Catequesis

San Antonio de Padua

Antonio de Padua, cuyo nombre de nacimiento era Fernando Martins, nació el 15 de agosto de 1195 en el barrio de Alfama, Lisboa, Portugal. Era hijo de una familia aristocrática, siendo sus progenitores el caballero Vicente Martins y doña Teresa Pais Taveira.

Desde muy temprana edad fue enviado para ser educado en la escuela catedralicia local, y alos 15 años, en 1210, pese a la oposición de sus padres, ingresó al noviciado en la abadía agustina de San Vicente de Fora, en las afueras de Lisboa. Allí recibió formación filosófica y religiosa por parte del prior, quien pronto se percató la aguda inteligencia y elocuencia de Fernando; sin embargo, como sus padres y familiares no querían que se integrase permanente en una orden religiosa, lo visitaban frecuentemente e intentaban disuadirlo, distrayéndolo mucho de sus estudios. A causa de esto, en 1212 el joven pidió al prior que lo transfirieran a la casa madre de los agustinos en Portugal, el monasterio de la Santa Cruz, en Coímbra, que en ése entonces era la capital de éste país. Siguiendo los consejos de su superior, renunció a su cuantiosa herencia a fin de que su familia lo dejase de presionar. Con esto, sus padres respetaron su decisión.

En el monasterio de la Santa Cruz, Fernando tuvo acceso a una vasta biblioteca que le permitió profundizar en sus estudios de filosofía y teología. Asimismo, se familiarizó con los trabajos de la escuela teológica de la abadía de San Víctor, uno de los precedentes directos de la Universidad de París, gracias a que muchos instructores del monasterio habían estudiado allá. Gracias a esto, el joven adquirió una formación intelectual muy sólida y se volvió un gran conocedor de las Escrituras. En 1214, con 19 años, Fernando fue ordenado sacerdote y ostiario mayor del monasterio. No obstante, no todo fue tranquilidad para él ya que en ése tiempo hubo una desavenencia entre el papa Inocencio III y el rey Alfonso II de Portugal, misma que tuvo como resultado la excomunión de los clérigos que se pusieron del lado del monarca, como lo fue el prior del monasterio.

Hacia ésa misma época, en el año 1219 la naciente Orden franciscana llegó al Portugal a través de unos frailes que fundaron una pequeña ermita fuera de Coímbra, dedicada a San Antonio Abad. Fernando pronto se sintió atraído por el estilo de vida fraterno, simple y fiel al Evangelio de esta comunidad, además de que el santo patrono de la ermita pronto se volvió una de sus mayores inspiraciones. Por otra parte, en los primeros meses del 1220 llegaron noticias desde Marruecos sobre el martirio de cinco franciscanos en Marrakech, quienes habían sido enviados directamente por San Francisco de Asís para evangelizar a los sarracenos. En la primavera de ése año, llegaron las reliquias de los protomártires de Marruecos a Coímbra, lo cual dejó una fuerte impresión en Fernando ya que él los había conocido personalmente durante su paso por el monasterio de la Santa Cruz. Ante todo esto, en el joven pronto entró el deseo de que Dios le permitiese continuar la tarea de estos mártires sin importar si esto lo llevaría a la gracia del martirio, y luego de mucho orar y reflexionar, decidió que se retiraría de la Orden agustina y se uniría a los franciscanos.

En el verano del 1220, el joven pidió a sus superiores para separarse de los agustinos y unirse a la comunidad franciscana, mismo que le fue concedido sin ninguna dificultad. Su admisión a la nueva Orden fue expedita y fray Juan Parenti, provincial de la congregación en la península Ibérica, presidió la sencilla ceremonia de toma de hábito, en la cual Fernando cambió su nombre por el de Antonio, en honor a San Antonio Abad.

