Es posible que haya alguien a quien no le guste llamar a Dios “Papá del Cielo”. Tal vez le parezca demasiado infantil.
Pero a mí, desde muy niño, mis padres me enseñaron a llamar a Dios así: “Papá del Cielo”; y a la Virgen María, “Mamá del Cielo”. También me enseñaron a “echarle” besos con la mano a Jesús en el Sagrario.
¡Cuánto agradezco a mis padres esas enseñanzas sencillas de vida cristiana! Desde entonces, no he recibido ninguna lección de teología más profunda.
Hoy, a pesar de que ya no cumpliré los 60, quiero tener un año de edad ante Dios y seguir llamándole Papá. Lo quiero y lo necesito. Y estoy seguro de que a Él le encanta.
¿Y acaso la palabra abbá, con la que Jesús se dirige a su Padre, no debería traducirse por Papá más que por Padre?
Dios quiere que lo tratemos con confianza, como un hijo pequeño trata a sus padres.
Han hecho un mal servicio a Dios y a los hombres los que trataron de pintarlo como un ser justiciero, frío, implacable, ante quien hay que sentir miedo. ¿De dónde han sacado esa imagen? ¿De qué Escrituras? ¿De qué Evangelio?
La Imagen verdadera de Dios es Jesús. Y Jesús se nos presenta como un niño recién nacido, para que lo tratemos con confianza y cariño. Un niño que juega con sus amigos de Nazaret. Un hijo cariñosísimo con su Madre y con san José. Un hombre fuerte y templado que llora, invadido por la ternura, la muerte de su amigo Lázaro. Un hermano mayor que quiere tanto a sus hermanos pequeños, que muere por ellos para que puedan ir al Cielo.
Papá del Cielo, sabes que te quiero, y por eso te doy un beso de hijo, ahora, en este momento; y aunque no te veo, sé que lo recibes y me sonríes, como me sonreía mi padre cuando lo besaba.
Del libro «Dios te quiere, y tú no lo sabes» de Tomás Trigo (cap. 13)