“Beautiful Boy” (2019), narra la historia real de Nic Sheff, un joven brillante que cae en la adicción a las drogas, y de su padre, David, que lucha incansablemente por salvarlo. En una historia sobre el amor perseverante, la fragilidad humana y la búsqueda, muchas veces desesperada, de alivio ante el dolor de la vida. En este mes de enero, centrado en la Misericordia y la conversión, Beautiful Boy se presenta casi como una relectura contemporánea de la parábola del hijo pródigo: no tanto desde la huida del hijo, sino desde la espera dolorosa y fiel del padre, que ama incluso cuando no entiende.
Nic encarna con crudeza la lógica del pecado cuando reconoce que la droga le permite escapar de la “estúpida realidad”. Aunque no seamos adictos, conocemos bien esa tentación de escapar del peso de la vida con otros “sustitutos”: la lujuria, la gula, la pereza o cualquier vía de escape que prometa alivio inmediato. El demonio promete anestesia y descanso rápido, pero el resultado suele ser un vacío aún mayor. Algo parecido describe san Agustín en sus Confesiones cuando reconoce que buscaba el placer y el éxito lejos de Dios, y sin embargo se encontraba más vacío: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.
A medida que Nic se adentra en la espiral de la adicción, se va convirtiendo en alguien que él mismo desprecia. La película deja claro que el pecado nunca se queda solo en algo privado, siempre hiere a otros. Como recordaba san Juan Pablo II, el mal tiene además una dimensión social, porque todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, en toda la comunidad. Por eso cada recaída de Nic sacude a toda la familia. Y, sin embargo, la película no se recrea en el morbo, sino que se detiene también en el drama interior de David, un padre que, como en la “parábola del hijo pródigo”, sufre, busca, se decepciona, se cansa y, aun así no deja de amar.
Su relación está marcada por una frase que ambos se repiten como un ancla “estoy aquí”. Esta especie de contraseña afectiva funciona casi como un recordatorio de que, aun en medio del pecado, la huella del amor de Dios permanece, aun cuando le damos la espalda.
Hay una escena especialmente iluminadora en la que se afirma que “ser alcohólico o drogadicto” no es, en el fondo, el verdadero problema, sino cómo se está afrontando. Trasladado a nuestra vida espiritual, esta frase encierra una gran verdad, no es solo que tengamos heridas o inclinaciones desordenadas, sino que, al desplazar a Dios del centro del corazón, intentamos gestionarlo todo solo. Entonces buscamos llenar el vacío con ídolos que prometen una falsa plenitud, pero terminan esclavizando. Nic, incluso después de años sin drogarse, vuelve a su vía de escape cuando la presión de la vida adulta se hace insoportable. No es un relato moralista sobre la debilidad, sino el reflejo de lo que nos ocurre cuando el corazón no está anclado en Dios, ya que, sin una relación viva con Él, cualquier dificultad se convierte en una excusa para regresar al viejo ídolo.
En uno de los puntos más oscuros del relato, Nic se reencuentra con Lauren y ambos se usan mutuamente: comparten droga, se entregan el cuerpo, se instrumentalizan. Ya no basta con destruirse a uno mismo; se arrastran el uno al otro. Poco después, Nic llega a robar en casa de su padre, cruzando una línea que parecía impensable. Aquí la película toca algo muy profundo: cuando no aceptamos los tiempos y caminos de Dios, intentamos tomar por la fuerza aquello que creemos necesitar, aunque sea a costa de los demás. También nosotros, cuando no entendemos el silencio de Dios o su aparente ausencia, podemos caer en la tentación de romper, huir o apropiarnos de lo que deseamos sin medir las consecuencias. Beautiful Boy no justifica estos actos, pero sí los sitúa dentro de una experiencia de soledad y desesperación que invita a mirarlos con misericordia, no con simple condena.
Hacia el final, cuando Nic parece haberse abandonado del todo y se droga por última vez, aunque milagrosamente, sobrevive. Al reencontrarse con su padre, no hacen falta palabras. Nic llora, reconoce su miseria y se deja abrazar. Esta escena sabe mucho a Sacramento de la Reconciliación: el hijo que vuelve humillado, el padre que sale a su encuentro y perdona sin echárselo en cara, la alegría de recuperar al que estaba perdido (cf. Lc 15,24). Y como dijo el papa Francisco, “no hay ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir, allí donde encuentra un corazón arrepentido”.
Beautiful Boy, con todas sus sombras, nos deja una pregunta abierta: ¿creo de verdad que, por muy hondo que haya caído, siempre puedo volver al Padre, o sigo buscando mis propias “drogas” para anestesiar la sed de infinito que solo Dios puede saciar?
José Carcelén Gómez
Ficha técnica:
Título original: Beautiful Boy
Año: 2018
País: Estados Unidos
Dirección: Felix Van Groeningen
Reparto: Timothée Chalamet, Steve Carell, Maura Tierney, Amy Ryan, Christian Convery, Timothy Hutton, Carlton Wilborn







