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De cara al verano (1): El tiempo de reposo y sus enemigos

El verano es algo tan importante, que merece ser preparado con antelación. Por eso me lanzo a escribir estas líneas; por esto y porque, aquí en el norte de la península, hay quien ha entrado ya en el periodo de vacaciones. En realidad, voy a dedicar dos entradas a esta cuestión: la primera un poco más general, la segunda entrando a consideraciones quizá más concretas.

Leía hace poco un libro de P. Florenski, quizá el último pensador que ha logrado una sabiduría universal, como la de los antiguos, pues se movía a sus anchas en campos tan dispares como la teología y las matemáticas, la filosofía y las ciencias naturales. Discutía ese autor en qué consiste la felicidad que Dios nos ha prometido, y concluía que es lo contario de una inquietud que devora interiormente al ser humano, una inquietud espiritual que mucha gente —al menos en el plano psicológico— experimenta hoy en día. La felicidad sería lo contrario: el reposo, el sereno descansar de uno mismo en Dios. De hecho, algo así es lo que Jesús prometió a sus discípulos durante su última cena: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,27). Y, en realidad, es algo que está presente en la Escritura desde mucho antes, como en el Salmo quizá más escuchado por cualquier cristiano: «El Señor es mi pastor, nada me falta: / en verdes praderas me hace recostar; / me conduce hacia fuentes tranquilas / y repara mis fuerzas» (Sal 23,1-3). El Señor se presenta como un pastor que nos conduce a un lugar de reposo: unos verdes prados, una fuente tranquila, un rincón de tranquilidad y frescor (algo que, para alguien que vive en el desierto como el pueblo de Israel, tiene un atractivo indudable). Ahora bien, aunque la imagen hace referencia a un lugar, no hay que perder de vista que ese reposo es símbolo de una felicidad que tiene que ver, más bien, con un estado del corazón. Así pues, la felicidad que Dios nos promete consistiría en un estado de reposo que el corazón puede recibir —aquí vuelvo a Florenski— si se abre a Dios y cuida su integridad. El corazón está en paz, puede reposar en sí mismo, porque se sabe amado por Dios y vive de modo conforme a su llamada más propia.

¿A qué viene todo esto? A que nos acercamos a un momento del año que se caracteriza precisamente por el reposo. Los estudiantes disfrutan de hasta tres meses —¡o más!— de vacaciones, y los menos afortunados contarán al menos con unas semanas. Lo que no está tan claro es que este tiempo de vacatio (en latín, desocupación) vaya a ser un tiempo de reposo, de paz, como un adelanto del Cielo. Lo será, si se convierte en un remanso en nuestra vida, a menudo demasiado ajetreada; un remanso donde la corriente de la vida detenga su curso y nos permita gozarnos de todo el bien que hemos recibido o hemos realizado a lo largo del año. Pero no lo será…

En realidad, me parece que puede no serlo de dos modos muy distintos. No lo será, primero, si el verano se caracteriza por una sobresaturación de experiencias: planes, eventos, deportes y actividades varias, viajes… Un no parar que, más que una fuente tranquila, recuerda a una cascada o a un torrente de montaña. El agua no se remansa, la vida no para en absoluto, y entonces se hace imposible saber lo que he sido en este año… o plantearme lo que quiero ser en el porvenir. Que esto es una tentación real, lo demuestra un sencillo paseo por cualquier red social durante el mes de agosto: miles de fotos en infinidad de parajes, fiestas, deportes (de aventura), movidas y comidas…

Pero no es ese el único modo de evitar que el verano se convierta en un tiempo de reposo. Tan perniciosa como la sobresaturación de experiencias es la aniquilación por vía de horizontalidad. Me refiero a esos veranos que consisten en una sucesión de días de nada, marcados por la postura horizontal. Días caracterizados por la no-actividad más absoluta y rigurosa. Movidos, como la musica leggerissima de Colapesce y Dimartino, por un «deseo de nada». Días de pasividad radical que alcanzan unas cotas nunca vistas de nihilismo. Como máximo, permanecen ligados a la consecución de fines exquisitamente mundanos (del tipo: estar bien – comer bien – pasarlo bien). Quizá alguno podría decir: ¿pero no se trataba precisamente de reposar, de lograr un remanso en nuestra vida frenética? Así es, pero el nihilismo de la horizontal no es ningún remanso; se parece, más bien, al riego a manta, en el que el agua se dispersa y desaparece en cuestión de minutos.

En el fondo, tanto el verano de la sobresaturación como el de la aniquilación comparten una marco común, que tiene que ver con el momento por el que está pasando occidente. El verano es un tiempo marcado, en cierto sentido por la libertad: nos encontramos libres de obligaciones para hacer lo que nos venga en gana. Y sin embargo, a la hora de pensar a qué nos vamos a dedicar, podemos acabar optando por la nada, o por las finalidades más banales, multiplicadas hasta la saturación. En eso se resume el momento actual: el siglo XXI tiene más facilidades que ningún otro (salud, comodidades, alimentación, transporte) y sin embargo no sabe aprovecharlas más que para fines mínimos, desde el mero sobrevivir que ha marcado los meses de covid, hasta la mundanidad del comer bien – vestir bien – pasarlo bien. Lo describió magníficamente uno de los grandes profetas del tiempo actual, F. Nietzsche, al proponer el tipo mínimo de ser humano. El alemán del generoso mostacho ha pasado a la historia (al menos, para los alumnos de Bachillerato) por su retrato del superhombre; sin embargo, con igual viveza describió a los últimos hombres. Y paradójicamente, su pensamiento ha desembocado en lo segundo, más que en lo primero. Espero tratarlo con más detalle en la próxima entrada, ofreciendo también una alternativa (para la vida y para el verano). De momento, y como para ir preparando la propia reflexión, os animo a echar un vistazo a nuestro último verano… y a nuestro último curso, ese que está a punto de terminar. Veamos del modo más descarnado posible qué llenó y qué ha llenado nuestros días, cuáles fueron y cuáles han sido nuestras ocupaciones (y sobre todo nuestras preocupaciones). Con eso en mente, podremos mirarnos en el espejo que describió Nietzsche y seremos capaces de mirar adelante con mayor intensidad… y con una libertad también mayor.

Lucas Buch

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