
CARTA DE ADVIENTO 2025
DE MONS. JUAN CARLOS ELIZALDE
OBISPO DE VITORIA
ESPERANZA CON LOS PROTAGONISTAS DEL ADVIENTO
Queridos diocesanos:
Es el Adviento del Año Jubilar de la Esperanza. Es el Adviento del Jubileo Ordinario de 2025. Somos peregrinos de esperanza. Acudimos a las fuentes, a los protagonistas del Adviento de la Gran Esperanza. Son dos profetas –Isaías y Juan Bautista–, un matrimonio –Isabel y Zacarías–, y el alma del Adviento: la Virgen y San José. La Diócesis de Vitoria quiere hacer acopio y comunicar esta esperanza por todos sus poros.
ISAÍAS Y JUAN BAUTISTA: DESEOS, DISCERNIMIENTO Y ESPERANZA.
Ambos son un manojo de grandes deseos y son capaces de reconocer y señalar en la historia de su tiempo los signos de esperanza. En los textos litúrgicos de estos días aparecen los grandes deseos de Isaías, todos llenos de esperanza: «Ojalá rasgaras los cielos y bajases… He aquí vuestro Dios, viene en persona y os salvará… El Líbano se convertirá en vergel… Habitará el lobo con el cordero… Preparará el Señor un festín de manjares suculentos». Y tiene la genialidad de ofrecer un signo: “He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, Dios con nosotros» (Is 7,14).
Adviento para renovar nuestros grandes deseos, los que mueven nuestra vida y nos llevaron a tomar las decisiones más auténticas de nuestra existencia. También en nuestra Diócesis, morimos si se nos apagan los deseos. Celebramos el Día del Seminario en el corazón del Adviento, en la solemnidad de la Inmaculada. Deseamos y pedimos grandes pastores para caminar sinodalmente con laicos y con la vida consagrada.
Juan Bautista es fuego ardiente, puro deseo e inconformismo: «Convertíos porque está cerca el reino de los cielos… Yo bautizo con agua, Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego… Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos». Y este último profeta, el mayor de los nacidos de mujer, señala ya al Salvador: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). La Iglesia pronuncia estas mismas palabras para indicar, en el momento más solemne de adoración en la Eucaristía, que estamos ante el mismo Señor, Jesús de Nazareth, Dios y hombre verdadero.
Juan Bautista encarna también nuestras dudas y nuestro discernimiento. El que había señalado al Mesías definitivo parece que tiene dudas. No todo le cuadra en Jesús y por eso envía a sus discípulos con este mensaje: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» (Lc 7,19).
Se pueden tomar las grandes decisiones que sostienen nuestra vida y pueden aparecer dudas que amenazan toda la existencia, el sentido de nuestra vocación o la misión de la Iglesia aquí y ahora. Jesús disipa sus dudas: «Id y decid a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados» (Lc 7,22). ¡Son los signos mesiánicos de la llegada del Reino! Jesús confirma a Juan y clarifica su discernimiento. En este momento de implementación del Sínodo estamos llamados a la conversión de los procesos, de los vínculos y de las relaciones. Estamos llamados a redescubrir una manera nueva de caminar juntos en corresponsabilidad diferenciada, pero desde la igualdad radical del bautismo, sin desdibujar la identidad de la Iglesia y del seguimiento a Jesús. Es momento de poner en marcha todos los consejos con transparencia, rendición de cuentas y evaluación.
«¡Salve cruz de Cristo, única esperanza!» Esta expresión litúrgica inauguró el Año Jubilar de la Esperanza y nos ha conducido a lo largo de este itinerario de gracia. Que siga iluminando nuestros discernimientos diocesanos, nuestros distintos consejos y nuestras decisiones pastorales. El Papa León XIV, en el 1700 aniversario del Concilio de Nicea, acaba de escribir una Carta Apostólica, In unitate fidei. Nos ayudará en este Adviento.
«El Credo de Nicea nos invita entonces a un examen de conciencia. ¿Qué significa Dios para mí y cómo doy testimonio de la fe en Él? ¿Es el único y solo Dios realmente el Señor de la vida, o hay ídolos más importantes que Dios y sus mandamientos? ¿Es Dios para mí el Dios viviente, cercano en toda situación, el Padre al que me dirijo con confianza filial? ¿Es el Creador a quien debo todo lo que soy y lo que tengo, cuyas huellas puedo encontrar en cada criatura? ¿Estoy dispuesto a compartir los bienes de la tierra, que pertenecen a todos, de manera justa y equitativa? ¿Cómo trato la creación, que es obra de sus manos? ¿La uso con reverencia y gratitud, o la exploto, la destruyo, en lugar de custodiarla y cultivarla como casa común de la humanidad?» Y al hilo de la Exhortación Apostólica Dilexi te, también del Papa León XIV, la gran pregunta, ¿reconozco en los pobres la carne de Cristo? (Cf. n. 110).
