El brindis de la Esperanza

Testimonios

Águeda Rey

Empieza el día y lo primero que hago es ofrecérselo todo a Dios: las alegrías, las penas, dolores y sufrimientos y también las humillaciones. Hago mi particular brindis por la «faena» que comienza. Ahora ya estoy lista para arrancar con el ritual diario de dos horas y media que dedica mi marido a dejarme perfecta para salir de casa.

Ese brindis -el ofrecimiento de obras- me permite unir todo lo que me acontece a Dios. Y lo hago porque sé que con Él todo será llevadero, no huiré de las contrariedades y Él lo transformará todo para dar frutos increíbles, entre los que está el Cielo para mí; pero no solo, porque los beneficios de esa ofrenda trascienden mi pequeño mundo. También lo hago porque creo que mi vida ofrecida puede reparar algo del sufrimiento que padeció Jesús para rescatarme. Lo hago porque tengo fe y esperanza.

Eso de no huir de las contrariedades, de sufrir por un bien que se espera, ha venido como un rayo a mi corazón cuando le he oído decir a una ministra que el Gobierno debe poner ludotecas donde poder aparcar a los hijos para ir a tomar unas cervezas con las amigas, que es un derecho de toda mujer.

Lo uno y lo otro me han parecido irreconciliables. Y entonces he recordado lo que le oí decir a Jesús en el Evangelio de una Misa de mayo: «En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero en cuanto da a luz al niño ni se acuerda del apuro por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.» (Jn 16, 20-21)

Qué mensajes tan opuestos el de Jesús y el de la ministra; mientras ella quiere evitar a las mujeres toda contrariedad de la vida y facilitar el ocio al que tenemos derecho, aunque para ejercer ese derecho haya que esconder un rato a quien ha venido a «esclavizarnos» -todo dicho con la que pienso es la óptica de esa ministra-; Jesús, por el contrario, valora el esfuerzo de la madre por su hijo y ni se plantea el ocio al que tiene derecho, porque queda eclipsado por la grandeza del nacimiento de un nuevo hombre para el mundo, lo que es en sí mismo una gran esperanza, un mar de oportunidades de sembrar amor en un mundo herido.

No es lo mismo el sufrimiento, las contrariedades, con esperanza que sin ella. Esto, que es de perogrullo, para muchos no interesa. Como no se espera nada, porque no se cree en nada, mucho menos en Dios, sólo se vive el momento. Y en el momento no encaja el sufrimiento -ni tampoco el renunciar a las cervecitas-. Por tanto, al sufrimiento no se le encuentra sentido, se sortea con tal de seguir contento, aunque se te ponga cara de tonto.

Me parece que la ministra es de los que se jactan de no creer en Dios, creyéndose así más maduros, más avanzados. Y lo que ocurre es que se cierran a la esperanza, a lo bueno que vendrá, que siempre viene; sin esperanza sufrir se vuelve insufrible y hasta un hijo se vuelve insoportable.

El que cree en Dios, sin embargo, sabe que un hijo es una bendición y bien merece todos los sufrimientos y contrariedades que implica; no lo cambiaría por nada, ni siquiera por cualquiera de los cientos de razones más honrosas que la cervecita con las amigas.

Hay quienes no creyendo en Dios también saben esto, pero no sé cómo andarán de esperanza cuando el sufrimiento es humanamente difícil.

Pero el que cree en Jesús y en la Resurrección puede unirse a Él en su sufrimiento redentor, dando así sentido a todo lo que le acontece, bueno, malo y malísimo. Y lo hace porque tiene esperanza en que esa unión abre el Cielo y da la Vida eterna.

El mundo ríe y está alegre porque está anestesiado con tanta cerveza -no tengo nada en contra de la cerveza, aunque yo la prefiero con limón-, pero por dentro tiene miedo por el sufrimiento que inevitablemente llegará y no sabe cómo afrontar. El que tiene la esperanza del Cielo está triste porque afronta todos los males que le acechan, pero lo hace con la esperanza de llegar a ese Cielo donde no habrá ya tristeza. Su tristeza es pasajera.

Los frutos de unir la vida a Dios en cada brindis van mucho más allá de tu pequeño mundo, de que se abra el Cielo para ti; la bendición y la gracia alcanzan a toda la Iglesia y al mundo entero, son universales y eternas, porque la Redención de Cristo lo es.

Me sonrío ante el hecho de que el sufrimiento, que es la consecuencia del pecado original, ha sido transformado por Jesús en la llave del Cielo. Qué maravilla, qué gran genialidad poder convertir en Redención la obra del maligno.