En Taizé cada uno es acogido como es. Lourdes Vázquez.

Conocí Taize hace 7 años cuando los catequistas de mi parroquia propusieron ir una semana de verano. A día de hoy he tenido la suerte de poder ir en 5 ocasiones, a cada cual mas diferente y especial. Lo que más me sorprende de Taizé es la cantidad y la diversidad de personas que hay, miles de jóvenes de todo el mundo van cada semana al encuentro con ellos mismos y con Dios. Vivimos acostumbrados al no parar, al estrés y la velocidad de la vida diaria y resulta difícil interiorizar en nosotros mismos.

En Taizé esa dificultad desaparece de golpe. La vida en sencillez que allí se experimenta hace realmente cercana la expresión “lo esencial es invisible a los ojos”. Cada uno es acogido tal y como es, sin ser juzgado, y esto hace que cada persona se entregue completamente a los demás, compartiendo vivencias personales que hacen que se cree un ambiente de confianza que yo jamás había experimentado. Estar en una oración, levantar la cabeza y ver a miles de personas orando, gente emocionada, que alguien a tu lado te coja la mano y te sonría sin conocerte, son sensaciones difíciles de explicar. Nadie permanece indiferente en Taizé, y eso es lo que nos hace volver cada año. Juan Pablo II dijo “(…) Se pasa por Taizé como se pasa junto a una fuente. El viajero se detiene, bebe y continúa su ruta.”

Como dije al principio cada experiencia en Taizé es diferente, pero hay algo que nunca cambia, las preocupaciones e ideas desordenadas que tenías en la cabeza, desaparecen y te das cuenta de que esas cosas que te preocupaban no tienen que quitarte ni mucho menos la alegría y la paz.

En definitiva, Taizé es un lugar para reposar el corazón, asombrarse de cada detalle de la vida y vivir un intenso encuentro con Dios.