ISABEL Y ZACARÍAS: ALEGRÍA, ALABANZA Y PACIENCIA.
«Ambos eran justos ante Dios y caminaban sin falta» (Lc 1,6). Siendo ancianos y no teniendo hijos, Zacarías en el templo recibe una respuesta a sus deseos: «No temas Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan… Pero te quedarás mudo hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se cumplirán en el momento oportuno… Él pidió una tablilla y escribió “Juan es su nombre”… Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua y empezó a hablar bendiciendo a Dios… Bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo» (Cf. Lc 1).
Nuestra Diócesis está abierta a la alabanza. Se puede caminar en la fe donde hay comunidades abiertas a la bendición y a la alabanza. Alabanza por la gracia de Dios derramada en itinerarios muy arraigados en nuestra tierra y en otras realidades novedosas y distintas pero fecundas y eclesiales. Estamos en la hermenéutica de la continuidad, no de la discontinuidad. Queremos implementar un Sínodo que prolonga y concreta el Concilio Vaticano II sin desdibujarlo ni olvidarlo.
La alabanza surge de la alegría del encuentro con el Señor y ahí está Isabel. «Ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible» (Lc 1,36-37). Isabel es la señal que el ángel Gabriel da a María en la Anunciación. Adviento para abrazar los imposibles de nuestra vida y confiárselos al Señor. «En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre» (Lc 1,44). Donde está Cristo siempre nace y renace la alegría. «Alégrate María llena de gracia. El Señor está contigo… No temas María, has encontrado gracia ante Dios» (Lc 1, 28-29)
Hay una promesa de felicidad en el fondo de nuestro corazón. Tomamos una decisión porque intuimos que la promesa de felicidad que Dios nos estaba haciendo, se concretaba en esta persona, en esta encomienda, en esta comunidad o en esta colaboración. En este Adviento rescatamos esa promesa de felicidad que Dios nos ha hecho y seguimos alimentando esa alegría que nadie nos puede arrebatar.
Existen fuentes y fugas de la alegría. Es un hecho que nuestra alegría está vinculada a personas, decisiones, tareas y experiencias muy concretas. Y todos hemos vivido situaciones en que la alegría se nos ha difuminado de nuestras manos, de nuestro horizonte y de nuestro corazón. Custodiar la verdadera alegría es labor de la Iglesia. Si algo puede aportar la Iglesia a nuestra sociedad es alegría, ánimo y esperanza. La iglesia forma parte del tejido social de nuestra tierra y hoy, que la comunidad cristiana pueda aportar humildemente sentido y futuro, es de agradecer.
Sacerdotes y Delegación de Familia estamos estudiando El Dios fiel mantiene su alianza (Dt 7,9), documento de la Conferencia Episcopal Española en 2023. En tiempo de desconcierto, la aportación de la familia tal y como la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia la conciben, supone una riqueza enorme que señala un camino de esperanza. El contraste paciente, la Carta Pastoral de Cuaresma-Pascua de los obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, también es un buen documento para trabajarlo en este Adviento. El Dios que se encarna en Jesús de Nazareth es el Dios que hace salir el sol y envía la lluvia sobre justos e injustos (Cf. Mt 5,45).
«En el centro del Credo niceno–constantinopolitano destaca la profesión de fe en Jesucristo, nuestro Señor y Dios. Éste es el corazón de nuestra vida cristiana. Por eso nos comprometemos a seguir a Jesús como Maestro, compañero, hermano y amigo. Pero el Credo niceno pide más: nos recuerda de hecho que no hemos de olvidar que Jesucristo es el Señor (Kyrios), el Hijo del Dios viviente, que «por nuestra salvación bajó del cielo” y murió «por nosotros” en la cruz, abriéndonos el camino de la vida nueva con su resurrección y ascensión. Ciertamente, el seguimiento de Jesucristo no es un camino ancho y cómodo, pero este sendero, a menudo exigente o incluso doloroso, conduce siempre a la vida y a la salvación (cf. Mt 7,13-14)».
MARÍA Y JOSÉ: FIDELIDAD, CRECIMIENTO Y AMOR MISERICORDIOSO.
A la propuesta del Ángel para que fuera la Madre del Señor, María, desbordada como todas las mujeres responsables, mostró sus dudas: «¿Cómo será eso pues no conozco varón?» Y el Señor le dio la explicación que necesitaba: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios» (Lc 1,35).
