. En medio de mi pobreza y mis límites, experimento cada día que es el Señor quien actúa, y que no hay nada mejor que entregar la vida al servicio de Dios y de su Iglesia.

El Señor cumple su promesa: te regala muchos padres y madres, hermanos y hermanas, abuelos y abuelas. La vocación no es solo para pensarse, sino para vivirse, experimentarse y gritar en medio del mundo que Dios vive, que Dios nos ama y que merece la pena fiarse de Él.

Fidel Gómez Leal