El Hospital

Perdona nuestras ofensas

Es muy humano ser tentado, por eso no es extraño que, en algún momento de nuestra vida, hayamos venerado algún ídolo (Primera Lectura de la Misa: Ex 32, 7-11.13-14). Nuestro becerro de oro puede llamarse sexo, dinero o poder. Esa idolatría personal puede que no tenga la categoría de un gran pecado, porque solo hemos venerado un pequeño idolillo.

Nuestro Yo, puede ser que haya sido entronizado en algún momento de la vida: nuestro Yo gordo y orondo que se colocaba en un pedestal real y juzgaba a las personas: emitiendo constantemente veredictos de culpabilidad. Ahora nos puede parecer ridículo haber tenido esas debilidades de adolescente.

También el Yo, puede que se vistiera de mayas y quisiera lucir su tipo. En ocasiones éramos los más guapos del mundo y en otras nos parecíamos los más horribles. El caso es que continuamente nos mirábamos en los espejos de nuestro cuarto de baño, del gimnasio, o, simplemente, cuando íbamos por la calle, contemplábamos nuestra silueta en los escaparates.

Quizá hubo temporadas que continuamente estábamos en conversación con nosotros y siempre salíamos enaltecidos: éramos el mejor, el más completo entre nuestros hermanos… Por eso, si sucedía algo en lo que quedásemos mal, queríamos que todo el mundo nos devolviera la honra que merecíamos.

Quizá si hubiéramos seguido por ahí, hubiéramos caído en patologías narcisistas, sería como para ir a un psicólogo a hacer terapia. Seguramente la misma vida nos bajó los humos. Porque el becerro de oro que construimos no se movía y estaba frio cuando se le tocaba

Pero en todo caso hemos puesto al alguien o algo por delante de Dios, esto es el pecado: equivocarse en las prioridades. Entonces las circunstancias desbancaron al ídolo y lloramos. Empezamos a rezar al verdadero Dios, el que de noche nos aconsejaba internamente. Descubrimos que Él si que era el Amo del mundo y manejaba secretamente todos los hilos. Fue nuestra conversión en la que descubrimos que habíamos adorado al ídolo verde de la sensualidad, al rojo de la ira, a la gorda pereza que cada día ganaba en sobrepeso, y el peor de todos: el ídolo dorado de la soberbia.

Entonces alguien nos dijo que todo tiene remedio menos la muerte y que mientras hubiera vida había  esperanza de rectificar, y que continuamente podíamos volver a empezar. Nos dimos cuenta que la naturaleza no suele perdonar, el ser humano algunas veces, pero Dios perdona siempre. Por eso diariamente hemos de pedir a nuestro Padre Dios: perdona nuestras ofensas.

Como escribió san Pablo: Jesús vino para salvar a los pecadores (Segunda Lectura: Tm 1, 12-17). El Señor busca nuestro cambio de vida: no quiere castigarnos, pretende perdonarnos siempre. Y para eso es necesario nuestro arrepentimiento: pedir perdón y formular el propósito de no volver a repetir lo que hicimos; hacer con frecuencia de hijo pródigo y decir en nuestro interior: Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre… (Salmo Responsorial: Lc 15, 18).

La alegría del cielo

 Resulta sorprendente lo que dice Jesús que habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse (Evangelio de la Misa: Lc15, 1-10). Nuestro Señor se alegra más por las conversiones de los pecadores que por un buen número de santos que perseveran en sus buenas obras. Esto puede traducirse, a nivel personal, en que hay más alegría cuando hacemos una cosa mal y pedimos perdón, que por noventa y nueve cosas que hacemos bien.

Acoger a los pecadores, comer con ellos es propio de nuestro Dios (Evangelio de la Misa: Lc15, 1-10). Lo curioso es que esos pecadores lo escuchasen, y todavía más chocante es que algunas personas se molestasen por la actuación de Jesús. Todavía hay gente que no entiende que el poder de Dios se muestra sobre todo en la misericordia: la capacidad que tiene su Corazón en llevar nuestra miseria para curarla.

 “Oí hablar de un gran criminal que acababa de ser condenado a muerte por unos crímenes horribles. Todo hacía pensar que moriría impenitente. Yo quise evitar a toda costa que cayese en el infierno, y para conseguirlo empleé todos los medios imaginables…

 Para animarme a seguir rezando por los pecadores, le dije a Dios que estaba completamente segura de que perdonaría al pobre infeliz de Pranzini, y que lo creería aunque no se confesase ni diese muestra alguna de arrepentimiento, tanta confianza tenía en la misericordia infinita de Jesús; pero que, simplemente para mi consuelo, le pedía tan sólo «una señal» de arrepentimiento…

 Al día siguiente de su ejecución, cayó en mis manos el periódico «La Croix». Lo abrí apresuradamente, ¿y qué fue lo que vi…?  Las lágrimas traicionaron mi emoción y tuve que esconderme… Pranzini no se había confesado, había subido al cadalso, y se disponía a meter la cabeza en el lúgubre agujero, cuando de repente, tocado por una súbita inspiración, se volvió, cogió el crucifijo que le presentaba el sacerdote ¡y besó por tres veces sus llagas sagradas…!

 Después su alma voló a recibir la sentencia misericordiosa de Aquel que dijo que habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por los noventa y nueve justos que no necesitan convertirse… (Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma)

 La peor enfermedad

Nos dice el Evangelio (de la Misa: Lc15, 1-10) que solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”.

En alguna ocasión alguien me ha comentado que el encuentra en la Iglesia a pecadores, personas que tienen defectos bastante potentes. Y para su sorpresa le digo: –Qué esperas encontrar en un hospital sino a enfermos. Lo raro sería que la gente que estuviera allí encamada no tuviera ninguna dolencia.

Es que hay gente que piensa que en la Iglesia Católica solo caben la personas santas. Y en realidad estamos los que queremos serlo, pero todavía no lo somos, y precisamente para eso venimos: para que Jesús nos cure. Pues en la vida espiritual  todas las enfermedades tienen buen pronóstico.

San Josemaría en los minutos de acción de gracias, después de la Misa veía al Señor como Médico y le pedía que le curase de todas las enfermedades, especialmente de la peor, que es la hipocresía: el orgullo que lleva a disimular los propios pecados.

Es bueno que nosotros ante el Médico y las personas que lo representan –los sacerdotes– vayamos con sinceridad a contar nuestras miserias, sin ocultar ninguna, para que el Señor nos cure. En este Hospital –muchos llevan Nombre de Mujer– trabaja de Enfermera nuestra Madre, la de Jesús y la tuya.

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Tiempo ordinario, 24º Domingo C

–Primera Lectura

El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado

Ex 32, 7-11.13-14

–Salmo Responsorial

Sal 50, 3-4. 12-13. 17 et 19 (: Lc 15, 18)

R/. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre.

 –Segunda Lectura

Cristo vino para salvar a los pecadores

Tm 1, 12-17

–Evangelio

Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta

Lc 15, 1-10