Mis vivencias en Etiopía. Rocío Arévalo

    Aunque ya ha pasado un año desde que volví de Etiopía, no hay un solo día en el que no recuerde algunas de las vivencias que allí pude tener. A lo largo del mes, estuve en dos de las catorce casas que las Misioneras de la Caridad tienen en el país: una en Addis Abeba y otra en Awasa, una ciudad que se encuentra al sur de la capital.
    El aterrizaje en Addis fue realmente impresionante y nuestros ojos no podían dejar de observar el caos, el ruido y la  pobreza material que quedaban de manifiesto en muchas de las calles. Sin embargo, el Hogar de las Sisters conocido como Sidis Kilo, era un auténtico oasis de paz y tranquilidad dentro de la caótica y ruidosa capital Etíope. Se trata de  un recinto inmenso con muchísimos enfermos que allí son cuidados, alimentados y sobre todo queridos. Esta casa es un vivo ejemplo del deseo que tenía la Madre Teresa de que nadie muriera solo o en la calle y muchos de los pacientes que viven en dicho hogar son conscientes de que pasarán allí sus últimos días. Algunos están afectados por VIH o tuberculosis, y otros son víctimas de un cáncer o tienen parte de su cuerpo quemado e incluso paralizado tras haber sufrido un accidente.
    Ante tal panorama tenía  sentimientos encontrados; por un lado, sentía, una pena tremenda junto a una gran dificultad para asimilar tanto dolor y por otro me sentía conmovida,  pues es sorprendente como a pesar del innegable sufrimiento, se podía respirar tal clima de paz y alegría.  Junto a esto, las historias que acompañaban tanta tragedia herían aún más mi sensibilidad, aunque qué importante fueron el testimonio de sus vidas para experimentar, que efectivamente allí estaba mi sitio ese verano. Fue una enseñanza de vida brutal y es que la actitud que tenían me hacía pensar que es fácil sonreír cuando todo te va bien; cuando tienes a tu lado personas que te quieren y se preocupan por ti, un trabajo que te gusta, una vida confortable, buena salud o al menos la posibilidad de curarte, pero cuando eres víctima de una enfermedad, del dolor, de la pobreza y del sufrimiento y aún así apuestas porque en tu rostro aparezca una sonrisa, es digno de admiración.

    Por ejemplo, había una chica encantadora de 25 años  que se llamaba Rost y que tras haberse quedado paralítica al tener un accidente de coche, su familia había optado por dejarla allí. Ella, entre lágrimas y con un rostro sonriente se sentía afortunada ya que dentro de lo malo se sentía bendecida por Dios, porque las Misioneras cuidaban de ella y decía que Dios siempre proveía.

    Me producía muchísimo dolor pensar en la soledad que a veces tenían que sentir, sin dejar de ser un gran ejemplo porque de la debilidad sabían sacar una inmensa fortaleza, algo que muchas veces me cuesta tanto y que para mí ha supuesto una gran lección.

    Otro de los valores que relucía en las personas de allí era el agradecimiento  y es que los pacientes  valoraban cualquier mínimo gesto que hicieras por ellos. Ante estas situaciones, muchas  veces te sientes débil y tienes la sensación de que estás estorbando y ralentizando el trabajo. Sin embargo, una Misionera me dijo:  “cógeles la mano, mírales a los ojos, sonríeles, sólo necesitan un poco de cariño” y efectivamente ellos estaban encantados de que les dedicara un rato, les diera un masaje, les cortaras las uñitas o simplemente les pusiera un poco de crema. Su generosidad llegaba hasta el punto de que la mayor preocupación que tenían era que nos encontráramos cómodos y nos invitaban a sentarnos en el filo de su cama. Les era indiferente su dolor y aunque alguna vez le cayeran las lágrimas por las mejillas, seguían sonriendo. Ellos te observan y te miran con recelo pero rápidamente….optan por ofrecernos su corazón, su cariño y una gran sonrisa… en definitiva, son ALUCINANTES.

    La casa de Awasa estaba en una zona más tranquila, pero  la pobreza era de tal calibre que hay niños por la calle que piden comida, zapatos, ropa y que reciben cualquier cosa con muchísima alegría.. Es encomiable la labor que las Misioneras de la Caridad realizan aquí; parecen hormiguitas todo el tiempo de un sitio a otro y siempre sonriendo y preocupadas por transmitir el amor de Jesús a todos. Al observarlas incansables durante la jornada, me planteaba muchas veces de dónde sacaban las fuerzas para una rutina tan agotadora, pero al compartir sus ratos de oración durante el día y la Eucaristía cada mañana, logré entenderlo mucho mejor. Las palabras de Jesús en la cruz “Tengo sed” y las del pasaje del Evangelio en Mt 25,40 “Lo que hicisteis al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hicisteis” son el motor que les lleva a ser lo que son y a actuar cómo actúan.  Es impresionante todo lo que hacen, pero aún más cómo lo hacen. ¡Qué paciencia, qué dulzura y cuánto AMOR! En su vida ajetreada no pierden un solo segundo, pero cuando se disponen a escucharte, hacen que te sientas la persona más importante del mundo en ese instante.

    Sus palabras y sus consejos son el reflejo de su interior, llevan a Dios dentro y por eso nos lo dan a conocer y a amar. Completamente olvidadas de sí mismas, su mayor preocupación es devolver la dignidad a los últimos, pues en ellos ven a los preferidos de Jesús y abandonadas a la providencia de Dios, son felices de hacer “something beautiful for God”.

    En Awasa, además de una enfermería, las Sisters tienen un colegio al que tuve la suerte de ir algunos días para jugar con los niños, cantar canciones y comprobar como son tan felices con tan poco… flipan al ver una pelota o una comba… es una cosa…SOBRECOGEDORA.
    Al mirarlos a los ojos, ves en ellos el brillo y el entusiasmo que transmiten, y aunque son felices así, da mucho dolor pensar que tienen pocas posibilidades de progresar en la vida, por el simple hecho de haber nacido en este lugar determinado del mundo; estos mismos niños a cuyas familias les estamos cerrando las fronteras de nuestros países y que solamente aspiran a tener un futuro mejor y por el cual luchan hasta el punto de arriesgar su propia vida.

    Sin embargo, ellos crecen como personas cada día, con una vida centrada en el amor al otro, con sencillos gestos cómo ayudarle al hermano más pequeño a vestirse, o encargarse de que todos sus amiguitos tengan un plato de comida. Gestos pequeños pero que engrandecen mucho el corazón porque dan lo mejor que tienen. Ellos sí que dan hasta que les duele y además lo hacen sonriendo…observarlos ha sido un absoluto regalo del Cielo, por su ejemplo de coherencia de vida y porque veía esa entrega desinteresada que muchas veces a mí me falta.

    En definitiva, aunque ha sido una experiencia dura, por todas esas dolorosas historias que acompañan la vida de los enfermos, a su vez una vivencia muy enriquecedora, pues es innegable que son ellos mismos, las sonrisas de sus rostros y la paz de sus semblantes, quienes cada día me hacen recordar con nostalgia mi estancia allí. Y es que son su sencillez y su forma de VIVIR Y ACEPTAR la vida las que han dejado una huella en mi corazón.

    Rocío Arévalo