San Juan en el Prólogo de su Evangelio nos habla claramente «de dónde» procede Jesús.
Dice: «En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios…».
Estaba claro que Jesús era esa Palabra que existía desde siempre. Pero luego añade: «Y la palabra se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1,1-14).
Efectivamente la Persona divina de Jesús habitaba en la humanidad de su carne. La «carne» de Jesús, es decir, su existencia humana, viene a ser la «tienda» donde habita la Palabra de Dios. Es como decir que en el hombre Jesús fue donde «acampó» Dios en este mundo. Así se alude a la «tienda sagrada» de Israel, que este pueblo llevaba en su peregrinar por el desierto. Y que Jesús sería esa «tienda del encuentro» entre Dios y el Hombre.
A diferencia de los pueblos vecinos, para los que su dios era alguien lejano, el Dios de Israel era un Dios con quien se puede dialogar y consultar los asuntos.
Yahvé por medio de esta tienda del encuentro estableció su presencia en medio
de los hombres. La tienda del encuentro era una carpa que protegía el arca de la Alianza. Se guardaban en el arca las tablas de la Ley, y una vasija con maná, el alimento que Dios envió como caído del cielo. Al decir san Juan que «la palabra se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1,1-14), se está refiriendo a esa tienda del encuentro que es el cuerpo de Jesús.
El libro del Éxodo contiene las instrucciones que el Señor dio a Moisés para la construcción de esa tienda, que era un santuario móvil que debía acompañar al pueblo durante su peregrinar hacia la Tierra prometida. Allí se dice: «Moisés tomó la tienda de campaña y la puso a cierta distancia fuera del campamento, y la llamó tienda del encuentro con Dios. Cuando alguien quería consultar al Señor, iba a la tienda, la cual estaba fuera del campamento» (Ex 33, 7).
Pero en el cuerpo de Jesús, como Tienda del Encuentro entre Dios y el Hombre, no solo estaba el Arca de la Alianza con las tablas de la Ley, sino en que su cuerpo contenía al mismo Autor de la Ley, no solo un
cuenco con maná sino que Jesús mismo era el Pan del cielo. Jesús hablará del Templo de su Cuerpo, que destruirían los jefes de Israel, pero que él lo reconstruiría en tres días.
Nosotros pensamos en el Sagrario de una Iglesia donde Jesús habita cubierto por el «conopeo» que es un velo en forma de tienda de campaña, como dice el diccionario. Por eso el Sagrario es como una embajada, un territorio del cielo: una embajada de nuestra patria en otro país donde ya Jesús está con su cuerpo glorificado.
Jesús estaba junto a Dios. Él era Dios. Y «principio» de todas las cosas. Y al ser principio, también inaugura en nosotros un nuevo modo de ser hombres. Viene a decir que aquellos que crean en Cristo recibirán un nuevo nacimiento mediante el espíritu, y por eso hay una conexión entre el origen de Jesús, por el Espíritu Santo, y el de los cristianos.
«A cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo
de carne, ni de deseo de varón, sino de Dios» (Jn 1, 12s). Indudablemente todos estos creyentes han nacido de la sangre y el amor humano, pero la fe en Jesús les da un nuevo nacimiento: comienzan a vivir la vida del mismo Jesús, que ahora se convierte en su propia vida, porque mediante la fe han nacido de Dios. Juan, al revelar el significado profundo del origen de Jesús, nos ha dado también una explicación de nuestra verdadera «genealogía».
Así como el Señor no fue engendrado por José, sino que nació de María por intervención divina, eso también ocurre en nosotros: el verdadero origen de un cristiano es también espiritual: «nacemos de Dios» a través de la fe en Jesús.







