Santa María Goretti

Catequesis

Francisco Draco Lizárraga

María Teresa Goretti nació el 16 de octubre de 1890 en Corinaldo, en la provincia de Ancona, Italia. Era hija de Luigi Goretti y Assunta Carlini, dos humildes campesinos, siendo la tercera de siete hermanos. Pese a su pobreza en bienes materiales, su familia era sumamente devota y rica en virtudes, cultivando la Fe mediante la oración en común, el rezo del Santo Rosario, la asistencia a la Santa Misa y la Comunión frecuente. Al día siguiente de su nacimiento, fue bautizada y consagrada a la Santísima Virgen.

Para cuando la niña tenía cinco años, la situación económica de los Goretti empeoró tanto que don Luigi se vio forzado a malbaratar su granja y a labrar tierras de terceros. En 1896, la familia se mudó a Colle Gianturco, un poblado distante de Roma unos 80 km; hacia ésa misma época, María recibió el sacramento de la Confirmación. En 1899, nuevamente se mudaron, ahora a Le Ferriere di Conca, donde la familia se puso al servicio del conde Mazzoleni. Durante todo éste tiempo, María mostró una gran prudencia e inteligencia madurez bastante precoz ya que jamás se encaprichó por las constantes mudanzas, ni tampoco se portó desobediente o incurrió en mentiras.

En aquel entonces, los campos agrícolas de la provincia de Lazio eran aún lugares insalubres; aunado a esto, las extenuantes jornadas de trabajo que hacía don Luigi provocaron que en 1900 enfermase de malaria. Luego de padecer 10 días, el señor Goretti falleció. Ante esto, doña Assunta tuvo que trabajar arduamente, dejando la casa bajo el cuidado de los hermanos mayores. Durante éste tiempo, María lloraba mucho por la muerte de su padre, aprovechando cualquier ocasión para rezar por su eterno descanso arrodillada frente al sepulcro. Por otra parte, la casa que el conde Mazzoleni les prestó la tuvieron que compartir con otra familia, los Serennelli, quienes vivían en un apartamento separado pero compartían la cocina con los Goretti.

Debido a que ella era de las hermanas mayores, el trabajo de la casa le era muy demandante; sin embargo, jamás descuidó su vida de oración y siguió asistiendo asiduamente a las catequesis en la parroquia local. Siempre llevaba un rosario enrollado alrededor de su muñeca, y en cuanto tenía oportunidad rezaba alguno de los misterios. Por otra parte, cultivaba la contemplación al crucifijo, que la nutría de un intenso amor a Dios y la hacía horrorizarse profundamente del pecado.

Uno de sus grande anhelos desde una muy tierna edad era la de recibir la Sagrada Comunión, pero en aquella época era costumbre recibirla hasta los 11 años de edad. Poco después de alcanzar esta edad, María preguntó a su madre si ya podía organizar su Primera Comunión, pero doña Assunta le contestó que esto no era posible ya que aún le faltaba conocer más el catecismo, no sabía leer y no tenían el dinero para comprarle un vestido. Muy triste, la niña le contestó: “¡Pues nunca podré tomar la Comunión, mamá! ¡Yo no puedo estar sin Jesús!”. Entonces, ella y su hija buscaron el apoyo de sus vecinos y del sacerdote local para prepararla y juntar lo necesario para la celebración. Con la ayuda del cura, recibió la catequesis necesaria para recibir la Santa Eucaristía y los bienhechores del pueblo juntaron entre todos la ropa adecuada para recibir la Primera Comunión. Gracias a todo esto, pudo recibir por primera vez el Santísimo Sacramento el 29 de mayo de 1902.

En las semanas que siguieron a esto, María comenzó a asistir a la Santa Misa casi diario, y con la comunión constante se acrecentó en ella el amor por la pureza y tomó la determinación de conservar ésa gran virtud a toda costa. Un día, luego de escuchar un intercambio de palabras deshonestas entre un muchacho y una de sus compañeras de trabajo doméstico, con indignación le dijo a su madre que preferiría morir antes que tomar parte de ésas conversaciones. Fue éste mismo pudor y amor por la pureza lo que la llevó a su martirio algunas semanas después de éste episodio.

