¿Y por qué no? Antonio Carrón

A lo largo de mi vida me he encontrado con muchas respuestas, pero lo que, de verdad, me ha ayudado a iluminar mi camino y a tomar decisiones han sido las preguntas. Y entre todas ellas, una: ¿y por qué no?

Me llamo Antonio Carrón, nací en Madrid en los ochenta, aunque actualmente vivo y trabajo en Roma. Me apasiona el mundo de la educación, la tecnología, la comunicación y, desde hace tiempo, me “picó” el gusanillo del running, algo que , como saben bien los que lo practican, viene para no marcharse. Hasta el año 2016 viví en Granada, donde disfruté a lo grande con la experiencia de ser “domador de fieras” en un colegio, primero como profesor y, después, como director. Y en los últimos años, con un nuevo rumbo, mi labor se centra en coordinar proyectos educativos, de cooperación internacional y comunicación desde la Curia general de los Agustinos Recoletos, porque si hay algo importante que aún no había dicho y que configura mi vida es que soy fraile agustino recoleto. Dicho lo cual, volvamos a la pregunta inicial que marcó mi vocación y sigue orientando mi vida: ¿y por qué no?

Nunca antes me había planteado la remota posibilidad de ser fraile o sacerdote hasta que un día me soltaron esa pregunta: ¿y por qué no? Desde ese momento (yo estaba en mitad de bachillerato), en mi interior comenzaron a rondar un sinfín de pros y contras para optar por “eso del seminario”, que todavía no terminaba de entender bien, y mucho menos comprendía lo que significaba ser fraile. Investigué por mi cuenta de qué iba la cosa, qué se hacía, en qué lugares podría estar en un futuro, pero, sin duda, lo que más me ayudó fue conocer a religiosos, su testimonio, convivir con ellos y descubrir que sus vidas tenían un sentido y que la mía también lo podía tener siendo como uno de ellos. También, por aquella época, conocí a san Agustín quien, desde aquel momento, me cautivó. Una incipiente luz vocacional como esa necesita ser cuidada, y ahí es fundamental el apoyo de los que te rodean, lo cual puede suponer que la llama siga encendida o que se apague definitivamente. En mi caso, he de reconocer que lo tuve fácil, porque tanto mi familia como mis amigos me ayudaron mucho y me facilitaron tomar una decisión y dar un paso adelante. Junto a todo ello, alguna experiencia de esa misma época también me removió por dentro y me impulsó: recuerdo que un día me encontré a una señora anciana por la calle que iba cargada de bolsas de la compra. Una de las bolsas se rompió y parte de las cosas que llevaba se desparramaron por la acera. Me acerqué a ayudarla y, al mirarla, contemplé uno de los rostros más arrugados y desgastados que he visto en mi vida. No sé por qué, pero, en ese momento, sentí una cercanía tremenda hacia esa señora y algo que, tiempo después, supe que era algo llamado ‘misericordia’. Recogimos lo que se había caído, la anciana me dio las gracias, yo le dije alguna tontería que hizo que se riera, y se despidió de mí diciendo que tenía que ir a casa a cuidar de su hijo enfermo. Recuerdo esa experiencia como una sencilla y simple acción que duró segundos, pero en ese momento experimenté lo que, más tarde, comprendería que era el sentido de mi vida: ser feliz haciendo felices a los demás

Descubrir la vocación no es algo claro, regulado o sistematizado, sino, más bien, un conjunto de elementos que, poco a poco, van encajando y van haciendo que, eso que un día fue una intuición, cobre sentido y se convierta en una realidad. Y así fue. Sin muchas cosas claras todavía, comencé el proceso de discernimiento y formación en la Orden, que me llevó, primero a Burgos y luego a Granada: postulantado, noviciado, profesión simple, teologado, profesión solemne, experiencia pastoral, diaconado y ordenación sacerdotal en junio de 2005. Unos años maravillosos descubriendo la vida de comunidad y la interculturalidad (coincidí con hermanos de muchos países) y, sobre todo, un tiempo de profundización, de entrar en mí, conocerme mejor y conocer a Aquél cuya llamada había experimentado. 

Mi primer destino fue un colegio, donde me inicié como profesor y acompañante de jóvenes mientras concluía un postgrado en Teología y el doctorado en Filosofía. Una experiencia de 13 años en Granada en la que esa pregunta -¿y por qué no?– me ha ido acompañando ante cualquier reto o decisión en mi vida. Y es una pregunta que siempre he sugerido a las personas en los momentos de discernimiento. Muchas veces la vida es tan sencilla o tan complicada como nosotros queramos que sea. Muchas veces en la vida la fe, el dar pasos en el vacío, es la única forma de avanzar. Tantas veces ese ¿y por qué no? acompañado de grandes dosis de humor, me han hecho crecer y acercarme más a un Dios cuyo amor experimento en las cosas cotidianas, en los encuentros personales del día a día.

Ahora estoy viviendo una experiencia muy diferente. En los últimos tres años he conocido la vida de la Orden y de la Iglesia en muchos países de varios continentes. He intentado dar lo mejor que de mí en reuniones, clases, talleres y cursos, pero, como suele ocurrir, ha sido mucho más lo que he recibido. La misión sigue adelante y muchos días, ante las dudas, ante las crisis y conflictos -que siempre estarán ahí, porque somos humanos- mi gran pregunta me acompaña: ¿y por qué no? Responder a los retos diarios requiere oración, discernimiento, interioridad y diálogo. Para mí es una pregunta que mantiene mi corazón inquieto y disponible a la llamada de Jesús. Como dice san Agustín: “Dios no manda cosas imposible sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas, y pedir lo que no puedas, y te ayuda para que puedas”. Siendo así, ¿y por qué no?

 

Antonio Carrón de la Torre, OAR

Curia general Agustinos Recoletos

Roma (Italia)

Twitter e Instagram: @antoniocarron