Sólo podía llorar ante Jesús y repetir «soy amada». Raquel Cantos (II)

    En 2014 empecé a estudiar Diseño de Moda y la verdad es que me gustaba bastante al principio. Poco a poco sentí ese “no basta”, como que el Señor soñaba algo más grande para mí, así que en ese afán de buscar, empecé a llenar mi vida de cosas. Me apuntaba a todo, a mil millones de peregrinaciones, a voluntariados, dar clases cuidar niños, iba a todo lo que se proponía en la parroquia, quedaba con todo el mundo, me puse a estudiar Magisterio a la vez… Mi vida empezó a tomar una velocidad que por mucho que pareciera que controlase, no era así. De repente me vi súper agobiada, porque verdaderamente no podía con todo, no podía contentar a todo el mundo, decir que sí a todo. En mi afán de vivir de verdad una vida plena, solo me había mirado a mí misma, para que todo el mundo hablase de mí como si lo hiciera todo bien. Así estuve los dos primeros años de la universidad, centrada en ser perfecta y en dar la talla, y así me fui a la JMJ de Cracovia en 2016.

    Nunca había vivido una JMJ, así que me pareció una pasada. Tantos jóvenes siguiendo a  Cristo, ¡era una locura! La disfrute muchísimo, hasta los últimos días donde el demonio me coló la mentira de que algo estaba haciendo mal porque no tenía novio y no entendía por qué. Puede parecer absurdo pero después de la JMJ, habiendo empezado el curso, empecé a tener una tristeza muy grande porque lo tenía absolutamente todo y no era feliz. Tenía dos carreras, una familia estupenda, un montón de amigos, era muy querida, creía en Dios, pero algo fallaba y me hacía sufrir ver como los días pasaban sin saber para qué. Gracias a Dios una tarde me encontré con un sacerdote, que apenas le conocía y le dije de hablar. Tardé casi dos semanas en ir, pero de todo lo que me dijo, que fue un regalo, a mí me sigue resonado, ‘Te falta una tierra, saber para quién eres’. Y me propuso ir, sin pretender nada, a un encuentro que hacían las hermanas de Iesu Communio en Adviento, y  tal y como estaba, fui.

    Aunque ya las conocía, para mi pasar allí esos días fue un regalo porque pude ver que mi vida era mucho más que mis notas, que todos mis agobios, de mi hacer, hacer, hacer… y vi mujeres llenas de vida, con una libertad impresionante, que lo tenían todo. Para mí eso se convirtió en un deseo de ser cristiana, de apostar por Cristo, porque al final ser cristiana es ser de Cristo. Empecé a tomar opciones que pasaban por ir a misa diaria, no salir de fiesta, buscar momentos de intimidad con El, leer libros cristianos, etc. Y aunque lo iba haciendo como podía, yo quería esa radicalidad. Empecé a ir más al convento también, hasta que atisbé que igual podía tener vocación y me asusté porque implicaba de alguna manera decepcionar al mundo. Así que le planteé un ultimátum al Señor muy mal hecho, y era que yo volvía al convento pero Él me tenía que decir si me quería allí o no. A mi obviamente no me dijo nada de eso, pero tuve que ir entendiendo por pura gracia, que quién soy yo para exigirle a Dios, que Él no funcionaba así, que me quiere feliz y que su amor y su obrar en mí no es algo debido o que yo me merezca, sino puro don gratuito.

    Con este cariñoso zasca del Señor, me fui todo ese verano a Madrid y tuve  mucho tiempo para estar sola. En ese verano, en el que yo aproveché también para ir a misa y rezar y tener a Dios presente, me llamaron varias personas, algunas cristianas y otras no, para que rezara por cosas muy concretas. Eso, junto a los atentados de Barcelona y al libro ¿Que hace una chica como tú en un sitio como este?, hizo que entendiera que por mucho que yo quiera salvar al mundo y en mi afán de ayudar a todos, yo no llego y que lo único que podía hacer era rezar y Él haría el resto. Vi la grandeza de la oración y el deseo de volver a Iesu Communio y como ese año entraron varias amigas, fue la excusa perfecta. Empecé el curso y me fui acercando otra vez al convento. Ese Adviento volví al retiro que hacían y a mí me resonaba en el corazón que había sido soñada, creada y amada. Solo podía llorar ante Jesús y repetir ‘soy amada’. Y ahí fue cuando pedí discernir de verdad porque yo quería corresponder a tal amor si Él me lo pedía. Empecé un camino, acompañada por la Iglesia en todo momento, siguiendo en contacto con ellas y viviéndolo con una alegría y una paz pensando que esa podía ser mi vocación, que no venía de mí. Tres meses después, haciendo una peregrinación en Pascua, el Señor me dio la gracia de pedir hacer la experiencia.

    Para mi sorpresa, la respuesta fue que no porque había un impedimento en ese momento, y es que para ingresar en una orden consagrada, es imprescindible tener salud, para poder vivirla con todo lo que conlleva, y aunque yo estaba bien, aparentemente había un pequeño porcentaje de que la enfermedad que tuve en 2011 se repitiera. También es verdad que aparte de eso, era necesario un tiempo para crecer y madurar la relación con Él, un tiempo que se me ha regalado este año. Yo en ese momento no entendí nada, me pasé cuatro días llorando pidiéndole al Señor que pudiera acoger lo que me ponía delante y me repetía constantemente ‘Señor, si Tú lo quieres yo lo quiero’. Además,  aunque no entendiera nada, yo veía con qué libertad y con qué seriedad se había tratado mi vida, que solo se buscaba mi bien. Esto me ayudó en primer lugar a no revelarme ni con Dios ni con las hermanas, a no pensar que todo el camino de discernimiento había sido mentira, y sobre todo a seguir agarrándome al Señor durante todo el año siguiente.

    Continuamos el testimonio de Raquel mañana a la misma hora