Catequesis

Un Dios sin importancia

Mis alumnos me plantean, para terminar el curso, alguna pregunta en general. Y la que parece repetirse siempre, como si tuviera mucha sabiduría e inteligencia detrás, por no decir que es la que ha hecho más daño, es qué relación tiene Dios con el mal, porque parece que lo permite, lo tolera.

A mi entender, esta pregunta tiene muy poco de cristiana. De hecho, cualquiera sabe que viene de antes. Es la objeción que un filósofo griego posterior a Sócrates escribe en una carta invitando a un joven a vivir según el placer. En aquel escrito, de una u otra manera, se deja de hablar del bien y del mal y se cambian estas experiencias por el placer y el sufrimiento. Lo que aquel hombre de vida holgada y cómoda defendía que era la mejor vida posible era, ni más ni menos, que existir disfrutando y buscando todos los placeres posibles y huyendo cuanto se pueda del sufrimiento y del dolor. Es de aquí, y no de otro sitio, de donde viene la pregunta.

Lo de Job no tiene nada que ver. A Job le atendemos menos. Sin embargo, la oposición entre Dios y el mal sigue correteando entre escándalos.

Si la vida fuera lo que Epicuro dice, mis alumnos no se levantarían para estudiar como lo hacen, ni se esforzarían como lo hacen para buscar lo mejor. Es cierto que tengo alumnos buenos, bastante comprometidos. Aunque cabe desear algo más. Ellos estudian porque los sufrimientos de su vida van teniendo sentido, van siendo aceptados e integrados por algo mayor que ellos. Y su capacidad de estudio y de sacrificio niega que tengan tanta fuerza como en otros jóvenes ocurre, que en cuanto toca dedicar más tiempo o poner a prueba su capacidad, entonces abandonan y hacen como si no ocurriera nada o no fuera para tanto.

En clase, dicho sea de paso, hemos terminado hablando de la pereza. Es un mal al que no le damos la importancia que tiene. En el ocio y la diversión parece ir a parar una multitud entera, en busca de sentido para su vida, que no siempre sabe qué quiere hace con su vida.

Sigo donde antes. Lo sorprendente, en lo que muchos no reparan, es que el cristianismo es siglos posterior a Epicuro. Es más, en lo que otros tantos no reparan, es que el cristianismo no es un “teísmo”, mucho menos un “deísmo”, y no rigen siempre las verdades por las que determinadas filosofías dicen guiarse. El cristianismo es, sorprendentemente, una revelación de Dios que, en la plenitud y singularidad de la humanidad de Cristo, adquiere plenitud. Esa misma plenitud que el Espíritu se encarga de recordar, defender y acompañar en el corazón de cada persona dentro de la historia de la salvación. El cristianismo no es una respuesta teórica, sino Vida que se da a conocer y se entrega.

¿Y qué dice el Dios cristiano del mal? Pues dice, ni más ni menos, que no tendrá la última palabra, que el Bien triunfará, que se Reparará y Restaurará definitivamente la vida. Y que, en el ajetreo de esta existencia humana que es la nuestra, el amor hasta el extremo es posible y es, además, el único Bien al que las personas pueden agarrarse para enfrentar con cierto sentido tanto mal, tanto sinsentido, tanta injusticia como hay repartida.

No se queda ahí. Lo que dice, en última instancia, es que el mal es acogido por Dios con su sufrimiento hasta la Cruz (nada de teoría, nada de pensamiento, nada de reflexión para un post o libro) y que en la Cruz, el Dios que Es, no es destruido por el mal sino que sigue siendo y por eso puede Amar, en el perdón y la misericordia a la humanidad y en la obediencia confiada y esperanzada en Dios. Es decir, que el amor a Dios y al prójimo es la única respuesta que el mal debería tener.

¿De qué lado está Dios? Siendo amor, no hay duda: del lado de quien sufre y busca amor, necesita justicia y paz. ¡No hay duda! No solo no hay contradicción, sino que la contradicción ha sido negada por Dios en la Pascua.

José Fernando Juan @josefer_juan

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