Catequesis

Santa Gema Galgani

Gema Galgani nació el 12 de marzo de 1878 en Capannori, en la provincia de Toscana, Italia. Era hija de un exitoso farmacéutico, Enrico Galgani, y fue la quinta entre ocho hermanos. Fue bautizada a los pocos días de nacida con el nombre de Gema Hipólita Pía, y cuando cumplió un mes toda su familia se trasladó a la cercana ciudad de Lucca, donde vivió el resto de su vida.

Desde una muy tierna edad Gema mostró signos de santidad. Un día que estaba de visita con su abuela, entró a una de las piezas de la casa donde había una bella imagen de la Santísima Virgen. Sin mucho cavilar, la niña se puso a orar de rodillas frente al ícono. Su abuela entró al cuarto, y al verla tan concentrada en la oración, llamó al tío de Gema para que viera la escena, quien le preguntó a su sobrina: “Gemita, ¿Qué estás haciendo?” A lo cual la niña replicó con seriedad: “Estoy rezando el Ave María. Salid que estoy en oración”. Tenía 4 años, y desde entonces la oración se convirtió en parte esencial de su vida.

Su madre, doña Aurelia de Galgani, contrajo tuberculosis en éste mismo período, y cuatro años después falleció. Los hermanos cuidaron de la niña, pero de su madre heredó lo que sería el mayor distintivo de su vida espiritual: el profundo amor al Cristo crucificado y la devoción a Nuestra Señora de los Dolores. Poco tiempo después, su amado hermano Gino, quien era seminarista, murió también a causa de tuberculosis. Su padre, temiendo por la salud de su hija y buscando proporcionarle una buena educación, la inscribió en un internado dirigido por las Hermanas Oblatas del Espíritu Santo. Ahí destacó en sus estudios de francés, aritmética y música, además de que recibió la catequesis necesaria para recibir su Primera Comunión un año después, el 17 de junio de 1887. Con la recepción de la Santa Eucaristía, su vocación se afianzó aún más y la llevó a decirle un día a monseñor Volpi, obispo de Lucca, que sentía un ardiente deseo de ayudar a Cristo a sobrellevar la Cruz.

Los años que siguieron fueron duros ya que ella contrajo una fuerte meningitis espinal a los 16 años que la tuvo postrada durante meses. Durante ése tiempo, ofreció sus padecimientos a Cristo y se volvió devota del Sagrado Corazón, además de que leyó vorazmente las biografías de Santa Margarita de Alacoque y San Gabriel de Nuestra Señora de los Dolores; fue por esta última obra que la joven, una noche que fue tentada por el Maligno, pudo vencer la tentación que le fue presentada al pedir la intercesión de éste santo. Luego de esto, tuvo su primera visión mística, donde el mismo santo se le apareció y la felicitó por sus sacrificios, además de que le aconsejó que hiciera un voto para entrar a la vida religiosa. Unas semanas después, habiendo empeorado su salud y estando a punto de concluir la novena al Sagrado Corazón que inició para pedir su curación, fue visitada por Santa Margarita de Alacoque, quien instó a Gema que comulgase temprano al día siguiente, que era primer viernes de marzo. Así lo hizo, y al día siguiente, el 2 de marzo de 1895, pudo levantarse de su cama sin ninguna ayuda y sin ninguna dolencia.

Al poco tiempo de cumplir los 18 años falleció su padre, por lo cual se quedó a cargo de la crianza de sus hermanos menores con ayuda de unas tías paternas. Sus dos hermanos mayores se mudaron de ciudad, dejándola a ella como cabeza de su familia. Pese a que su devoción y vida espiritual era muy profunda, fue rechazada en varias ocasiones para unirse a varias congregaciones debido a que su salud había quedado delicada pese a haber superado la meningitis. Al no ser admitida a la vida religiosa, Gema fue contratada como ama de llaves en la casa de Mateo Gianni, un rico comerciante de Luca. Durante éste tiempo, recibió dos propuestas de matrimonio que declinó y consagró a Dios su servicio a la familia Gianni.

El 8 de junio de 1899, fiesta del Sagrado Corazón, la joven tuvo una visión en la que la Santísima Virgen le anunció que su Hijo le daría una gracia muy especial que ella tenía tiempo pidiendo: la de participar en su dolorosa Pasión. De esta manera, Gema comenzó a recibir los estigmas de la Cruz y sus visiones se volvieron más frecuentes, haciéndose aún más devota de Nuestra Señora de los Dolores y de su ángel de la guarda. Su director espiritual, el padre Germán Ruoppolo, le aconsejó que escribiese todo lo que veía y que se acercase frecuentemente a los sacramentos de la Confesión y la Eucaristía, ya que tenía el presentimiento que el Enemigo pronto querría desviar a un alma tan pura y santa. En efecto, al poco tiempo comenzó a ser asediada por las insidias del Maligno, quien buscaba la manera de hacerla dejar de comulgar, plantaba visiones obscenas en su mente y la atormentaba echándole en cara no era religiosa. Acudiendo casi a diario a la Santa Misa, rezando devotamente al Sagrado Corazón y meditando sobre la Pasión, la joven mística pudo vencer la gran prueba a la que era sometida.

En 1902, Gema contrajo tuberculosis, y como su salud había quedado mermada desde su adolescencia, pronto comenzó a desmejorar mucho. Ofreció nuevamente su padecimiento a Dios, y bajo ninguna circunstancia dejó de recurrir a los sacramentos y a la oración. Sus últimos meses de vida fueron muy duros ya que el Demonio decidió tentarla otra vez. Ya no sólo atormentaba su mente, sino que ahora la atacaba físicamente, lo cual la hería mucho al estar su salud tan frágil. El padre Germán, animándola a perseverar, diagnosticó que Gema estaba poseída debido a que ella misma le decía que su cuerpo sentía repulsión ante todo lo sagrado, pero su alma pedía a gritos la gracia de Dios. Monseñor Volpi le otorgó permiso para exorcizar a la joven. En sus últimas visiones, Gema vio como el Maligno era derrotado gracias a la intervención de su ángel de la guarda y de San Gabriel de la Dolorosa. A principios de 1903 fue internada en un hospital, y finalmente falleció el 11 de abril de ése año, en la mañana del Sábado de Gloria. Tenía 25 años. El papa Pío XI la beatificó en 1933, y finalmente fue canonizada el 2 de mayo de 1940 por Pío XII.

Reflexionemos, ¿Ofrezco mis padecimientos físicos a Dios?, ¿Aprovecho mi tiempo de duelo y sufrimiento para acercarme más a Él? ¿Recurro con frecuencia a la oración para no caer en las tentaciones? ¿Medito acerca de la Pasión de Nuestro Señor? ¿Son los sacramentos el eje central de mi vida de fe? En esta memoria de la santa pidamos su intercesión para que, a semejanza de ella, aprovechemos estos días santos, meditemos sobre la Pasión y aprendamos a morir a nosotros mismos para así resucitar con Cristo. Que así sea.

Francisco Draco Lizárraga Hernández.

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