Mi nombre es Konstantin Milchev, tengo 23 años, y mi camino hacia la fe católica comenzó mucho antes de que yo mismo fuera consciente de ello. Aunque nací en Bulgaria en una familia cristiana ortodoxa, la fe estuvo presente en mi vida desde pequeño. Mi abuela siempre cuenta que, con apenas cinco años, me sabía de memoria mi ceremonia de bautismo y que, en casa, imitaba al sacerdote. Aquellos gestos infantiles, que entonces parecían un juego, hoy reconozco que fueron las primeras semillas de algo mucho más grande.
Mi acercamiento a la Iglesia Católica fue inesperado. Hace ya nueve años, un domingo cualquiera —uno de esos en los que jugaba con mis amigos en el parque frente a la parroquia de San Frutos— sentí de pronto el deseo de entrar a misa. No sabría explicarlo con palabras exactas; simplemente fue un impulso profundo, sereno y hermoso.
Desde aquel día empecé a asistir como feligrés, y un año después el sacerdote Francisco Jimeno, que con el tiempo se ha convertido en un gran amigo, me propuso ser acólito. Ese gesto marcó un antes y un después en mi vida: por primera vez sentí que estaba sirviendo a Cristo no solo con el corazón, sino también con mis manos.
A lo largo de estos años ha habido varios momentos que han dejado huella en mi camino espiritual, pero si tuviera que elegir uno especialmente significativo, sería mi peregrinación a Lourdes con la Hospitalidad de Segovia. Allí descubrí una realidad que me sobrecogió: la fragilidad y, a la vez, la inmensa fortaleza de tantas personas enfermas. Ver su fe, su esperanza y su manera de afrontar el sufrimiento me tocó profundamente. Lourdes me ayudó a comprender que la fe no es solo algo que se vive por dentro, sino también algo que se entrega a los demás.
Mi proceso de ingreso oficial en la Iglesia Católica fue pausado, pensado y, sobre todo, muy meditado. Primero tuve una reunión con el obispo, don Jesús acompañado de mi actual párroco y amigo Francisco Jimeno para expresarle mi deseo de incorporarme plenamente a la Iglesia.
Más adelante realicé la profesión de fe con el Credo Niceno-constantinopolitano y acepté al Papa como cabeza de la Iglesia. La última etapa fue mi presentación a la comunidad en una Eucaristía presidida por el Obispo. Aquel día, que viví con una emoción que aún hoy me hace llorar al recordarlo, sentí que comenzaba una nueva etapa: no un final, sino un principio.
Hoy vivo mi fe en la parroquia de San Lorenzo, donde trato de ser comprometido, servicial y fiel. Espero seguir creciendo, aprendiendo y dando lo mejor de mí, siempre con la mirada puesta en Cristo. Si tuviera que elegir un versículo que me acompañe, sería: «Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15), porque expresa lo que deseo para mi vida: anunciar la fe con humildad, alegría y entrega.







