Catequesis

San Cristóbal de Magallanes

Cristóbal Magallanes Jara nació el 30 de julio de 1869 en el rancho de San Rafael, dentro del municipio de Totatiche, Jalisco, México. Era hijo de Rafael Magallanes Romero y María Clara Jara Sánchez, un humilde matrimonio de campesinos, y durante su infancia y adolescencia ayudó a su padre en las faenas del campo, particularmente pastoreando ovejas y cabras. Su familia era muy entregada a las cosas de Dios, razón por la cual Cristóbal desde muy pequeño tomó una fuerte devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a Nuestra Señora del Rosario.

Al cumplir 19 años de edad, el joven jalisciense sintió el llamado de Dios al sacerdocio y sin mucho dudar entró al Seminario Conciliar de Guadalajara, el segundo más grande e importante de México. Cristóbal siempre destacó por su honradez, piedad y dedicación, siendo un alumno modelo para todos los seminaristas. Gracias a esto, pudo ser ordenado sacerdote el 17 de septiembre de 1899, con 30 años de edad.

Debido a su conducta intachable y excelente disposición para atender a los fieles, el padre Cristóbal fue nombrado capellán y subdirector de la Escuela de Artes y Oficios del Espíritu Santo en Guadalajara. Luego de casi 10 años en esta institución, el padre Magallanes fue enviado a su pueblo natal para que sirviese como párroco del lugar; desde su llegada, su pulcritud, entrega pastoral e intensa labor social lo distinguieron. Fundó varias escuelas de educación básica, además de que enseñó carpintería a muchos pobladores de la zona y se involucró activamente en la construcción de la presa de La Candelaria, con la cual benefició a docenas de familias campesinas. También trabajó fuertemente en la evangelización de los indígenas huicholes, los cuales habían quedado muy marginados por la sociedad mexicana luego de las guerras civiles del siglo XIX.

Gracias a su testimonio, muchos jóvenes de Totatiche y poblados aledaños sintieron algunas inquietudes vocacionales; sin embargo, con el estallido de la Revolución mexicana en 1910, y con el golpe de Estado del general Victoriano Huerta en 1914, el Gobierno ordenó el cierre del seminario de Guadalajara ése mismo año. Ante esto, en 1915 el padre Cristóbal pidió permiso a la Arquidiócesis de Guadalajara para establecer, clandestinamente, en su parroquia un seminario auxiliar a fin de atender a las futuras vocaciones sacerdotales. El arzobispo, monseñor Francisco Orozco y Jiménez, consintió esto, y un año más tarde ya había 17 seminaristas bajo el cuidado del padre Magallanes. Para atender mejor a los jóvenes, monseñor Orozco le envió un prefecto y dos profesores para auxiliarlo en sus labores de formador de futuros sacerdotes.

Con el apaciguamiento de la violencia en 1921, el padre Cristóbal pudo regularizar el funcionamiento de su seminario auxiliar, y al mismo tiempo fundó la Banda Musical Municipal de Totatiche. Los siguientes cinco años fueron relativamente tranquilos para el párroco, empero, la publicación de la Ley de Tolerancia de Cultos impulsada por el nuevo presidente, el general Plutarco Elías Calles, el 14 de junio de 1926, trajo gran malestar a la Iglesia en México debido a su carácter fuertemente anticlerical. Esto desembocó en que el 1 de agosto de 1926, los obispos mexicanos, con la anuencia del Papa Pío XI, ordenaran la suspensión del culto público en protesta a las medidas del Gobierno. El pueblo lo recibió muy mal, y pronto muchos fieles se levantaron en armas a favor de su libertad religiosa, a los que se les denominó como cristeros. El padre Magallanes, por su parte, reprobó que se recurriese a la violencia, y publicó un artículo en un periódico en el que enunció: “La religión ni se propagó, ni se ha de conservar por medio de las armas. Ni Jesucristo, ni los apóstoles, ni la Iglesia han empleado la violencia para éste fin. Las armas de la Iglesia son el convencimiento y la persuasión por medio de la Palabra”.

En la mañana del 21 de mayo de 1927, mientras el párroco se dirigía a un poblado en compañía de su vicario, el padre Agustín Caloca, para celebrar una fiesta en memoria a Santa Rita en un rancho cercano a Totatiche, se produjo una balacera entre un grupo de cristeros y soldados del Gobierno federal. Los dos presbíteros se ocultaron en el monte hasta que ya no se escucharon balazos, pero cuando reanudaron su camino fueron aprehendidos por los militares que pasaban por ése mismo tramo ya que creyeron que eran parte de los insurrectos. El padre Cristóbal negó rotundamente esto y hasta mencionó sobre la autoría de su artículo en el periódico de Totatiche; desafortunadamente, como el comandante de la brigada, el general Francisco Goñi, no era nativo de la zona, desconoció esto y los mandó a apresar.

Unas horas después, los dos sacerdotes fueron trasladados al palacio municipal de Colotlán, Jalisco, donde se les juzgó sumariamente bajo cargos de conspiración contra el Estado mexicano. Al no haber ninguna evidencia que los condenara, se decidió que fuesen ejecutados por el simple hecho de ser presbíteros. Cuatro días después, al golpe del alba, los dos sacerdotes fueron llevados al patio del ayuntamiento para ser fusilados. Al ver el terror en el semblante del padre Caloca, el padre Cristóbal le dijo: “Tranquilízate hijo, sólo un momento y estaremos en el cielo”. Se dieron mutuamente la absolución, distribuyeron sus bienes entre los soldados del pelotón, y antes de que los soldados disparasen, el padre Magallanes pidió permiso para decir: “Soy y muero inocente, perdono de corazón a los autores de mi muerte, y pido a Dios que mi sangre sirva para la paz de mis hermanos mexicanos”. Dicho esto, el teniente Enrique Medina, comandante del pelotón, ordenó a sus hombres que disparasen. Ambos presbíteros fallecieron a los pocos minutos; el padre Cristóbal tenía 58 años.

Los restos de ambos sacerdotes fueron exhumados unos años después, y se trasladaron a Totatiche, donde yacen en la parroquia del lugar. Fueron beatificados por el papa San Juan Pablo II en 1992, y el 21 de mayo del 2000 se les canonizó junto a otros 23 mártires de la Guerra cristera.

Reflexionemos, ¿Me involucro activamente en la caridad al prójimo?, ¿Promuevo las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa?, ¿Justifico el uso de la violencia para defender a la fe o proclamo la Palabra de Dios para convencer a la gente?, ¿Confío en las promesas Cristo para aquellos que son perseguidos por su causa?, ¿Soy capaz de perdonar a aquellos que me ofenden de las peores maneras?, ¿Sería de capaz de trabajar hasta el extremo por la paz que Cristo ha ofrecido al mundo? En esta memoria del santo pidamos su intercesión para que, a semejanza de él, logremos dar un testimonio valiente y en favor de la paz para mayor Gloria de Dios. Que así sea.

Francisco Draco Lizárraga Hernández.

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