Después de un corto pero intenso noviciado, en otoño de ése año Antonio y otro franciscano emprendieron el viaje hacia Marruecos, pero al desembarcar en Tánger, el novel fraile cayó gravemente enfermo de malaria. Por consejo de su compañero, Antonio regresó a Portugal para recuperarse, pero la nave en la que viajaba fue arrastrada por fuertes vientos hasta Sicilia, donde pasó su período de convalecencia en el pueblo de Milazzo. Si bien sanó de la malaria, quedó con fuertes secuelas que le impidieron reemprender su labor misionera en el Magreb. El 30 de mayo de 1221, asistió al capítulo general de la Orden en Asís, presidido por San Francisco. Ahí conoció en persona al santo, y pese a que la presencia del joven pasó mayormente inadvertida, se puso a disposición de fray Gracián, quien era el provincial de Romaña –que abarcaba todo el Norte de Italia–.

Antonio pasó un año en el eremitorio de Montepaolo, cerca de Forlí, bajo indicaciones del provincial de que sanase totalmente antes de encomendarle una labor específica. A mediados del 1222, el joven fraile predicó en la catedral de Forlí en una misa de ordenación de franciscanos y dominicos, en la cual se pensaba que sería un reputado orador de esta última Orden quien daría la homilía. Haciendo gala de su preparación, Antonio dio un sermón brillante pese a no haberlo preparado con anticipación. Muy impresionado, fray Gracián lo nombró predicador para toda su provincia, y de inmediato Antonio partió a su labor. Desde septiembre de ése año hasta noviembre del 1223, el franciscano recorrió todo el Norte de Italia, predicando contra las herejías cátaras, muy extendidas en la región.

Su labor catequética culminó en Rímini, puerto en el cual pasó envuelto en discusiones públicas con herejes durante meses, pero al final salió airoso gracias a sus vastísimos conocimientos sobre la Escritura, su devoción personal, su elocuencia y su gran dote de persuasión. Ante esto, San Francisco lo mandó llamar y le concedió permiso para que fuese el primer catedrático de su Orden en la prestigiosa Universidad de Bolonia, donde fue profesor por un breve tiempo para los frailes del convento de Santa María.

En otoño del 1224, Antonio se mudó a Montpellier atendiendo al llamado del papa Honorio III, quien pidió que se trasladasen al Sur de Francia los predicadores más doctos y fervorosos para atajar la expansión de las herejías albigenses y valdenses. Su método para contrarrestar estas falsas doctrinas fue a través de charlas cordiales con los no creyentes, llevar una vida ejemplar, y fortalecer la Fe de los cristianos mediante una buena catequesis. También predicó en Tolosa, fue guardián del convento de Le-Puy-en-Velay y, después del capítulo de la Orden en Arles en 1225, custodio de Limoges.

A finales de 1225 participó en el sínodo de Bourges, donde se evaluó la situación eclesial de la región. Ahí abogó por la austeridad entre los prelados, impulsando una fuerte reforma a las costumbres. En octubre del 1226, partió de urgencia a Asís con la muerte de San Francisco, participando en la elección del nuevo superior general. Se eligió a fray Juan Parenti, su antiguo mentor. Gracias a esto, lo nombró provincial de Romaña, predicando con gran intensidad en todas sus ciudades. Una de las ciudades donde más predicó fue en Padua, donde es recordado por sus clamorosos sermones de Cuaresma en el 1230.

Muy exhausto por su ardua labor y por las secuelas de la malaria, en el capítulo general de la Orden de mayo del 1230 pidió ser relevado de su cargo. Su renuncia fue aceptada, pero bajo condición de presentarse al papa Gregorio IX para revisar aspectos de la regla franciscana que le causaban dudas. Con sus predicaciones, se ganó la admiración del Pontífice. Después, partió nuevamente a Padua, pero con el encargo del cardenal Reinaldo dei Segni que escribiese sermones para las fiestas litúrgicas del año. Predicó hasta la Semana Santa del 1231, estando abarrotadas todas las misas que celebraba en la modesta capilla de Santa María Extramuros. Con sus fuerzas muy minadas, cayó enfermo durante la Pascua, y el 13 de junio de ése año partió a la Patria celestial. Tenía 35 años.

Como lo admiraba mucho y estaba convencido de su santidad, el papa Gregorio IX lo canonizó el 30 de mayo de 1232.

Francisco Draco Lizárraga

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