Catequesis

San Damián de Molokai

Jozef de Veuster nació el 3 de enero de 1840, en Tremelo, provincia de Brabante, Bélgica. Era el hijo más joven del matrimonio de Joannes de Veuster, un comerciante flamenco, y Anne Catherine Wouters. Sus dos hermanas mayores entraron la vida religiosa, mientras que su hermano varón con más edad, Auguste, se unió a la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Desde muy pequeño, Jozef mostró gran habilidad para hacer cosas manuales, y también poseía una fuerza física muy notoria. Cuando tenía 8 años, acompañó a una de sus hermanas para vivir como ermitaños en un bosque cercano y tener un encuentro con Dios. Al notar la desaparición de sus dos hijos, los padres padecieron un gran susto, pero gracias a unos buenos campesinos que encontraron a los infantes, pronto regresaron a casa. Después de una fuerte reprimenda, la señora de Veuster comenzó a presentir que Jozef se inclinaría por la vida religiosa.

A los 13 años, Jozef tuvo que abandonar la escuela para apoyar a su padre en la granja familiar a causa de problemas económicos. Durante éste período, mejoró muchísimo sus habilidades manuales y potenció aún más su fuerza, aprendiendo muchas técnicas de agricultura, carpintería y construcción. Luego de cinco años, su padre envió a Jozef a Bruselas para que se matriculase en una escuela comercial; no obstante, fue blanco de burlas de muchos de sus compañeros debido a su fuerte acento campesino. Primero pidió a Dios que le diese paciencia para no exasperarse con sus colegas, pero un día que las burlas llegaron a extremos, Jozef tomó de los hombros a uno de sus peores burladores y con él derribó a otros cuatro. Desde entonces se ganó el respeto de todos, y eventualmente su simpatía al ser tan amable y trabajador.

Su vocación religiosa no tardó en germinar, y a los 20 años solicitó a sus padres que le permitiesen ingresar a la Congregación de los Sagrados Corazones. Su madre, recordando aquella huida al bosque, convenció al señor de Veuster que le concediera ése permiso. Su hermano mayor, el padre Augusto, lo recomendó para que ingresase en el noviciado de la Congregación en Lovaina. Como su formación académica era raquítica, los superiores dudaron si era buen candidato al sacerdocio; sin embargo, pronto se percataron que era muy inteligente, y con la ayuda de su hermano Augusto, rápidamente aprendió latín. Con esto, además de su gran destreza con las obras manuales, se le permitió hacer su profesión religiosa el 6 de octubre de 1860. A partir de entonces, Jozef tomó el nombre religioso de Damián, en honor al mártir y médico del siglo IV.

Gracias al carisma misionero de la Congregación, el joven religioso pronto se interesó por evangelizar a los nativos de las islas del Pacífico. Se hizo muy devoto a San Francisco Xavier, a quien repetía esta plegaria: “Por favor, alcánzame de Dios la gracia de ser misionero como tú”. Su petición fue concedida debido a que su hermano Augusto cayó enfermo días antes de zarpar hacia Hawái, y recomendó a sus superiores que el hermano Damián fuera en su lugar. Debido a que la misión en el archipiélago hawaiano estaba necesitada de gente fuerte y diestra con el trabajo físico, los padres de la Congregación coincidieron que el hermano Damián era un excelente candidato. De esta manera, en el otoño de 1863, el joven misionero zarpó desde Ostende hacia el lejano océano Pacífico.

El hermano Damián desembarcó en Honolulú el 19 de marzo de 1864, y fue ordenado sacerdote el 21 de mayo de ése mismo año en lo que hoy en día es la Catedral de Nuestra Señora de La Paz. De ahí, se le asignó misionar en Kohala, un poblado al norte de la isla de Hawái, la más grande del archipiélago. Las primeras noches pernoctó debajo de una palmera debido a que no había ninguna casa donde se alojase, además de que la mayoría de lugareños lo veían con desconfianza ya que casi todos eran protestantes. Con el apoyo de los escasos campesinos católicos que habitaban en la zona, el padre Damián construyó una modesta capilla a los pocos días de llegar. Ahí comenzó a catequizar y a celebrar los sacramentos, y después empezó a auxiliar a los enfermos, que en ése entonces había muchos debido a las enfermedades traídas por inmigrantes. Gracias a esto, pronto muchos protestantes se convirtieron a la fe católica.

En 1865, ante el preocupante incremento de lepra entre la población hawaiana, el Gobierno de la isla decretó que todos los que contrajeran esta enfermedad fueran enviados al condado de Kalawao, en la punta oriental de la isla de Molokai. Como la lepra era incurable, pronto éste lugar se convirtió en un infierno sin esperanza y lleno de dolor. Al poco tiempo, Molokai se llenó de alcoholismo y vicios ya que los internos así buscaban ahogar sus penas y el denigrante trato que recibían. Ante esto, el vicario apostólico de Hawái, monseñor Désiré Maigret, consideró necesario auxiliar a los leprosos ya que estaban siendo marginados terriblemente. Después de mucha oración, se decidió que los misioneros que partiesen a Molokai tenían que hacerlo voluntariamente. Cuatro sacerdotes se ofrecieron, entre ellos el padre Damián. Antes de partir, en una carta enviada a su hermano dijo: “Sé que voy a un perpetuo destierro, y que tarde o temprano me contagiaré de lepra. Pero ningún sacrificio es demasiado grande si se hace por Cristo”.

El 10 de mayo de 1873, el padre Damián y sus compañeros llegaron a la colonia de Kalawao. Los leprosos los recibieron con mucho entusiasmo, y de inmediato los religiosos se pusieron a su disposición al visitar a los agonizantes. El padre Damián no tardó en dedicarse en generar fuentes de trabajo para que los internos se distrajesen. También formó una banda de música y enseñó las principales reglas de higiene a fin de evitar complicaciones de la lepra. Con todo esto, la calidad de vida en Molokai mejoró muy rápido, bajando drásticamente los niveles de alcoholismo en tan sólo un año. No veía con asco a los enfermos, sino que él mismo curaba sus heridas, los abrazaba y hasta les fabricaba sus ataúdes.

Pronto la fama del padre Damián llegó a Europa, y muchos bienhechores le enviaron dinero e insumos. A causa de su contacto cercano con los leprosos, el Gobierno le prohibió que saliera de la isla o que se acercase. Para confesarse, tenía que acercarse a barcos que pasaban y, si había algún sacerdote, desde su lancha gritaba todos sus pecados. En diciembre de 1884, luego de quemarse con agua caliente y no sentir nada en su pie, el misionero cayó en cuenta que había contraído lepra. En cuanto se supo, llegaron muchos voluntarios a auxiliarlo en sus labores apostólicas. La enfermedad pronto se extendió por su cuerpo, pero jamás dejó de celebrar los sacramentos ni de catequizar, aunque su trabajo físico disminuyó. Finalmente, el 15 de abril de 1889, luego de hacer Confesión general y de recibir la Extremaunción unos días antes, el padre Damián partió a la Patria celestial. Tenía 49 años. Su cuerpo regresó a Bélgica en 1936 por petición del rey Leopoldo III, y fue canonizado el 11 de octubre del 2009 por el papa Benedicto XVI.

Francisco Draco Lizárraga Hernández

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