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¿Qué hacer con las dudas de fe?

Todas las personas que llevamos una parte del camino hecha sabemos que las dudas existen. No son el mal, solo es el mundo que se tambalea, solo es la incertidumbre que nos abraza despojándonos, un poco más, de lo que creíamos saber y no sabíamos, de lo que creíamos que era seguro y es verdaderamente frágil. Nada más. Paciencia y respirar para no ahogarse.

Me permito escribir sobre esto a propósito del diálogo con un amigo, uno de tantos, con quienes comparto aventura. Por si a alguien más pudiera servir con estas palabras.

  1. No temerla, no negarla. Abrazarla, porque puede ser un buen regalo, la mejor enseñanza de la vida. Como mínimo, nos hará más humildes y conscientes de la precariedad en la que portamos el tesoro de la fe. En cualquier caso, tomársela en serio. Porque algunas dudas no son más que el reflejo, cuando punzan el alma, de lo importante que es algo para nuestra vida. ¡Cómo no sentir vértigo ante la vida!

  2. No ir demasiado rápido. A lo mejor no cuestiona la fe, solo la mala fe, y por tanto es de las mejores ayudas que podemos recibir. Casi debiéramos celebrarla, porque nos purifica. Tomarnos tiempo, que lo tenemos de hecho, y procurar dejar espacio a la libertad y la acción responsable. Esto, que dicho así suena muy fácil y bien, no es más que la condición para la vida humana fuera de los automatismos, las apetencias y los impulsos. Es el primer escalón, por así decir, de la personalidad.

  3. Mantenerla a raya. Que no se coma más pastel del que le corresponde, que no se haga un todo sobre nuestra vida. Algunas veces encuentro personas que se desprenden de su pasado y memoria, queriendo empezar de cero. Una cosa es la duda y otra las tinieblas en las que uno se mete, casi solito e inconsciente, tomando la sospecha como la verdad más preclara.

  4. Encontrar alguien que pueda comprendernos. No interesa tanto la duda como la persona. Sobre las dudas, así en abstracto, muchos pueden hablar. Pero interesa más la vida de la persona. Alguien que nos pueda querer y escuchar libremente, pero que ponga distancia. En esto hay que ser sinceros. Porque en la iglesia hay muchas personas que quieren acompañar a otras, pero no valen para ello. Mejor encontrar a alguien con quien de verdad vivirlo. Es decir, volvernos más comunitarios y discernir quién.

  5. Rezarla. Muy sencillo, pese a la oscuridad. Ponerla en manos de Dios. Por ejemplo, escribirla en una cuartilla y ponerla dentro de la Biblia que usemos habitualmente. Que quede ahí. Decirle a Dios que la ilumine, que la ponga en su lugar. O buscar una oración, de esas muchas que hay en la tradición, que nos toca especialmente en estos momentos, y rezarla cada día. Quizá alguna a la que no nos hayamos habituado suficientemente.

  6. Cuidar de los elementos en los que estamos fuertes. A lo mejor me cuesta, por mi situación, algo concreto, pero muchas otras cosas no. A lo mejor me enciendo cuando pienso, pero no cuando canto. A lo mejor me abruma la soledad, pero no la compañía. No para escapar, sino para seguir viviendo. ¡Que la tristeza agría y luego mata!

  7. Amar. Lo digo, porque si no, reviento. Pero la duda de fe, así a palo seco y pura, no existe. Es un espejismo, como lo es querer amar a Dios invisible prescindiendo por entero del hermano al que se ve. En las dudas, la carne del otro, la apertura al otro, la cercanía a quien más sufre. Como dice un mayor muy cercano, así se quitan muchas tonterías y el corazón se hace más de Dios. Quitarse tonterías con realidad no es mala cosa. Quitarse tonterías con amor, ¡qué mejor camino! Ante la duda, ama.

José Fernando Juan (@josefer_juan)

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