A mí me besó un santo

    Es bonito.

    Me encanta pensar que a mí me besó un santo. Me siento privilegiada, afortunada. ¡Y menudo santo! Sin faltar, pero creo que esta en mi Top 3 con San José y la Madre Teresa.. Siento el favoritismo.

    Pero ojo. Quiero volver a la frase: a mí me besó un santo. De entrada, es una frase potente, cargada de fuerza. Suena como si por un beso de un Santo tuviese una gracia especial.

    Pero pensándolo bien, me sale preguntarme: ¿y qué? ¿ya soy, sólo por eso, santa?

    A mi me besó un santo, pero por encima de eso, a mí me besó Dios. Me besa, de hecho, todos los días.

    Y te digo una cosa: a mí y a ti, a muchos. A todos.

    Lo hace presente en la Eucaristía. ¡Menudo beso! Tan tan fuerte, que entra dentro de mí…

    Y sin embargo, nos resuena más la frase «a mí me besó un santo»…

    Mataríamos por una foto con el Papa, y en cambio, a veces nos olvidamos de la mejor parte: el Santísimo Sacramento.

    Creo que prefiero grabarme la segunda frase: a mi me besa Dios.

    Me beso un santo. Me besa Dios… ¿Y yo?

    ¿Yo como beso la santidad?

    No quiero guardarme ese beso. No quiero guardarme un recuerdo del beso de un santo. Que también, menuda suerte la mía. Pero quiero grabarme el beso de Dios, quiero guardarme a Dios tan dentro, que no quepa yo.

    Creo, que ese es el verdadero beso de un santo: ¿por qué no salimos de las exclusivas y nos agarramos a la santidad? ¿A cuántos Santos podríamos sonreír, consolar o mirar cada día sin darnos cuenta? Es más, a cuántos podríamos llevar al cielo, hacer santos…

     

    A mi me besa Dios. Y a todos. Vamos a besar el mundo, a besar la santidad, ¡quiero ser santo!

    Que no se quede en una foto. Dejarse besar por la Eucaristía para besar la santidad. Es el mejor de los besos.

    María Ariza Rossy