Hasta el último hombre (2016), dirigida por Mel Gibson, narra la historia real de Desmond Doss, un joven adventista del séptimo día que, en plena Segunda Guerra Mundial, decide alistarse en el ejército estadounidense con la convicción de servir como médico, pero sin empuñar un arma. Su elección lo enfrenta no solo al ejército, sino también a sus propios compañeros, incapaces de comprender por qué un soldado rehúsa disparar.
La película no es simplemente un relato bélico, sino una profunda reflexión sobre la coherencia cristiana, el amor al prójimo y el precio de mantenerse fiel a Dios incluso cuando todo alrededor invita a ceder.
Uno de los ejes más claros de la película aparece en las entrevistas finales, cuando el hermano de Desmond afirma: “Tus convicciones son lo que eres”. Esa frase recorre toda la historia, Desmond no solo lucha contra el rechazo de sus superiores y compañeros, sino también contra las dudas legítimas de quienes le aman.
La conversación con Dorothy, su prometida, en la celda antes del consejo de guerra es especialmente reveladora. Ella le recuerda que nadie puede decir que no lo haya intentado, pero le pregunta a quién va a salvar desde la cárcel, advirtiéndole de no confundir el orgullo con la voluntad del Señor.
La respuesta de Desmond no es arrogante, sino profundamente honesta: no sabe cómo podría vivir si traiciona aquello en lo que cree. En ese instante comprendemos que, para Doss, la coherencia con su fe vale más que cualquier reconocimiento o comodidad. Actúa desde la lealtad a una conciencia iluminada por Dios. Aquí la película plantea una pregunta tan incómoda como actual: ¿hasta dónde somos capaces de ser fieles cuando la fidelidad tiene un coste real?
Ligada a esta idea surge otra cuestión central: ¿cuál es el verdadero valor de un hombre? Durante su entrenamiento, Desmond es juzgado constantemente: por su físico, por su fe, por su negativa a portar armas, por su aparente fragilidad. Se le mide con los criterios habituales de fuerza, eficacia y obediencia ciega.
No es hasta que llega la batalla de Okinawa, en Hacksaw Ridge, cuando se revela su auténtica valía. Mientras salva a cada compañero herido, rezando incansablemente “Señor, ayúdame a salvar a uno más”, se vuelve reflejo del amor de Cristo, que no abandona ni al caído ni al que sufre. Su oración resume una espiritualidad serena y profunda: la fe que se hace acción, el servicio que se convierte en oración.
La película nos recuerda que el valor humano no siempre se manifiesta como esperamos y que, muchas veces, juzgamos sin comprender los planes de Dios ni dar oportunidad a lo que no encaja en nuestros esquemas. Como dice la Escritura: «No te fijes en su apariencia ni en su elevada estatura, pues yo lo he rechazado. No se trata de lo que el hombre ve; pues el hombre se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón.»(1 Sam 16,7).
La historia también cuida con profundidad las relaciones humanas que rodean a Desmond. La figura de su padre, marcada por las heridas de la Primera Guerra Mundial, encuentra redención ayudando a su hijo en la corte marcial. Es significativo que sea él quien acuda en ayuda de su hijo durante el juicio, porque muestra que incluso alguien roto puede responder cuando se le necesita.
Del mismo modo, la relación con sus compañeros de pelotón, especialmente con Smitty Ryker, evoluciona del desprecio y la burla al respeto y la amistad. Aquellos que primero sufren las consecuencias de las convicciones de Desmond acaban siendo salvados precisamente por estas. La escena en la que Smitty comparte con él su historia y su miedo, en plena batalla de Hacksaw Ridge, sella una fraternidad nacida del dolor y la confianza. Cada encuentro, cada obstáculo, se convierte en un espacio donde la gracia de Dios se hace visible.
Hay una frase de Desmond que condensa todo el mensaje de la película: “Con el mundo empeñado en destruirse a sí mismo, no me parece que sea algo malo querer arreglarlo un poco”. En ella se encierra una llamada directa al espectador.
Hasta el último hombre no idealiza la guerra ni el heroísmo, pero propone una pregunta profundamente cristiana: ¿qué estamos haciendo nosotros para sanar, para cuidar, para salvar al que tenemos al lado? En un mundo marcado por la violencia, el cansancio y la indiferencia, el amor a Dios y al prójimo siguen siendo un acto de resistencia.
Esta película es, en el fondo, una llamada a vivir con coherencia interior, a no negociar la conciencia y a creer que la constancia en la fe, aunque incomprendida, puede ser fuente de salvación para muchos. Como dice el Evangelio: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Desmond Doss no empuñó un arma, pero sostuvo la vida hasta el último hombre. Y, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, “la caridad es la virtud teologal por la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos” (CEC 1822). En esa caridad silenciosa y perseverante es donde brilla verdaderamente el testimonio de Desmond Doss.
José Carcelén Gómez
Ficha Técnica:
Título original: Hacksaw Ridge
Año: 2016
País: Estados Unidos y Australia
Dirección: Mel Gibson
Reparto: Andrew Garfield, Sam Worthington, Luke Bracey, Hugo Weaving, Teresa Palmer, Rachel Griffiths, Vince Vaughn