Los Serennelli eran una familia muy diferente a los Goretti; el padre de ellos, Giovanni, era un hombre bebedor, carente de discreción en sus palabras y poco entregado a las cosas de Dios. Su hijo, Alessandro, de 20 años, era muy rebelde y poseía un carácter violento. Después de la muerte de don Luigi, los Serennelli habían tratado con despotismo a sus vecinos, lo cual se agravaba más porque doña Assunta salía a trabajar diario junto a su hijo mayor, Angelo. A causa de esto, María era quien servía lo mejor que podía a sus hermanos y soportaba con paciencia los malos tratos de sus vecinos. Su madre, se entristecía mucho por esto, pero su hija contestaba: “Ánimo, mamá, no tengas miedo, que ya nos hacemos mayores. Basta con que el Señor nos conceda salud. La Providencia nos ayudará. ¡Luchamos y seguiremos luchando!”. Pese a esto, rezaba por la conversión de su vecinos.

Uno de esos días, Alessandro comenzó a hacer proposiciones indecorosas a María, quien en un inicio no las entendía, pero eventualmente intuyó de lo que se trataban. Ella las rechazó tajantemente, pero temía por sus hermanos más pequeños ya que el joven amenazaba con matarlos a todos ellos si decía algo al respecto; le pedía a su madre que no los dejara solos en la casa, aunque no le clarificaba la causa de su temor. Sólo encontraba consuelo en la oración. En la víspera de su muerte, María pidió llorando a su madre que no se fuera de la casa, pero como no explicó la razón de su angustia, doña Assunta lo consideró un capricho.

El 5 de julio de 1902, hacia las tres de la tarde, María se encontraba sola en su casa cosiendo una camisa de Alessandro y cuidando a su hermana más pequeña, Teresa. Su joven vecino estaba trillando habas, pero sabiendo que la niña estaría sola, regresó a los apartamentos para continuar con sus asechanzas. Cuando llegó a la casa, entró a la sala de los Goretti y ordenó a su vecina que lo siguiera. Ella se negó a seguirlo si no le explicaba algo al respecto. Ante esto, Alessandro tomó violentamente a la niña y la arrastró hasta la cocina, donde la amordazó, intentó violarla y la amenazó de muerte si no se sometía.

María, que forcejeaba contra su agresor, logró quitarse la mordaza y le gritó: “¡No hagas eso! Es pecado mortal…Irás al infierno si lo haces”. Entonces Alessandro trató de arrancarle la ropa, pero como María comenzaba a hacer mucho escándalo, tomó un cuchillo y la apuñaló repetidas veces. Catorce cuchilladas recibió la niña, luego de lo cual quedó inconsciente. El agresor huyó creyéndola muerta, pero entonces entró el señor Serennelli, a quien María pidió que la auxiliase luego de recobrar el conocimiento; él advirtió a doña Assunta y a sus demás vecinos. Estos aprehendieron al joven, y fue gracias a los guardias del conde que no le dieron muerte en ese momento.

Cuando llegó al hospital, los médicos se sorprendieron que María no estuviese muerta para ése instante ya que las puñaladas atravesaron parte del corazón, el pulmón izquierdo y los intestinos. Al ver que no tenía remedio, llamaron al cura; la niña hizo confesión general y recibió la Extremaunción. Durante dos horas, agonizó y elevó sus sufrimientos a Nuestra Señora de los Dolores. Su madre estaba a la cabecera de la cama; pese a que sabía que moriría, María le preguntaba por sus hermanos. Cuando ya estaba cerca de expirar, el sacerdote, que la asistía paternalmente, antes de darle la Comunión le preguntó: “María, ¿Perdonas de todo corazón a tu asesino?”. Ella contestó: “Sí, lo perdono por el amor de Jesús, y quiero que él también venga conmigo al Paraíso. Quiero que esté a mi lado…Que Dios lo perdone porque yo lo he perdonado”. Después de un breve silencio, sólo dijo “Papá” y partió hacia la Gloria eterna. Tenía 12 años. Fue beatificada el 27 de abril de 1947 por el papa Pío XII, quien también la canonizó tres años después y la llamó “la Santa Inés del siglo XX”. Su madre estuvo presente en estas dos misas.

Francisco Draco Lizárraga