Testimonios

Mi manera de vivir la fe

Ayer desde “Jóvenes Católicos” me propusieron dar testimonio de cómo vivo la fe, nada más leerlo una sonrisa se dibujó en mi rostro. Hace apenas unas semanas, Juan y Mateo, dos amigos que para mi son como hermanos, me invitaron a algo similar, a contarle a la gente como es el cristianismo y lo que este representa en mi día a día.

La fe, atendiendo a la RAE, consiste en creer en la palabra de Dios propuesta por la Iglesia. Sin embargo, la forma en la que una persona vive la fe puede ser muy distinta a como la siente otra. Mi experiencia con la fe viene de mucho tiempo atrás, concretamente desde aquel día en el que me faltaban dos para cumplir dos meses. Hablo del 23 de marzo de 1999, fecha en la que mis padres fallecieron, aunque yo prefiero hablar del día en que pasaron a una mejor vida de la mano de Dios. Sin poder acordarme de ese día soy capaz de alegar que es a partir de ahí cuando comienza mi amor por Dios. Afirmo lo anterior ya que creo firmemente que hay vida después de la muerte, que los que se van no se marchan, sino que continúan vivos, felices, limpios de toda culpa, protegiendo y cuidando a los seres vivos que dejan en el mundo terrenal. Siempre me he sentido predilecto y continuamente he pensado que mis decisiones y mis actos están guiados, validados por una fuerza sobrenatural que quiere que muestre la mejor de mi. Y, sí esa fuerza representa el sentir de mis padres acompañados por Dios, aquí estoy a su disposición para cumplir todos y cada uno de los cometidos que me dicten.

Toda mi infancia, la que fue plenamente feliz porque este fue el propósito y la lucha de mi familia, estuvo ligada a la religión. Desde niño me han llevado a misa, a las actividades organizadas por las señoritas parroquiales para niños, a catequesis.. Uno de los recuerdos más bonitos que tengo, aunque puede resultar sorprendente, es la misa de aniversario del fallecimiento de “Mama Lina”, mi abuela materna, la encargada de atenderme y protegerme hasta su fallecimiento, en mi quinto cumpleaños. Esa tarde, en la Iglesia y ante San Bartolomé, el patrón de mi pueblo, sentí una profunda satisfacción. Satisfacción porque físicamente una de mis manos estaba sujeta por la de mi tía Marian, la que para mi es mi madre en la Tierra, pero en la otra mano, a pesar de que no estaba agarrada por nadie, sentía continuas caricias. Yo sabía que era ella, sabía que mi Mamá Lina seguía conmigo y con su hija. Estaba ciegamente convencido de que estaba contenta de volver a reunirse tanto con mi yayo José, su marido, como con mis padres de nuevo. Fue el Señor el que hizo que desde arriba le mandaran a Marian la fuerza suficiente como para con solo veintitrés años hacerse cargo de un niño de cinco, que soy yo.

A medida que iba creciendo Dios seguía estando presente en mi vida. Fue con dieciséis años cuando empecé a ser costalero de la Virgen de la Cofradía de la Vera Cruz y Soledad, apoyado por mi tío José Antonio, quien para mi es un padre y desde su Juventud pertenece a dicha cofradía. Ese día de Miércoles Santo mientras me ponía el capirote por la cara empezaron a sonar los tambores y al sentir el peso de la Virgen sobre mi hombro una sensación de profunda paz inundó todo mi cuerpo, mis pies bailaban al ritmo de la música y yo levantaba el peso de mi madre con extraordinaria admiración. A día de hoy, siete años después, sigo teniendo la misma sensación durante todas las procesiones de Semana Santa.

Como estudiante del Doble Grado de Derecho y Ciencias Políticas y Administración Pública en cuarto curso tenía que hacer las prácticas curriculares. Lo tenía claro, quería hacer las mismas en el Tribunal Metropolitano de la Archidiócesis de Sevilla y por suerte me cogieron. Recuerdo este periodo como uno de los más gratificantes de toda la carrera, además de todo lo que aprendí académicamente fue mucho lo que descubrí sobre valores cristianos y humanos. Sobre todo, estas prácticas me ayudaron a fraguar aún lazos más grandes con mi familia, ya que tal y como se desprende de los Evangelios este es uno de los mayores regalos que ostenta el ser humano y que debe saber valorar.

Todos los días a modo de sentirme más cerca de Dios rezo y me desahogo con él, le cuento mis problemas, mis logros y le pido perdón por mis pecados. Los domingos así como algún día entre semana, voy a misa, ya que en la Casa de Dios siento una absoluta tranquilidad y comprensión.

Concluyendo, para mi la fe lo es todo. La fe es perdonar y saber pedir perdón. La fe es amar y saber ser amado. La fe es saber que la Tierra no tiene ninguna tristeza que el cielo no pueda curar.

Alejandro Falcón Aguado

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