¿De qué me sirve creer en Dios?
Pregunto:
¿De qué te sirve tener familia?
¿De qué te sirve tener amigos o pareja?
¿Sería tu vida igual si no estuvieran?
Sería distinta, ¿no?
Esa sensación de no tener a quién acudir.
De no tener con quién compartir un problema, una alegría o simplemente un rato de silencio.
La sensación de no estar arropado.
De no pertenecer.
Cada uno, al pensar en sus amigos o en sus padres, recordará algo distinto.
Y si tuvieras que explicarle a alguien qué se siente al tenerlos en tu vida…
¿serías capaz de hacerlo con exactitud?
¿O simplemente lo intentarías, sabiendo que hay cosas que no se pueden explicar?
Porque el abrazo de una madre no se explica.
Se vive.
Ahora imagina no haber tenido nunca a esas personas en tu vida.
Tu historia sería completamente distinta.
Pues eso es vivir sin Dios.
Decir: «¿y a mí de qué me sirve creer?»
Sirve de una forma que no se puede explicar del todo, porque te llena por dentro.
Es sentir fortaleza sin una razón concreta.
Sentirte acompañado, incluso cuando no hay nadie.
Sentir un amor tan real que, a veces, se te eriza la piel.
Y no, no siempre es emoción.
A veces es silencio.
A veces es sostenerte cuando no entiendes nada.
Pero no estar solo.
¿Y cómo se explica eso a quien no lo ha vivido?
Aquí viene lo difícil.
Tener a Dios en tu vida es como pasar de nivel en un juego.
Es abrir los ojos de golpe.
Como cuando alguien te dice algo obvio y, al darte cuenta, piensas:
«¿Cómo no lo vi antes?»
Pues así, pero con todo.
Es dejar de sentirte juzgado.
No tener miedo de contarle nada, porque sabes que te entiende.
Sentirte perdonado de verdad.
Sin condiciones.
Sin «yo perdono, pero no olvido».
Dios sí perdona.
Y sí olvida.
Es encontrarte con Él y empezar a entender por qué estás en este mundo.
Descubrir que tu vida es un regalo inmenso y aprender a no desperdiciarla.
Dejarte guiar, incluso sin verlo todo claro.
No es como salir de una conversación pensando:
«Este no me ha entendido».
No.
Es algo completamente distinto.
Es sentirte comprendido siempre.
Es que, a veces, basta con ponerte delante de un sagrario
para que todo encaje un poco más.
Es tan distinto, tan real, que si lo conocieras entenderías por qué los cristianos llevamos dos mil años intentando contarlo al mundo.
Y no, creer en Dios no te quita los problemas.
Te quita la sensación de cargarlos solo.
En un mundo que solo mira el hoy.
Las modas.
El estatus.
El éxito.
En un mundo donde tanta gente se siente sola, incomprendida, cargada de heridas, adicciones y vacíos que no se curan.
En medio de todo eso, existe un camino muy distinto.
Y ese camino lleva a Dios.
Eso no significa que todo el que vaya a la Iglesia lo haya encontrado.
Para nada.
Ovejas perdidas hay en todos lados.
Encontrarse con Dios no es simplemente ir a la Iglesia.
Es entender por qué se va.
Y cuando lo entiendes, todo cambia.
Ojalá tú, que sigues preguntándote
«¿de qué me sirve creer en Dios?»,
llegues a descubrir que la vida, en realidad,
solo sirve cuando es con Él.
Andrea Santolaya
@andrea.santolaya