¿Qué respondió finalmente María al Señor? ¿Qué dijo María? ¿Qué decimos en el Ángelus? «He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1,38). Como mujer judía, María habría dicho «Amén». Así es, que así sea. ¿A qué tenemos que decir amén en este Adviento? Mi familia, mi comunidad, mi parroquia, por fin ¿a qué tiene que decir amén? ¿Qué tiene que aceptar, decidir o perdonar?
De San José el Evangelio dice que «se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”» (Mt 1,20-21). Y más adelante: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto porque Herodes busca al niño para matarlo… Vuelve a la tierra de Israel porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño» (Mt 2,13 y 20).
¿Por qué le habla Dios en sueños? Porque si nos habla de día, nos defendemos y hacemos lo que nos da la gana. De día mandamos nosotros y tenemos la sartén por el mango. En sueños no nos podemos defender. Cuando sueñas, ¿no sufres mucho porque te pasa y no puedes hacer nada? En sueños tenemos que abrirnos a lo que ocurre, no podemos huir, ni desaparecer.
Sueños en la Biblia es la pasividad, lo que nos desborda, lo que nos viene dado, lo que no podemos evitar. Sueños hoy son el paro, la enfermedad, el desánimo, la duda y mil situaciones que toda familia atraviesa. José, decía el Papa Francisco en Patris Corde 4, no pide explicaciones sino que acoge. Su valentía creativa es el verdadero milagro: que de un lugar de animales hace un hogar y se las apaña de noche para huir a Egipto salvando la vida de Jesús.
Así que la vida de José es importante, no por su perfil personal, sino por las personas que acompaña y que crecen junto a él. Su vida es importantísima porque acompañó a las personas más importantes de la historia: María y Jesús. Nuestra vida es grande por las personas que acompañamos. No por vuestra nómina, curriculum o habilidades.
Las personas que están a nuestro lado, ¿crecen? El crecimiento es uno de los signos del buen discernimiento y de la salud y vitalidad del corazón que decide lúcidamente. Dejaron que Jesús creciera bien. Se dirá más adelante que «Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52).
A María y a Jesús se les ve crecer en los dos primeros capítulos de Lucas y de Mateo. El Señor les confió una misión humanamente imposible pero les capacitó para ello. No elige a los capaces sino que hace capaces a los que elige. En los planes del Señor si hay misión, hay carisma. María y José en la fidelidad al Padre en el Hijo por el Espíritu Santo crecen asombrosamente. Son referencia, compañía y guía de crecimiento en adelante para todos nosotros. Sin ellos tenemos el riesgo de que el personaje se coma a la persona y entonces nos secamos, nos endurecemos, nos podemos malear y el crecimiento se bloquea. Adviento del Año Jubilar de la Esperanza para recuperar la frescura, la flexibilidad y disponibilidad de los orígenes. Recuperamos el hilo conductor del proceso sinodal: comunión, participación y misión. En ello estamos.
«Ha aparecido la bondad de Dios y su amor a la humanidad» (Tt 3,4-5). «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos otros» (Jn 13, 34-35). Ésta es la prueba del algodón, imposible de engañar: nuestro amor mutuo, en la Diócesis, en el presbiterio, en la parroquia, en la comunidad, en la familia o en el trabajo.
«Los Padres de Nicea quisieron permanecer firmemente fieles al monoteísmo bíblico y al realismo de la encarnación. Quisieron reafirmar que el único y verdadero Dios no es inalcanzablemente lejano a nosotros, sino que, por el contrario, se ha hecho cercano y ha salido a nuestro encuentro en Jesucristo». El Papa León XIV formula así el misterio de la Navidad en In unitate fidei. Y ésta es la consecuencia: «Si Dios nos ama con todo su ser, entonces también nosotros debemos amarnos unos a otros. No podemos amar a Dios, a quien no vemos, sin amar también al hermano y a la hermana que vemos (cf. 1 Jn 4,20). El amor a Dios sin el amor al prójimo es hipocresía; el amor radical al prójimo, sobre todo el amor a los enemigos sin el amor a Dios, es un heroísmo que nos supera y oprime. En el seguimiento de Jesús, la subida a Dios pasa por el abajamiento y la entrega a los hermanos y hermanas, sobre todo a los últimos, a los más pobres, a los abandonados y marginados. Lo que hayamos hecho al más pequeño de estos, se lo hemos hecho a Cristo. (cf. Mt 25,31-46). Ante las catástrofes, las guerras y la miseria, podemos testimoniar la misericordia de Dios a las personas que dudan de Él sólo cuando ellas experimentan su misericordia a través de nosotros».
Este Adviento del Año Jubilar de la Esperanza para preparar el corazón a esta Navidad. ¡Feliz Adviento!
Agur besarkada bat! Mi afecto, disponibilidad y bendición!
+Juan Carlos Elizalde
Obispo de Vitoria
En Vitoria-Gasteiz, a 24 de noviembre de 2025







